El peso de la memoria: Cuando la lealtad se convierte en cadena
—¿Vas a salir otra vez esta noche, Lucía? —La voz de Carmen retumbó en el pasillo, tan fría como el mármol de la entrada. Me detuve en seco, con el abrigo aún en la mano y las llaves tintineando entre los dedos. Emma y Miguel jugaban en el salón, ajenos a la tensión que llenaba el aire.
—Solo voy a cenar con unas amigas, Carmen. Nada más —respondí, intentando que mi voz no temblara.
Ella me miró con esos ojos oscuros que siempre parecían juzgarme. —Alejandro no lleva ni dos años en la tumba y tú ya sales como si nada. ¿Eso es honrar su memoria?
Sentí el nudo en la garganta. Otra vez. Siempre era lo mismo desde aquel 14 de noviembre en que un coche se llevó a Alejandro mientras esperaba el autobús para ir al trabajo. Desde entonces, Carmen se instaló en nuestra casa de Alcalá de Henares “para ayudarme con los niños”, pero pronto entendí que su verdadera misión era vigilarme, asegurarse de que no olvidara a su hijo ni por un segundo.
A veces me pregunto si alguna vez podré volver a ser yo misma. Si podré reír sin sentirme culpable, o mirar a otro hombre sin escuchar la voz de Carmen susurrando: “¿Cómo puedes siquiera pensarlo?”
Recuerdo el funeral como si fuera ayer. El olor a flores marchitas, los susurros de los vecinos, las lágrimas secas en mis mejillas. Carmen se aferró a mí como si yo fuera el último pedazo de Alejandro que le quedaba. “Prométeme que nunca dejarás de quererle”, me dijo al oído. Yo asentí, aturdida por el dolor y la confusión. ¿Qué otra cosa podía hacer?
Pero el tiempo pasa, aunque duela admitirlo. Emma ya pregunta por su padre cada noche antes de dormir. Miguel dibuja familias con tres personas y un ángel flotando encima. Yo intento sobrevivir entre el trabajo en la biblioteca municipal y las noches en vela, preguntándome si algún día podré dejar de sentirme tan sola.
Hace unas semanas conocí a Marcos en la cafetería del barrio. Es profesor de historia en el instituto y tiene una sonrisa cálida que me hizo sentir viva por primera vez en mucho tiempo. Empezamos a hablar de libros, de películas antiguas, de lo difícil que es criar hijos solos (él también es padre divorciado). No pasó nada más, solo una conversación y un café compartido bajo la lluvia.
Pero Carmen lo notó enseguida. “Te he visto sonreír al móvil”, me dijo una tarde mientras doblaba la ropa de los niños. “No olvides quién eres, Lucía. Eres la viuda de mi hijo.”
La palabra viuda me pesa como una losa. ¿Por qué en este país parece que las mujeres debemos vestirnos de negro para siempre? Mis amigas intentan animarme: “Tienes derecho a rehacer tu vida”, me dicen en las terrazas del centro mientras compartimos una caña. Pero cuando vuelvo a casa y veo la foto de Alejandro en la entrada, siento que le estoy traicionando solo por querer ser feliz otra vez.
Una noche, después de acostar a los niños, Carmen me esperó en la cocina.
—Lucía —dijo con voz baja—, ¿de verdad crees que Alejandro querría verte así? ¿Buscando compañía cuando deberías estar pensando en tus hijos?
Me senté frente a ella, agotada.
—Carmen, yo pienso en mis hijos cada segundo del día. Pero también soy una persona. Tengo derecho a sentirme viva.
Ella negó con la cabeza.
—Eso es egoísmo. El amor verdadero es eterno. Si le quisieras de verdad, no mirarías a nadie más.
Sentí rabia y tristeza al mismo tiempo.
—¿Y tú? ¿Nunca has pensado en rehacer tu vida después de perder a tu marido?
Carmen se quedó callada un instante. Vi un destello de dolor en sus ojos antes de endurecerse otra vez.
—No es lo mismo —susurró—. Yo tenía a mi hijo. Ahora solo me quedas tú…
En ese momento entendí que su dolor era tan grande como el mío, pero también comprendí que no podía dejar que su duelo dictara mi vida para siempre.
Esa noche lloré en silencio mientras escuchaba la respiración tranquila de Emma y Miguel desde sus habitaciones. Pensé en Alejandro: ¿qué querría él para mí? ¿De verdad querría verme encerrada en una vida sin alegría?
Al día siguiente llamé a Marcos y acepté su invitación para dar un paseo por el parque con los niños. Cuando Carmen lo supo, me miró como si hubiera cometido una traición imperdonable.
—Haz lo que quieras —dijo al fin—. Pero no esperes que yo lo acepte.
Desde entonces vivimos en una tregua incómoda. Ella sigue aquí, ayudando con los niños pero sin hablarme apenas. Yo sigo adelante como puedo, intentando encontrar un equilibrio entre el respeto al pasado y la esperanza en el futuro.
A veces me pregunto: ¿Cuánto tiempo debe durar el luto? ¿Quién decide cuándo es suficiente? ¿Es justo sacrificar mi felicidad para mantener viva una memoria?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Hasta dónde llega el deber hacia los que ya no están… y cuándo empieza el derecho a volver a vivir?