El nombre en la puerta: una decisión que lo cambia todo

—¿Pero cómo que a nombre de tu madre, Sergio? —La voz de Lucía retumba en la cocina, entre el olor a café y las tostadas frías. Yo, sentada en la mesa, aprieto la taza con fuerza, intentando no intervenir. Pero es imposible. Mi nieta, Martina, juega en el salón ajena al huracán que se avecina.

Sergio ni siquiera levanta la vista del móvil. —Es lo más seguro. Así evitamos problemas si algún día pasa algo…

Lucía se lleva la mano a la barriga, ya redonda de siete meses. —¿Y qué problemas van a pasar? ¿No somos una familia?

No puedo más. —Lucía tiene razón —digo, con voz temblorosa—. No entiendo por qué no podéis poner la casa a nombre de los dos, como todo el mundo.

Sergio suspira, como si le molestara mi presencia. —Mire, Carmen, no es nada personal. Es solo que mi madre nos ayuda con la entrada y así está todo más claro.

Pero yo sé que no es solo eso. Lo noto en la forma en que evita mirarme, en cómo Lucía se muerde el labio cada vez que hablamos del tema. Desde que Sergio entró en nuestra vida, siempre ha habido algo que no encajaba del todo. No es mala persona, pero tiene esa manera de controlar todo… y a todos.

Esa noche, cuando Lucía viene a despedirse antes de irse a su piso en Vallecas, me abraza más fuerte de lo normal.

—Mamá, no te preocupes. Yo sé lo que hago —me susurra al oído.

Pero yo siento un frío en el estómago que no me deja dormir. Me levanto varias veces y miro el móvil esperando un mensaje suyo. Nada. Solo silencio.

Al día siguiente, llamo a mi hermana Pilar. Ella siempre ha sido la sensata de la familia.

—¿Tú qué harías? —le pregunto mientras revuelvo el azúcar en el café.

—Carmen, si no te fías, habla claro con Lucía. Pero ten cuidado… No vayas a romper algo entre ellos —me advierte.

Pero ¿cómo no preocuparme? En España hemos visto mil veces cómo las casas se convierten en armas arrojadizas cuando hay divorcios o problemas familiares. Y si la casa está solo a nombre de la madre de Sergio… ¿qué pasará con Lucía y los niños si un día las cosas van mal?

Esa semana todo se acelera. Sergio aparece con papeles para firmar y Lucía me llama llorando.

—Mamá, dice que si no firmo, su madre no pone el dinero y nos quedamos sin casa…

—¿Y tú qué quieres? —le pregunto, tragando saliva.

—Quiero estar tranquila, mamá. Quiero pensar en el bebé y en Martina… Pero tengo miedo de quedarme sin nada si algún día pasa algo.

Me parte el alma oírla así. Recuerdo cuando era pequeña y venía corriendo a mis brazos después de una pesadilla. Ahora sus pesadillas son reales y yo apenas puedo protegerla.

Esa noche decido hablar con Sergio cara a cara. Le invito a tomar un café en el bar de la esquina.

—Sergio, sé sincero conmigo. ¿Por qué tanto interés en poner la casa solo a nombre de tu madre?

Me mira con esa sonrisa suya, tan falsa como una moneda de tres euros.

—Carmen, usted sabe cómo están las cosas hoy en día. Mi madre pone el dinero y quiere asegurarse de que no lo pierde si algún día… bueno, ya sabe cómo son los matrimonios ahora.

—¿Y Lucía? ¿No merece también esa seguridad?

Se encoge de hombros. —Lucía siempre tendrá mi apoyo… mientras estemos juntos.

Salgo del bar con ganas de gritar. ¿Cómo puede ser tan frío? ¿Cómo puede jugar así con el futuro de mi hija?

Los días pasan y la tensión crece. En casa ya no se habla de otra cosa. Mi marido Antonio intenta calmarme:

—Carmen, no podemos meternos demasiado… Son sus vidas.

Pero yo no puedo quedarme de brazos cruzados. Hablo con una abogada amiga mía y me explica los riesgos: «Si la casa está solo a nombre de la madre de Sergio, Lucía no tendrá ningún derecho si hay problemas. Ni siquiera aunque haya pagado parte del préstamo o vivido allí años».

Esa noche llamo a Lucía y le cuento todo.

—Mamá… No sé qué hacer. Sergio dice que si insisto mucho se va a enfadar y… últimamente está muy irritable.

Me muerdo los labios para no llorar delante de ella. —Cariño, piensa en ti y en tus hijos primero. No firmes nada sin estar segura.

Al día siguiente recibo un mensaje inesperado de Sergio: «Deje de meterle ideas raras a Lucía o tendremos problemas».

Me tiemblan las manos al leerlo. ¿Hasta dónde puede llegar este hombre?

Pasan los días y Lucía cada vez está más distante conmigo. Un domingo viene a comer y apenas habla. Martina juega en el suelo con sus muñecas mientras nosotros comemos en silencio.

De repente, Lucía rompe a llorar.

—No puedo más… Siento que estoy perdiendo a todos por culpa de una casa —solloza.

La abrazo fuerte y le susurro: —No estás sola, hija. Pase lo que pase, aquí tienes tu casa.

Esa tarde, después de mucho hablar y llorar juntas, Lucía toma una decisión: no firmará nada hasta que Sergio acepte poner la casa a nombre de los dos o al menos garantizarle algún derecho por escrito.

Cuando Sergio se entera, monta en cólera. Gritos, portazos… Martina se asusta y se encierra conmigo en la habitación mientras ellos discuten en el salón.

Al final, tras días de tensión insoportable, Sergio cede: su madre pondrá el dinero pero la casa estará a nombre de ambos cónyuges. No sé si lo hace por amor o por miedo a perderlo todo, pero al menos mi hija y mis nietos estarán protegidos.

Ahora miro a Lucía y veo en sus ojos una mezcla de alivio y tristeza. Sé que nada volverá a ser igual entre ellos ni entre nosotros como familia. Pero también sé que he hecho lo correcto.

A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar una madre para proteger a sus hijos? ¿He sido demasiado entrometida o simplemente he hecho lo que cualquier madre haría? ¿Vosotros qué habríais hecho en mi lugar?