El peso de la herencia: Entre el amor y el miedo a perderlo todo
—¿Por qué no vienes a vivir conmigo, Ela? —me preguntó mi abuela Carmen, con esa voz temblorosa que siempre me hace sentir pequeña, aunque ya tenga treinta y dos años.
Era una tarde de enero, de esas en las que Madrid parece cubierta por una sábana gris y húmeda. Yo estaba sentada en su cocina, pelando patatas para la cena, mientras ella miraba por la ventana, como si esperara ver aparecer a mi madre, aunque hace años que no viene.
—Abuela, ya sabes que no puedo dejar mi piso —le respondí, intentando sonar firme. Pero la verdad es que mi piso es un cuchitril alquilado en Vallecas, con goteras y vecinos que gritan por las noches. El suyo, en cambio, es luminoso, amplio y está en Chamberí. Un lujo para cualquiera.
Llevo doce años viniendo cada día a su casa. Al principio era solo para ayudarla con la compra o acompañarla al médico. Luego fue porque se caía mucho y tenía miedo de estar sola. Ahora, simplemente no concibo mi vida sin ella. Pero últimamente, cada vez que cruzo esa puerta, siento una punzada de ansiedad. ¿Qué pasará cuando ella ya no esté?
Mi tía Mercedes, la hermana de mi madre, apenas llama. Y cuando lo hace es para preguntar si la abuela sigue «bien de la cabeza». Mi primo Luis solo aparece en Navidad para hacerse selfies con ella y subirlos a Instagram. Yo soy la única que está aquí cada día, limpiando, cocinando, escuchando sus historias de cuando Franco prohibía bailar en las plazas.
Hace unas semanas, mientras le cambiaba las medias a la abuela, me sorprendí pensando en su piso. En lo fácil que sería mi vida si pudiera quedarme aquí cuando ella falte. No tendría que preocuparme por el alquiler ni por mudanzas. Podría respirar tranquila por primera vez en años.
Pero solo pensarlo me da vergüenza. ¿Cómo voy a pedirle algo así? ¿No es egoísta? ¿No debería simplemente cuidar de ella sin esperar nada a cambio?
Esa noche, mientras fregaba los platos, la abuela me miró con sus ojos claros y me dijo:
—Ela, ¿tú crees que cuando yo falte os pelearéis por este piso?
Me quedé helada. No supe qué decirle. Ella suspiró y añadió:
—No quiero que os peleéis. Ya bastante tuve con mis hermanas cuando murió mi madre.
Me fui a casa dándole vueltas a sus palabras. ¿Y si le hablo claro? ¿Y si le pido que me deje el piso? Pero luego pienso en Mercedes y Luis. Seguro que pondrían el grito en el cielo. «¡Ela se ha aprovechado de la abuela!», dirían en las cenas familiares.
Al día siguiente, mientras le cortaba las uñas a la abuela, sonó el teléfono. Era Mercedes.
—¿Qué tal está mamá? —preguntó sin saludarme.
—Bien, tranquila —respondí.
—¿Tú sigues yendo todos los días?
—Sí, claro.
—Bueno… ya hablaremos —colgó sin despedirse.
Me sentí invisible. Como si mi esfuerzo no valiera nada para ellos. Como si cuidar de la abuela fuera mi obligación por ser «la nieta buena».
Esa noche soñé que la abuela me dejaba una carta donde decía: «Este piso es para Ela, porque ha sido mi compañía y mi alegría». Me desperté llorando.
Pasaron los días y la tensión crecía dentro de mí como una bola de nieve. Un domingo por la tarde, mientras veíamos un programa de cotilleos en la tele, me armé de valor.
—Abuela… —empecé titubeando— ¿has pensado qué quieres hacer con el piso?
Ella me miró fijamente. Su mirada era tan profunda que sentí que podía leerme el alma.
—¿Tú quieres quedarte aquí cuando yo no esté?
No supe qué decir. Me temblaban las manos.
—No sé… Es solo que… este piso es tuyo y… —balbuceé.
Ella sonrió levemente.
—Ela, tú eres como una hija para mí. Si te hace feliz quedarte aquí, dímelo sin miedo.
Sentí un nudo en la garganta.
—Me gustaría… pero no quiero que piensen que te estoy presionando o aprovechando —confesé al fin.
La abuela se quedó callada un rato largo. Luego asintió despacio.
—La familia siempre encuentra motivos para discutir cuando hay dinero o casas de por medio. Pero yo sé quién ha estado aquí todos estos años —dijo con voz firme.
Esa noche llamé a mi madre para contarle lo ocurrido. Ella suspiró al otro lado del teléfono.
—Hija, haz lo que te dicte el corazón. Pero prepárate para lo peor cuando falte tu abuela. La familia puede ser muy cruel con estas cosas.
Desde entonces vivo con esa angustia diaria: ¿hablo con la abuela y le pido el piso oficialmente? ¿O espero a ver qué decide ella? ¿Sería justo para Mercedes y Luis? ¿O sería justo para mí renunciar después de tantos años cuidándola?
A veces pienso que todo sería más fácil si no existieran las herencias. Si los pisos se desvanecieran cuando alguien muere y nadie tuviera que pelearse por ellos.
Hoy he vuelto a sentarme frente a la abuela mientras ella duerme la siesta en su butaca favorita. Miro las fotos familiares en la pared: bodas, bautizos, veranos en Benidorm… Y me pregunto si algún día podré mirar este piso sin sentir culpa ni miedo al futuro.
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Es egoísta pedir algo así después de tantos años cuidando? ¿O es justo reclamar lo que uno ha dado con amor?