El préstamo de mi cuñado: Un favor que rompió mi familia
—¿De verdad vas a pedírselo a Fernando? —La voz de mi mujer, Lucía, temblaba entre la rabia y el miedo mientras me miraba desde la puerta de la cocina. Yo no podía sostenerle la mirada. El recibo de la luz, el del agua y la carta del banco estaban sobre la mesa, como una amenaza silenciosa.
—No tenemos otra opción, Lucía. Ya lo hemos intentado todo —respondí, sintiendo cómo el orgullo se me atragantaba en la garganta.
Nunca pensé que llegaría a esto. Siempre fui el hermano mayor, el que resolvía los problemas, el que ayudaba a todos. Pero después de que me despidieran de la fábrica en Getafe y tras meses buscando trabajo sin éxito, el dinero simplemente se acabó. Y ahora, tenía que pedirle ayuda a Fernando, el marido de mi hermana Carmen. Él siempre fue el exitoso de la familia: su empresa de reformas iba viento en popa y no perdía ocasión para recordarlo en cada comida familiar.
Aquella tarde, mientras caminaba hacia su casa en Leganés, sentía que cada paso pesaba una tonelada. Cuando abrió la puerta, Fernando me recibió con una sonrisa forzada.
—Hombre, Diego, ¿qué te trae por aquí?
Me senté en su salón, rodeado de muebles nuevos y fotos de sus vacaciones en la Costa Brava. No pude evitar sentirme pequeño.
—Fernando… necesito pedirte un favor. Un préstamo. Solo hasta que encuentre trabajo —dije, bajando la voz.
Él se quedó callado unos segundos, mirándome como si estuviera calculando algo.
—¿Cuánto necesitas?
—Mil euros —contesté casi en un susurro.
Fernando asintió despacio y fue a buscar su cartera. Me los dio en billetes, uno a uno, como si quisiera que sintiera el peso de cada euro.
—No te preocupes, Diego. Pero ya sabes cómo es esto… mejor que quede entre nosotros —me dijo, guiñándome un ojo.
Salí de su casa con el dinero en el bolsillo y una vergüenza que me quemaba por dentro. No le conté a nadie más lo que había pasado, ni siquiera a Carmen. Pero en las siguientes semanas, todo empezó a cambiar.
Fernando empezó a aparecerse por casa sin avisar. Venía con cualquier excusa: que si traía unas croquetas de su madre, que si quería ver el partido con nosotros. Pero siempre acababa preguntando por mi búsqueda de trabajo o haciendo comentarios sobre cómo gestionábamos el dinero.
—¿Y ese móvil nuevo, Diego? —preguntó una tarde delante de mis hijos—. ¡A ver si vas a estar gastando lo que no tienes!
Me hervía la sangre, pero aguantaba por no montar una escena delante de Lucía y los niños. Pero Lucía empezó a notar algo raro.
—¿Por qué viene tanto Fernando últimamente? ¿Te ha dicho algo?
No supe qué responderle. Hasta que un día, durante una comida familiar en casa de mis padres en Alcorcón, todo explotó.
Estábamos todos sentados cuando Fernando soltó:
—Bueno, Diego, ¿cómo va lo del trabajo? Porque ya sabes que lo del préstamo no puede ser para siempre…
Mi padre me miró sorprendido. Carmen dejó caer el tenedor. Lucía me fulminó con la mirada.
—¿Qué préstamo? —preguntó mi madre.
Sentí cómo se me caía el mundo encima. No pude mentir más.
—Le pedí dinero a Fernando hace unas semanas —admití—. No quería preocuparos…
El silencio fue absoluto. Mi hermana Carmen se levantó y salió llorando del comedor. Mi madre empezó a reprocharme por no haber acudido primero a ellos. Mi padre me miró decepcionado. Y Fernando… Fernando sonreía satisfecho, como si hubiera ganado una partida.
Desde ese día, nada volvió a ser igual. Carmen dejó de hablarme durante semanas. Mis padres desconfiaban de cada cosa que hacía. Lucía y yo discutíamos cada noche por cualquier tontería: el colegio de los niños, la compra del supermercado, hasta por la marca del pan.
Una tarde, encontré a mi hijo mayor llorando en su cuarto.
—Papá, ¿es verdad que estamos arruinados? ¿Nos vamos a quedar sin casa?
Se me rompió el alma. Le abracé fuerte y le prometí que todo iría bien, aunque ni yo mismo lo creía ya.
Intenté devolverle el dinero a Fernando lo antes posible. Vendí mi bicicleta y algunos muebles viejos para conseguirlo. Cuando fui a su casa y le tendí los billetes, él los cogió sin mirarme a los ojos.
—No era para tanto, Diego. Solo quería ayudar —dijo, pero su tono era frío.
Pero el daño ya estaba hecho. La confianza en mi familia se había roto. Carmen y yo apenas nos hablábamos; mis padres seguían tratándome como si fuera un niño irresponsable; Lucía y yo estábamos al borde del divorcio.
Ahora han pasado meses desde aquello. He encontrado un trabajo temporal descargando camiones en Mercamadrid. No es lo mío, pero al menos puedo pagar las facturas y mirar a mis hijos a los ojos sin sentirme un fracaso total.
A veces me pregunto si mereció la pena pedir ese préstamo o si debería haber buscado otra salida. ¿Por qué el dinero tiene tanto poder para destruir lo que más queremos? ¿Alguna vez podré recuperar la confianza de mi familia?