El precio de un hogar propio: La historia de Lucía y Sergio
—¿Te han vuelto a llamar tus padres? —preguntó Sergio mientras yo intentaba encajar la última caja en el maletero del coche alquilado.
Negué con la cabeza, sintiendo cómo la rabia me subía por la garganta. —No, y dudo que lo hagan. Ya sabes lo que piensan: que esto es una locura, que deberíamos esperar, que sin ayuda no llegaremos a ninguna parte.
El sol de Madrid caía a plomo sobre nosotros, y el sudor me resbalaba por la espalda. Era nuestro tercer traslado en dos años. Habíamos pasado por habitaciones compartidas en Lavapiés, un estudio diminuto en Vallecas y ahora, por fin, íbamos a intentar alquilar un piso vacío en Carabanchel. Sin avales, sin ahorros familiares, solo con nuestros sueldos precarios y una montaña de ilusiones.
Recuerdo perfectamente la última conversación con mi madre:
—Lucía, hija, ¿por qué no le pides a tu tía que te avale? O mejor, veníos a casa hasta que ahorréis algo más. No entiendo esa manía de querer hacerlo todo solos.
—Mamá, no quiero deberle nada a nadie. Quiero demostrar que podemos hacerlo.
Ella suspiró al otro lado del teléfono, como si yo fuera una niña caprichosa y no una mujer de treinta años cansada de mendigar independencia.
Sergio tampoco lo tenía fácil. Sus padres, dueños de una pequeña empresa en Salamanca, le ofrecieron dinero para la entrada de un piso nuevo en Las Tablas. Pero él se negó. “No quiero que luego me lo echen en cara cada vez que discutamos”, me confesó una noche mientras cenábamos tortilla fría sentados en el suelo del salón vacío.
La búsqueda fue un infierno. Los caseros nos miraban con desconfianza cuando decíamos que no teníamos avales ni nóminas fijas. Una vez, una señora mayor nos preguntó:
—¿Y vuestros padres? ¿No pueden ayudaros?
Me mordí la lengua para no gritarle que no todos nacemos con la vida resuelta. Que algunos tenemos que pelear por cada metro cuadrado.
Cuando por fin conseguimos las llaves del piso de Carabanchel, lloré de alivio y agotamiento. No era bonito: paredes desconchadas, cocina antigua, ventanas que no cerraban bien. Pero era nuestro. O al menos lo sería mientras pudiéramos pagar el alquiler.
Las primeras semanas fueron una mezcla de euforia y miedo. Pintamos las paredes con pintura barata del chino, recogimos muebles de la calle y los restauramos los domingos por la tarde. Cada vez que colgábamos una estantería o arreglábamos un enchufe, sentía que estábamos construyendo algo más grande que un simple hogar: estábamos levantando nuestra propia historia.
Pero la presión no desaparecía. Mis amigas del instituto empezaron a comprarse pisos con ayuda de sus padres. Subían fotos a Instagram: cocinas modernas, terrazas enormes, muebles de diseño. Yo las miraba desde mi sofá destartalado y sentía una mezcla de envidia y orgullo.
Una noche, después de una discusión absurda sobre las facturas del gas, exploté:
—¿Y si tienen razón? ¿Y si estamos siendo unos idiotas por no aceptar ayuda?
Sergio me abrazó fuerte.
—Prefiero dormir aquí contigo, aunque sea en un colchón en el suelo, que vivir en un palacio comprado con favores.
A veces me preguntaba si todo esto valía la pena. Si el precio de la independencia era demasiado alto. Pero entonces recordaba las cenas improvisadas con amigos en nuestra casa, las risas mientras pintábamos juntos el pasillo o los domingos perezosos leyendo en la cama sin miedo a que nadie nos dijera nada.
Un día recibí una llamada inesperada de mi padre:
—He visto las fotos del piso. No está mal… Para lo que habéis pagado —dijo con ese tono seco tan suyo.
—Lo hemos hecho solos —respondí, intentando sonar segura.
Hubo un silencio largo al otro lado.
—Eso tiene mérito —admitió al fin.
Colgué el teléfono con lágrimas en los ojos. Por primera vez sentí que quizá no necesitaba su aprobación para sentirme orgullosa.
Hoy sigo sin saber si tomamos el camino correcto. La vida sigue siendo difícil: los sueldos no suben, los alquileres tampoco bajan y cada mes es una carrera de obstáculos. Pero cuando abro la puerta de nuestro piso y veo a Sergio sonreírme desde la cocina, sé que este pequeño rincón del mundo es nuestro porque lo hemos peleado juntos.
¿De verdad es tan malo querer construir tu vida sin deberle nada a nadie? ¿Cuántos más estáis luchando por lo mismo? Me gustaría saber si vosotros también sentís ese orgullo… o ese cansancio.