El peso de un nombre: Cuando mi abuela no quiso conocer a mi hijo
—¿Y cómo se llama la niña? —preguntó mi abuela, apenas crucé la puerta del hospital con mi bebé en brazos. Su voz, tan firme como siempre, resonó en el pasillo blanco, haciendo que mi madre y mi marido, Luis, se miraran incómodos. Yo, agotada y aún temblando por el parto, apenas pude responder.
—Abuela… es un niño. Se llama Mateo —dije, intentando sonreír.
El silencio fue tan denso que sentí que podía cortarse con un cuchillo. Mi abuela Carmen, con sus ochenta y dos años y su moño perfectamente recogido, apretó los labios y desvió la mirada. No hubo felicitaciones. Ni una caricia para Mateo. Solo ese gesto frío, casi imperceptible, que me atravesó el pecho como una daga.
Crecí en un pequeño pueblo de Castilla-La Mancha, donde las tradiciones pesan más que el aire seco del verano. Mi abuela siempre fue el pilar de la familia, la que organizaba las comidas de los domingos y decidía hasta el color de los manteles. Pero también era la que repetía, año tras año, que su mayor ilusión era tener una nieta a la que pudiera enseñar a coser, a hacer croquetas y a rezar el rosario. Mi hermana Clara y yo escuchábamos esas palabras como quien oye llover, sin imaginar que algún día serían una losa sobre mi pecho.
Durante el embarazo, Carmen tejió mantitas rosas y compró vestidos diminutos con encajes. Ignoró todas las ecografías y las palabras del médico: “Es un niño”. Ella insistía en que los médicos se equivocaban, que su intuición nunca fallaba. “Será una niña, como Dios manda”, repetía.
Pero Mateo nació con sus ojos grandes y su llanto potente, y desde ese instante su existencia fue una decepción para ella.
Las semanas siguientes fueron un desfile de excusas. “Estoy cansada”, “hace frío para salir”, “ya iré otro día”. Mi madre intentaba mediar: “Déjala, hija, es mayor y le cuesta adaptarse”. Pero yo veía cómo Carmen iba a casa de mi prima Lucía para cuidar a su hija recién nacida, cómo tejía patucos rosas para la pequeña Sofía mientras a Mateo ni lo nombraba.
Luis intentaba animarme:
—No te preocupes, cariño. Mateo tiene todo lo que necesita: amor de sus padres. Ya vendrá tu abuela cuando se le pase.
Pero no se le pasaba. Y yo me sentía cada vez más sola.
Una tarde de otoño, decidí enfrentarla. Fui a su casa con Mateo en brazos. Ella estaba sentada junto a la ventana, tejiendo como siempre.
—Abuela —dije—, ¿por qué no quieres conocer a tu bisnieto?
Ella ni siquiera levantó la vista del ovillo.
—No es eso, hija. Es que… yo soñaba con una niña. Las niñas cuidan de las abuelas cuando son mayores. Los niños… ya sabes cómo son. Se van y se olvidan.
Sentí rabia y tristeza mezcladas en la garganta.
—¿Y si Mateo te demuestra lo contrario? ¿No merece una oportunidad?
Por primera vez en mucho tiempo, vi un destello de duda en sus ojos. Pero enseguida volvió a su gesto severo.
—No lo entenderías hasta que seas abuela —murmuró.
Salí de allí con el corazón hecho trizas. En casa, Luis me abrazó fuerte mientras Mateo dormía ajeno a todo.
Los meses pasaron y la distancia se hizo costumbre. En Navidad, Carmen ni siquiera preguntó por Mateo. Mi madre lloraba en silencio por las noches; mi hermana Clara intentaba animarme con bromas sobre lo testaruda que era la abuela. Pero yo sentía que algo dentro de mí se rompía cada vez que veía a Carmen abrazar a Sofía o presumir de ella en la plaza del pueblo.
Un día, Mateo enfermó gravemente. Una bronquiolitis lo tuvo ingresado durante una semana entera. El miedo me paralizaba; pasé noches enteras sin dormir, rezando por primera vez en años. Cuando finalmente le dieron el alta, sentí que había renacido.
Fue entonces cuando mi madre decidió intervenir:
—Carmen —le dijo—, ¿de verdad vas a dejar que tu bisnieto crezca sin conocerte? ¿Vas a perderte su vida solo porque no es una niña?
No sé qué palabras usó exactamente, pero una tarde Carmen apareció en nuestra puerta. Traía una manta azul tejida a mano y un paquete de galletas caseras.
Se sentó junto a Mateo y lo miró largo rato. Luego le acarició la mejilla con torpeza.
—Eres igualito a tu madre —susurró.
No fue una reconciliación perfecta ni un final feliz de película. Carmen nunca tejió vestidos para Mateo ni le enseñó a rezar el rosario. Pero empezó a visitarnos los domingos y a contarle historias de cuando era joven. Poco a poco, aprendió a quererlo a su manera.
A veces pienso en todo lo que perdimos por culpa de las expectativas y los prejuicios. Me pregunto cuántas familias españolas viven historias parecidas, atrapadas entre tradiciones y deseos no cumplidos.
¿De verdad merece la pena sacrificar el amor por algo tan absurdo como el género de un nieto? ¿Cuántos Mateos hay esperando ser abrazados por sus abuelas?