El precio del orgullo: una madre entre el rencor y el deber
—¿Otra vez, Luis? ¿De verdad necesitáis más dinero este mes? —Mi voz temblaba, aunque intentaba sonar firme. El teléfono temblaba en mi mano mientras escuchaba el silencio incómodo al otro lado.
—Mamá, es que… han subido los libros del colegio de los niños y Marta dice que no podemos recortar más —respondió mi hijo, con ese tono entre suplicante y avergonzado que tanto detesto.
No le contesté de inmediato. Miré alrededor de mi pequeño piso en Vallecas, donde cada mueble tiene más años que mis nietos. Recordé las tardes de mi juventud, cuando mi marido y yo contábamos las monedas para llegar a fin de mes, sin pedir nunca nada a nadie. ¿Por qué Luis no podía ser igual de fuerte?
Colgué sin despedirme. Me senté en la mesa de la cocina, donde la luz de la tarde caía sobre las facturas apiladas. Sentí una punzada en el pecho: rabia, tristeza, culpa. Todo mezclado. ¿En qué fallé como madre para criar a un hijo tan dependiente?
Luis y Marta viven en un piso nuevo en Móstoles, con tres hijos que parecen crecer más deprisa que mi paciencia. Cada vez que voy a visitarlos, veo juguetes caros tirados por el suelo, la televisión encendida a todo volumen y Marta hablando por el móvil sobre las vacaciones en la costa. No puedo evitar pensar que todo es un despropósito.
—Mamá, ¿puedes quedarte con los niños este sábado? Marta y yo queremos ir al teatro —me pidió Luis una tarde, mientras recogía los platos de la cena.
—¿Y quién paga el teatro? —pregunté, sin poder ocultar el veneno en mi voz.
Luis bajó la mirada. Marta fingió no escucharme, pero sé que me oyó. Siempre lo hace. Ella es lista, sabe cómo manipular a Luis para conseguir lo que quiere. O eso pienso yo.
A veces me sorprendo espiando sus redes sociales. Fotos de cenas en restaurantes modernos, selfies en terrazas con gin-tonic en mano, los niños vestidos con ropa de marca. Y luego, cada mes, la misma llamada: “Mamá, ¿puedes ayudarnos con la hipoteca?”
No sé si es rabia o envidia lo que siento. Yo nunca tuve lujos. Trabajé limpiando casas ajenas desde los dieciséis años para darles a mis hijos lo poco que podía. Ahora veo cómo Luis y Marta viven por encima de sus posibilidades y me siento invisible, como si mi esfuerzo no valiera nada.
Una noche, después de otra discusión telefónica con Luis, me desahogué con mi hermana Pilar.
—Cora, tienes que poner límites —me dijo ella, sirviéndome un café cargado—. Si sigues así, nunca aprenderán.
—¿Y si los niños pasan hambre? ¿Y si pierden el piso? —le respondí, con lágrimas en los ojos.
—No eres responsable de sus errores —insistió Pilar—. Ya son adultos.
Pero yo no podía dejar de sentirme responsable. Una madre nunca deja de serlo, ¿verdad?
El día que exploté fue un domingo cualquiera. Había ido a casa de Luis para llevarles comida y ver a mis nietos. Al entrar, vi bolsas nuevas de ropa en el sofá y escuché a Marta hablando por teléfono sobre reservar un viaje a Tenerife.
—¿Tenerife? —pregunté en voz alta—. ¿Y quién va a pagar eso?
Marta me miró con frialdad.
—Cora, no es asunto tuyo cómo gestionamos nuestro dinero.
Sentí cómo se me encendía la cara.
—¡Claro que es asunto mío! Si cada mes tengo que sacar dinero de mi pensión para tapar vuestros agujeros…
Luis intentó calmarme:
—Mamá, por favor…
Pero ya no podía parar.
—¡Estoy harta! ¡Harta de ser siempre la tonta que os saca las castañas del fuego mientras vosotros vivís como si el dinero creciera en los árboles!
Los niños se asustaron y se metieron en su habitación. Marta se cruzó de brazos y Luis me miró como si fuera una extraña.
Me marché dando un portazo. Esa noche no dormí. Pensé en mis nietos, en el miedo en sus ojos. Pensé en Luis de pequeño, cuando me abrazaba después del colegio y me decía que yo era su heroína.
Al día siguiente recibí un mensaje de Luis: “Perdona por ayer. No queríamos hacerte sentir así.”
No respondí. Pasaron días sin hablarles. Me sentía vacía y sola, pero también aliviada por no tener que cargar con su peso.
Una tarde recibí una llamada inesperada: era Marta.
—Cora, sé que hemos cometido errores —su voz sonaba sincera por primera vez—. Pero te necesitamos. Los niños te necesitan.
Me derrumbé. Lloré como una niña pequeña. Porque sí, los necesitaba tanto como ellos a mí.
Volví a ayudarles, pero esta vez puse condiciones: nada de gastos innecesarios, nada de viajes ni lujos hasta que salieran adelante. Luis aceptó a regañadientes; Marta no dijo nada.
Ahora veo a mis nietos cada semana y controlo mejor el dinero que les doy. Pero el resentimiento sigue ahí, como una sombra alargada entre nosotros.
A veces me pregunto: ¿Hasta dónde debe llegar el sacrificio de una madre? ¿Es amor o es miedo lo que me ata a ellos? ¿Alguna vez aprenderán a volar solos o siempre estaré sujetando sus alas?
¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Dónde está el límite entre ayudar y permitir que te utilicen?