El niño de las zapatillas sucias: una promesa en el banco de Madrid
—¿Pero tú has visto cómo vas vestido, chaval? —me espetó el guardia de seguridad, mirándome de arriba abajo con una ceja arqueada y la mano apoyada en la porra.
Me quedé quieto, tragando saliva. Las zapatillas, sucias y deshilachadas, parecían gritar mi historia a voces. El suelo de mármol brillaba tanto que me daba miedo dejar huellas. Miré el sobre arrugado en mi mano, el mismo que mi abuelo me dio antes de morir, y sentí cómo el corazón me latía en la garganta.
—Vengo a ver al gerente —dije, intentando que no se me notara el temblor en la voz.
El guardia bufó, pero antes de que pudiera decir nada más, una señora elegante con tacones de aguja y bolso de marca se giró para mirarme con desdén. «¿No tienen vergüenza? Dejan entrar a cualquiera…», murmuró lo bastante alto para que todos lo oyeran. Sentí las mejillas arderme, pero apreté el sobre con fuerza. No podía fallarle al abuelo.
Mi madre siempre decía que en España lo más importante es la familia, y que uno nunca debe olvidar de dónde viene. Pero también me enseñó que hay que luchar por lo que uno cree justo, aunque te miren por encima del hombro. Así que avancé hacia el mostrador, esquivando las miradas de los clientes bien vestidos y los empleados con corbata.
—¿En qué puedo ayudarle? —preguntó la recepcionista, forzando una sonrisa.
—Tengo una cita con el señor Javier, el gerente —respondí, mostrando el sobre.
La mujer me miró como si no pudiera creerlo, pero tras comprobar algo en el ordenador, asintió y me indicó una sala acristalada al fondo. Caminé hacia allí sintiendo que cada paso pesaba una tonelada. Dentro, el gerente —un hombre canoso, con gafas y traje impecable— me esperaba con gesto impaciente.
—¿Tú eres Daniel? —preguntó, sin levantarse.
Asentí y le tendí el sobre. Él lo abrió y leyó la carta de mi abuelo. Sus ojos se agrandaron por un instante, pero enseguida recuperó la compostura.
—Así que… tu abuelo era don Manuel —murmuró, casi para sí mismo.
—Sí. Me pidió que viniera hoy, justo un año después de su muerte. Dijo que era importante.
El gerente tecleó algo en su ordenador y entonces ocurrió: su rostro palideció y sus manos empezaron a temblar. Se levantó tan rápido que casi tira la silla.
—¡Un momento! —exclamó, saliendo apresurado del despacho.
El murmullo se extendió por la sala como un reguero de pólvora. Los empleados cuchicheaban entre ellos y los clientes me miraban con curiosidad renovada. Yo solo quería salir corriendo, pero recordé las palabras del abuelo: «Daniel, nunca te avergüences de quién eres ni de lo que llevas puesto. El valor está en el corazón, no en los zapatos».
Al cabo de unos minutos eternos, el gerente regresó acompañado del director del banco. Ambos me invitaron a sentarme y me ofrecieron agua. El director tenía una sonrisa nerviosa.
—Daniel —dijo—, tu abuelo fue uno de nuestros clientes más antiguos y… especiales. Lo que ha dejado a tu nombre es… considerable.
No entendía nada. Mi abuelo siempre fue humilde: vivía en un piso pequeño en Vallecas, comía cocido los domingos y nunca tuvo coche propio. Pero ahora todos me miraban como si fuera alguien importante.
El gerente abrió una carpeta y me mostró los papeles: cuentas a mi nombre, inversiones, hasta una pequeña casa en un pueblo de Segovia. Todo estaba ahí, fruto del esfuerzo silencioso de mi abuelo durante décadas trabajando como portero en un edificio del centro.
Sentí un nudo en la garganta. Pensé en mi madre fregando escaleras para sacarnos adelante, en las meriendas de pan con chocolate y en las tardes jugando al fútbol en la plaza con las mismas zapatillas sucias que llevaba puestas ahora.
—¿Y ahora qué hago? —pregunté, casi sin voz.
El director sonrió con calidez inesperada.
—Lo que quieras, Daniel. Esto es tuyo. Pero recuerda siempre quién eres y de dónde vienes.
Salí del banco con la cabeza alta y las zapatillas aún más gastadas por los nervios. Afuera, Madrid seguía rugiendo como siempre: coches pitando, gente corriendo a todas partes, abuelas charlando en los bancos del parque. Sentí que algo había cambiado dentro de mí.
Esa noche cenamos tortilla de patatas y brindamos por el abuelo Manuel. Mi madre lloró al leer la carta que él me dejó: «La riqueza no está en el dinero, sino en el amor que das y recibes».
A veces me pregunto si algún día podré devolverle a la vida todo lo que me ha dado sin pedir nada a cambio. ¿Y vosotros? ¿Qué haríais si un día descubrierais que todo puede cambiar con un simple gesto?