El peso de la herencia: Un día, una decisión, una familia al borde
—¿Y si invertimos en ese local de la calle Mayor? —La voz de Luis retumba en la cocina mientras yo apenas puedo sostener la taza de café. Su entusiasmo me resulta casi ofensivo. No han pasado ni veinticuatro horas desde que recibí la llamada del notario y ya está haciendo planes con un dinero que ni siquiera he asimilado como mío.
—Luis, ¿puedes parar un momento? —le corto, con la voz temblorosa—. Esto no es tan sencillo. No es solo nuestro futuro, está también el de Daniel.
Luis me mira con ese gesto que mezcla paciencia y condescendencia. —Cariño, lo hago por todos. Por ti, por Daniel… y por mis hijos. Somos una familia.
Pero no lo somos. No del todo. Sus hijos, Marta y Sergio, apenas me soportan. Desde que me casé con Luis hace tres años, la convivencia ha sido una batalla silenciosa: miradas frías en las cenas de los domingos, comentarios envenenados sobre cómo cocino o decoro la casa. Y ahora, con esta herencia, siento que todos me observan como si fuera un cajero automático.
La herencia vino de mi tía Carmen, la única que siempre creyó en mí. Recuerdo sus palabras: “Cuida de Daniel. Haz lo que yo no pude hacer por ti”. Y ahora, con este dinero, debería sentirme segura. Pero lo único que siento es miedo.
Esa tarde, mientras Daniel hace los deberes en su habitación, escucho a Luis hablando por teléfono en el salón:
—Sí, sí… Con ese dinero podríamos dar la entrada para el piso nuevo. Y si vendo mi coche…
Me asomo a la puerta. —¿Estás hablando de vender tu coche? ¿Para qué?
Luis cuelga rápido y sonríe forzado. —Nada importante. Solo ideas.
—¿Ideas para quién? —pregunto, sin poder evitar que mi voz suba de tono—. Porque parece que ya has decidido qué hacer con MI herencia.
El silencio se instala entre nosotros como una losa. Luis se pasa la mano por el pelo y suspira.
—Mira, Lucía… Sé que esto es difícil para ti, pero tenemos que pensar en todos. Marta empieza la universidad el año que viene y Sergio necesita clases particulares. No podemos vivir solo pensando en Daniel.
Me quedo helada. ¿No podemos vivir solo pensando en Daniel? ¿Acaso no es lo que haría cualquier madre? ¿No es lo que hizo su exmujer con sus hijos?
Esa noche no duermo. Doy vueltas en la cama mientras Luis ronca a mi lado. Pienso en Daniel, en su carita dormida, en cómo me mira buscando seguridad. Pienso en Marta y Sergio, en cómo me ven como una intrusa. Pienso en mi tía Carmen y en su piso pequeño de Lavapiés, donde pasé tantos veranos leyendo novelas y soñando con una vida mejor.
A la mañana siguiente, encuentro a Marta en la cocina.
—¿Vas a comprarte un coche nuevo ahora que eres rica? —me lanza sin mirarme.
—No es así, Marta…
—Papá dice que podríamos mudarnos a un piso más grande —interrumpe—. Por fin tendría habitación propia.
Me muerdo el labio para no llorar. ¿Por qué todos creen que este dinero es de todos menos mío?
Cuando Daniel baja para desayunar, le abrazo más fuerte de lo normal. Él me mira extrañado.
—¿Mamá? ¿Estás bien?
—Sí, cariño… Solo quiero que sepas que siempre voy a cuidar de ti.
Ese día decido ir al banco. Necesito asesoramiento legal. La directora, Pilar, me recibe con amabilidad pero también con una frialdad profesional que me incomoda.
—¿Ha pensado en hacer un testamento? —me pregunta mientras revisa los papeles de la herencia.
—No lo había considerado…
—Es importante proteger los intereses de su hijo —dice sin levantar la vista del ordenador—. Sobre todo si hay más menores implicados y el piso donde viven no está a su nombre.
Salgo del banco con un nudo en el estómago. ¿Y si algo me pasa? ¿Y si Luis decide marcharse y deja a Daniel sin nada?
Esa noche, después de cenar, reúno el valor para hablar con Luis.
—He ido al banco —le digo—. Voy a poner el dinero a nombre de Daniel hasta que sea mayor de edad.
Luis se levanta bruscamente de la mesa.
—¿Estás diciendo que no confías en mí?
Le miro fijamente.
—No es cuestión de confianza. Es cuestión de proteger a mi hijo. Tú tienes dos hijos más y yo solo tengo a Daniel.
Luis se queda callado unos segundos antes de explotar:
—¡Siempre igual! ¡Siempre pensando solo en él! ¿Y yo qué? ¿Y mis hijos?
Me levanto también, temblando.
—Tus hijos tienen madre y tienen abuelos. Daniel solo me tiene a mí.
Luis sale dando un portazo. Marta y Sergio miran desde el pasillo, Daniel se asoma desde su cuarto con los ojos llenos de miedo.
Esa noche duermo abrazada a mi hijo. Siento que he perdido algo irrecuperable pero también sé que he hecho lo correcto.
Al día siguiente, Luis vuelve a casa más calmado pero distante. No hablamos mucho durante el desayuno. Marta y Sergio apenas me dirigen la palabra.
En el trabajo no consigo concentrarme; las palabras de Pilar resuenan en mi cabeza: “Proteja a su hijo”.
Por la tarde recibo un mensaje de Luis: “Tenemos que hablar”.
Nos vemos en el parque donde solíamos pasear cuando todo era más sencillo.
—Lucía —empieza él—, entiendo tus miedos pero esto nos está separando.
Le miro a los ojos y veo tristeza donde antes había ilusión.
—Quizá nunca fuimos una familia de verdad —susurro—. Quizá solo éramos dos personas intentando juntar piezas rotas.
Luis asiente y se marcha sin mirar atrás.
Vuelvo a casa sabiendo que nada será igual pero sintiendo una extraña paz. He elegido proteger a mi hijo aunque eso signifique perderlo todo lo demás.
A veces me pregunto: ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por proteger a quienes amamos? ¿Dónde está el límite entre el amor y el miedo?