El frío de la traición: una abuela en pie de guerra

—¿Carmen? ¿Estás ahí?— La voz de Lucía, mi nuera, temblaba al otro lado del teléfono. Eran las once de la noche y el frío de enero se colaba por las rendijas de mi piso en Vallecas. —Por favor… ¿puedes venir? Álvaro se ha ido. No tengo nada para el niño.

Sentí cómo el corazón se me encogía. Mi hijo, mi propio hijo, había hecho lo impensable. Me quedé unos segundos en silencio, escuchando los sollozos de Lucía y los llantos ahogados de mi nieto, Mateo, que apenas tenía tres años. Me puse el abrigo encima del pijama y salí corriendo, sin pensar en nada más que en ellos.

Al llegar al pequeño piso de Lucía, la encontré sentada en el suelo, abrazando a Mateo. La nevera estaba casi vacía y la calefacción apagada. —No sé qué hacer, Carmen… —me dijo entre lágrimas—. Se ha llevado hasta el dinero del alquiler. No tengo a quién llamar.

Me arrodillé junto a ella y la abracé fuerte. Sentí rabia, tristeza y una culpa que me quemaba por dentro. ¿En qué había fallado como madre para que Álvaro hiciera algo así? ¿Cómo podía haber criado a alguien capaz de abandonar a su familia?

Durante días, busqué a Álvaro por todos lados: llamé a sus amigos, fui a su antiguo trabajo en el taller, incluso recorrí los bares donde solía ir. Nadie sabía nada o nadie quería decirme la verdad. Mientras tanto, Lucía y Mateo se quedaron conmigo. Yo, con mi pensión justa y mis años encima, tuve que apretarme aún más el cinturón para que no les faltara un plato caliente ni un techo.

Las vecinas murmuraban cuando me veían con Lucía y el niño. —Pobre Carmen, lo que le ha hecho su hijo… —decían en la panadería. Yo aguantaba la cabeza alta, pero por dentro me moría de vergüenza y dolor.

Una tarde, mientras preparaba lentejas para todos, Lucía se acercó a mí con los ojos rojos pero decididos. —Carmen, no quiero ser una carga para ti. Buscaré trabajo, aunque sea limpiando casas. No puedo quedarme aquí eternamente.

Le cogí las manos y le respondí: —Tú y Mateo sois mi familia ahora. No estáis solos. Lo que ha hecho Álvaro no tiene perdón, pero yo no voy a dejaros tirados.

Esa noche lloré en silencio en mi habitación. Recordé cuando Álvaro era pequeño y me prometía que siempre cuidaría de mí. ¿En qué momento se torció todo? ¿Fue culpa mía por consentirle demasiado después de que su padre nos dejara? ¿O fue la vida dura de barrio, la falta de oportunidades?

Pasaron los meses y Lucía encontró trabajo cuidando a una anciana en el barrio de Salamanca. Yo llevaba y recogía a Mateo del colegio público cada día. Nos organizábamos como podíamos: yo cocinaba, ayudaba con los deberes y le contaba cuentos antes de dormir. Poco a poco, la casa volvió a llenarse de risas infantiles y hasta Lucía empezó a sonreír otra vez.

Pero cada vez que veía a un hombre alto con barba por la calle, sentía un vuelco en el estómago pensando que podía ser Álvaro. Una parte de mí le odiaba; otra parte solo quería abrazarle y preguntarle por qué.

Un domingo por la tarde, mientras Mateo jugaba en el parque, recibí un mensaje desconocido: “Mamá, lo siento. No puedo volver. No soy bueno para vosotros.”

Me temblaron las manos al leerlo. Lloré como no lloraba desde que murió mi madre. Quise contestarle mil cosas: insultarle, suplicarle que volviera, preguntarle qué demonios le pasaba por la cabeza… Pero solo pude escribir: “Aquí tienes tu casa si algún día decides ser valiente.”

Lucía leyó el mensaje sin decir nada. Me abrazó fuerte y lloramos juntas. —No sé si podré perdonarle nunca —susurró— pero gracias por no dejarme sola.

El tiempo siguió pasando. Mateo creció feliz entre mujeres fuertes y aprendió a montar en bici conmigo sujetándole el sillín. Lucía consiguió un trabajo mejor en una residencia y yo empecé a dar clases particulares a niños del barrio para ganar un poco más.

A veces me preguntan si echo de menos a Álvaro. La verdad es que sí; cada día pienso en él. Pero también sé que hice lo correcto: proteger a los inocentes aunque eso significara enfrentarme al hijo que parí.

En España, muchas familias callan estas vergüenzas por miedo al qué dirán o por no romper la unidad familiar. Pero yo aprendí que el amor verdadero es también poner límites y decir basta cuando alguien hace daño.

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede perdonar una traición así? ¿O hay heridas que nunca cicatrizan?