El eco de los silencios: la historia de Carmen y Lucía
—¡Siempre igual, Lucía! ¿Por qué no puedes ser como tu hermano Álvaro? —La voz de mi madre, Carmen, retumbó en el pasillo mientras yo apretaba los puños en la cocina, con la mirada fija en el suelo de baldosas frías.
Tenía diecisiete años y esa frase era ya una letanía en mi vida. Mi madre, con su pelo rubio perfectamente peinado y su perfume caro flotando por toda la casa, nunca perdía la oportunidad de recordarme que yo era la decepción de la familia. Álvaro, en cambio, era su sol: buen estudiante, educado, siempre dispuesto a acompañarla a las reuniones del AMPA o a las comidas familiares en casa de los abuelos en Salamanca.
—Mamá, no soy Álvaro. Déjame en paz —respondí con voz temblorosa, conteniendo las lágrimas que amenazaban con traicionarme.
Ella bufó y se giró hacia mí con esa mirada dura que me hacía sentir invisible.
—No me hables así. Si tu padre estuviera aquí…
Pero papá no estaba. Se había ido hacía años, cansado de las discusiones y del ambiente irrespirable que Carmen creaba en casa. Desde entonces, mi madre se había vuelto aún más exigente conmigo y más complaciente con Álvaro. Él nunca decía nada; solo bajaba la cabeza y me lanzaba miradas de disculpa cuando mamá me humillaba delante de él.
Recuerdo una tarde especialmente fría de noviembre. Había sacado un notable en matemáticas, una asignatura que siempre me costó. Entré en el salón con la esperanza de que, por una vez, mi madre se sintiera orgullosa.
—Mamá, he aprobado matemáticas —dije, sonriendo tímidamente.
Ella ni siquiera levantó la vista del móvil.
—¿Y Álvaro? Seguro que ha sacado un sobresaliente —contestó sin emoción.
Sentí cómo algo se rompía dentro de mí. Salí corriendo al parque del barrio y me senté en un banco bajo el castaño. El aire olía a tierra mojada y hojas secas. Me pregunté si alguna vez sería suficiente para ella.
Los años pasaron y la distancia entre nosotras creció como una grieta imposible de cerrar. Álvaro se fue a estudiar a Madrid y yo me quedé en Salamanca, trabajando en una librería para pagarme la carrera a distancia. Mi madre apenas me llamaba; solo lo hacía para pedirme favores o para contarme lo bien que le iba a Álvaro.
Una noche de verano, recibí una llamada inesperada. Era Álvaro.
—Lucía, mamá está enferma. Le han diagnosticado cáncer —me dijo con voz apagada.
Sentí un nudo en el estómago. No sabía si debía llorar o sentir alivio. A pesar de todo, era mi madre. Fui al hospital al día siguiente. Cuando entré en la habitación, ella me miró con esos ojos fríos de siempre.
—¿Vienes a verme porque te lo ha pedido tu hermano? —preguntó con sarcasmo.
Me senté a su lado y le cogí la mano. Por primera vez en mucho tiempo, no sentí rencor, solo compasión por esa mujer que nunca supo quererme como necesitaba.
—He venido porque soy tu hija —le respondí suavemente.
Durante las semanas siguientes, cuidé de ella junto a Álvaro. Vi cómo el miedo y la enfermedad la volvían más vulnerable. Una tarde, mientras le leía un libro para distraerla del dolor, me miró fijamente.
—Nunca supe cómo quererte —susurró—. Siempre pensé que si te exigía más llegarías lejos… pero creo que solo te hice daño.
Las lágrimas rodaron por mis mejillas. No sabía si esas palabras bastaban para curar años de heridas, pero al menos eran un comienzo.
Mi madre murió unos meses después. En el funeral, los vecinos murmuraban sobre lo guapa que era Carmen y lo bien que había criado a Álvaro. Nadie mencionó mi nombre.
Hoy sigo trabajando en la librería y he aprendido a perdonar sin olvidar. A veces veo madres e hijas paseando por la Plaza Mayor y me pregunto cómo habría sido mi vida si Carmen hubiera sabido quererme diferente.
¿De verdad el amor de una madre debería doler tanto? ¿Cuántos silencios guardamos por miedo a no ser suficientes?