El grito de mi hija: Lo que descubrí en su diario lo cambió todo

—¡Vete de una vez, mamá! ¡No quiero verte más aquí!— El grito de Lucía retumbó en la pequeña sala, rebotando contra las paredes desnudas del piso de Vallecas. Sentí cómo el aire se volvía denso, casi irrespirable. Tenía la maleta en la mano, el abrigo colgando del brazo y el corazón hecho trizas.

No era la primera vez que discutíamos, pero nunca así. Yo, Elvira, 68 años, viuda desde hace cinco, me había mudado con Lucía tras vender el piso de mi madre en Alcorcón. Pensé que sería temporal, solo hasta que encontrara algo propio. Pero las semanas se convirtieron en meses y la convivencia se volvió una guerra fría: reproches por la comida, por el desorden, por mi insistencia en que Lucía saliera menos y ahorrara más. Ella, con sus 32 años y su trabajo precario en una tienda de ropa, sentía que yo invadía su espacio, que no respetaba sus silencios ni sus decisiones.

—¿De verdad quieres que me vaya?— pregunté con voz temblorosa, buscando en sus ojos algún rastro de la niña que crié sola tras la muerte de su padre. Pero solo vi rabia y cansancio.

—Sí, mamá. No puedo más. Me estás asfixiando.—

Salí al rellano sin mirar atrás. Bajé las escaleras despacio, arrastrando la maleta y los recuerdos. Afuera llovía. Me senté en un banco bajo el portal y lloré como no lloraba desde el entierro de mi marido. ¿Cómo habíamos llegado a esto?

No tenía a dónde ir. Mi hermana Carmen vive en Zaragoza y apenas hablamos desde hace años; mis amigas están todas mayores o enfermas. Llamé a mi prima Rosario en Getafe y me ofreció su sofá por unos días. Cogí el Cercanías con la garganta cerrada y la mente dando vueltas.

Esa noche no dormí. Repasé cada discusión con Lucía: cuando le critiqué su forma de vestir, cuando le pregunté por qué no tenía pareja estable, cuando le recordé que yo a su edad ya era madre y trabajaba en dos sitios para sacarla adelante. ¿Era tan difícil entender que solo quería lo mejor para ella?

Pasaron tres días antes de volver al piso a recoger mis cosas. Lucía no estaba; había dejado las llaves a la vecina para que pudiera entrar. El silencio era abrumador. Mientras metía mis libros y fotos en cajas, vi sobre la mesa un cuaderno azul, abierto por la mitad. Dudé un instante, pero la curiosidad pudo más.

Empecé a leer. Era un diario. Las primeras páginas estaban llenas de frases cortas, casi garabatos: «Hoy mamá ha vuelto a decirme que no valgo para nada»; «No soporto su mirada de decepción»; «Ojalá pudiera contarle lo que me pasa».

Sentí un nudo en el estómago. Seguí leyendo:

«Me siento sola aunque mamá esté aquí. No sabe que llevo meses tomando pastillas para dormir. No sabe que perdí el trabajo hace dos semanas y no sé cómo decírselo. Me da miedo decepcionarla más todavía».

Me temblaban las manos. ¿Cómo no había visto nada? ¿Cómo podía estar tan ciega?

En otra página, leí:

«A veces pienso que sería mejor desaparecer. Mamá nunca me escucha de verdad; solo quiere que sea como ella quiere. No puedo respirar».

Las lágrimas me caían sobre el papel. De repente, todo encajaba: su irritabilidad, su tristeza, sus silencios eternos frente al televisor. Yo había estado tan ocupada juzgando y aconsejando que nunca le pregunté cómo se sentía realmente.

En la última página había una carta sin terminar:

«Mamá, ojalá pudieras entenderme sin juzgarme. Ojalá pudieras abrazarme sin decirme lo que hago mal. Tengo miedo de perderte, pero también de perderme a mí misma».

Cerré el cuaderno y me senté en el suelo, rodeada de cajas y recuerdos rotos. Quise llamarla al instante, pedirle perdón, decirle que la quería tal y como era… pero no me atreví.

Esa noche volví a casa de Rosario como una sombra. Ella me miró preocupada:

—¿Qué te pasa, Elvira? Estás blanca como el papel.

—He sido una mala madre —susurré—. No he sabido escuchar a Lucía.

Rosario me abrazó fuerte:

—Nunca es tarde para cambiar las cosas.

Pasaron días antes de reunir el valor para escribirle un mensaje a Lucía:

«Hija, he leído tu cuaderno sin querer. Perdóname por invadir tu intimidad y por no saber escucharte antes. Te quiero mucho y estoy aquí si quieres hablar».

No contestó ese día ni el siguiente. Cada vez que sonaba el móvil sentía un vuelco en el corazón. Finalmente, una tarde recibí un mensaje corto:

«Necesito tiempo, mamá».

Lo entendí como un pequeño rayo de esperanza.

Desde entonces intento cambiar: hablo menos y escucho más; juzgo menos y abrazo más fuerte cuando tengo ocasión. He empezado terapia para aprender a soltar el control y dejar que Lucía sea quien quiera ser.

A veces paso por su portal y miro hacia arriba, esperando verla asomada a la ventana como cuando era niña. Otras noches releo su diario y lloro por todo lo que no supe ver.

¿De verdad los padres sabemos escuchar a nuestros hijos? ¿Cuántas veces creemos protegerlos cuando en realidad los estamos ahogando? ¿Merecemos una segunda oportunidad?

Quizá algún día Lucía me abra la puerta otra vez. Hasta entonces solo puedo esperar… y aprender a quererla sin condiciones.