El hijo del magnate sufría un dolor inexplicable… hasta que la nueva niñera hizo un descubrimiento asombroso

—¡Papá, me duele mucho! —gritó Samuel, con la voz rota por el llanto, mientras se retorcía sobre las sábanas de algodón egipcio. El eco de su dolor rebotó por los altos techos del chalet en La Moraleja, atravesando los muros de piedra y cristal que tanto presumía en las revistas de arquitectura. Yo, Alejandro, el hombre que había levantado un imperio inmobiliario desde cero, sentí cómo se me encogía el corazón. ¿De qué servían los millones si mi hijo sufría y yo no podía hacer nada?

Corrí escaleras abajo, dejando caer el móvil —ese maldito aparato que nunca soltaba— y entré en su habitación. Samuel, con apenas siete años, tenía la cara empapada en lágrimas y las manos apretadas contra el estómago. Mi exmujer, Carmen, ya estaba allí, desbordada y sin saber qué hacer. Habíamos probado de todo: médicos privados, especialistas en la Clínica Ruber, hasta curanderos recomendados por amigas de la urbanización. Nadie encontraba explicación al dolor de Samuel.

—¿Otra vez? —susurró Carmen, con los ojos rojos de tanto llorar—. No puedo más, Alejandro. Esto nos está matando.

Yo tampoco podía más. Me sentía impotente, pequeño. El dinero no podía comprar la salud de mi hijo.

Fue entonces cuando Lucía apareció en nuestra vida. Una chica joven, de Jaén, con acento andaluz y una sonrisa cálida que contrastaba con la frialdad de nuestra casa. Había llegado recomendada por la madre de un compañero del colegio de Samuel. Al principio dudé: ¿qué iba a saber una chica de pueblo sobre cuidar a un niño tan delicado? Pero Carmen insistió.

La primera tarde que Lucía se quedó sola con Samuel, yo escuchaba desde mi despacho. Oí cómo le hablaba bajito:

—Samuelillo, ¿me cuentas dónde te duele? ¿Así, como si tuvieras mariposas en la barriga?

Samuel asintió entre sollozos. Lucía no se asustó ni llamó corriendo a nadie. Se sentó a su lado y empezó a contarle historias de su infancia en el campo, de cuando se caía y su abuela le curaba con manzanilla y caricias. Poco a poco, Samuel dejó de llorar.

Esa noche, mientras cenábamos —yo apenas probando el solomillo que nos había preparado la cocinera— Lucía se acercó con timidez.

—Don Alejandro… ¿Puedo preguntarle algo?

—Claro, dime.

—¿Samuel ha comido algo raro últimamente? ¿Ha cambiado algo en casa?

Negué con la cabeza. Todo era igual que siempre: horarios estrictos, comida orgánica importada, clases extraescolares…

Lucía frunció el ceño.

—¿Y si no es nada físico? A veces los niños sienten cosas aquí —señaló su pecho— que luego les duelen aquí —y tocó su barriga.

Me molestó su insinuación. ¿Acaso estaba diciendo que el problema era nuestro? Pero esa noche no pude dormir. Me quedé mirando el techo, recordando cómo Samuel reía antes, cómo jugábamos al fútbol en el jardín antes de que el trabajo me absorbiera por completo.

Al día siguiente, Lucía propuso algo insólito: pasar la tarde en el parque del barrio, sin móviles ni agendas. Carmen y yo aceptamos a regañadientes. Allí, entre los columpios y los gritos de otros niños, Samuel volvió a sonreír. Jugó al escondite con Lucía y hasta se atrevió a subirse al tobogán más alto.

Esa noche, por primera vez en semanas, Samuel durmió tranquilo.

Lucía siguió observando y hablando con él. Un día encontró un dibujo escondido bajo la almohada: una familia cogida de la mano… pero yo estaba tachado con una cruz roja.

—Don Alejandro —me dijo Lucía muy seria—. Samuel necesita más a su padre que a cualquier médico caro. Su dolor es tristeza disfrazada.

Sentí una punzada en el pecho. Me senté junto a Samuel y le pregunté qué le pasaba de verdad. Se echó a llorar y me abrazó fuerte.

—Papá… solo quiero que estés conmigo como antes.

Ese fue el verdadero descubrimiento: no había nada extraño en su barriga. El dolor era la forma que tenía mi hijo de pedirme atención, amor… tiempo juntos.

Desde entonces cambié mi vida. Dejé delegar más en la empresa y empecé a llevar a Samuel al colegio cada mañana. Volvimos a jugar al fútbol los domingos y hasta aprendí a hacer tortilla de patatas con él y Lucía.

Hoy Samuel está sano y feliz. Y yo he aprendido que ningún éxito profesional vale más que una tarde riendo con tu hijo.

A veces me pregunto: ¿Cuántos padres como yo se dan cuenta demasiado tarde? ¿Y tú? ¿Qué harías si tu hijo te pidiera menos regalos y más abrazos?