El regreso de Tomás: entre el perdón y la herida

—¿Quién será a estas horas? —me pregunté, mientras el timbre resonaba por segunda vez en el piso. El sonido era el mismo de siempre, pero mi cuerpo reaccionó distinto: un escalofrío me recorrió la espalda y sentí cómo el corazón se me subía a la garganta. Caminé hacia la puerta contando los pasos como quien cuenta los segundos antes de sumergirse en agua helada. Al abrir, lo vi: Tomás. El mismo abrigo gris, pero ahora le quedaba grande; la barba descuidada, los ojos hundidos. Me miró como si no hubiera pasado un año desde que se fue sin mirar atrás.

—Lucía… —susurró, y su voz tembló—. ¿Puedo pasar?

Me quedé inmóvil. ¿Cuántas veces había soñado con este momento? ¿Cuántas veces había ensayado lo que le diría si algún día volvía? Pero ahora, frente a él, las palabras se me atragantaban.

—¿Qué quieres? —logré decir, con un hilo de voz.

—Hablar. Explicarme. Pedirte perdón…

No sé cómo, pero le dejé pasar. Caminó hasta el salón como si aún fuera su casa. Se sentó en el sofá y yo me mantuve de pie, abrazándome a mí misma.

—No tienes derecho a estar aquí —le solté, sintiendo cómo la rabia me quemaba por dentro—. Un año sin una llamada, sin preguntar por tu hija… ¿Y ahora vuelves como si nada?

Tomás bajó la cabeza. Vi cómo sus manos temblaban.

—He sido un cobarde, Lucía. Lo sé. Me equivoqué… Pensé que podía empezar de cero con otra persona, pero solo conseguí perderlo todo. A ti, a Marta…

El nombre de nuestra hija me dolió como una puñalada. Marta tenía solo seis años cuando él se fue. Durante meses preguntó por su padre cada noche antes de dormir. Yo inventaba excusas: que estaba de viaje por trabajo, que pronto volvería. Hasta que un día dejó de preguntar.

—¿Y ahora qué? —le espeté—. ¿Pretendes que te abramos los brazos y hagamos como si nada hubiera pasado?

Tomás se levantó y se acercó despacio.

—No espero que me perdones hoy ni mañana. Solo quiero que me escuches… Que me dejes demostrarte que puedo cambiar.

Me reí, amarga.

—¿Cambiar? ¿Tú? ¿El mismo que se fue con otra y ni siquiera tuvo el valor de despedirse?

En ese momento, la puerta del pasillo se abrió y Marta apareció en pijama, frotándose los ojos.

—¿Mamá? ¿Quién es?

Tomás se quedó helado. Yo sentí que el mundo se detenía.

—Hola, princesa… —dijo él, con la voz rota.

Marta lo miró sin reconocerlo al principio. Luego sus ojos se agrandaron y retrocedió un paso.

—¿Por qué has venido? —preguntó ella, con esa franqueza cruel que solo tienen los niños.

Tomás se arrodilló ante ella.

—He venido porque os echo mucho de menos. Porque quiero estar contigo… Si tú me dejas.

Marta no respondió. Se giró y volvió a su cuarto cerrando la puerta con fuerza.

El silencio fue insoportable. Tomás se dejó caer en el sofá y se cubrió la cara con las manos. Yo sentí una mezcla de lástima y rabia.

Pasaron unos minutos eternos hasta que rompí el silencio:

—¿Y la otra? ¿Qué pasó con ella?

Tomás suspiró.

—No era lo que yo pensaba… Me di cuenta demasiado tarde de lo que había perdido aquí.

Me senté frente a él, agotada.

—¿Sabes lo que ha sido este año para nosotras? Mi madre viniendo cada tarde para ayudarme con Marta porque yo no podía ni levantarme de la cama algunos días. Mi hermana Rosa trayéndome tuppers porque no tenía fuerzas ni para cocinar. Los vecinos mirando con lástima cuando salía sola al parque…

Tomás asintió en silencio.

—He hablado con mi madre —dijo al fin—. Quiere verte. Dice que cometí un error imperdonable…

Me sorprendió escuchar eso de Carmen, su madre. Siempre había sido dura conmigo, pero ahora parecía entender mi dolor.

—No sé si puedo perdonarte —le confesé—. No sé si quiero hacerlo siquiera.

Tomás asintió otra vez.

—Solo quiero intentarlo. Por ti, por Marta… Por nosotros.

Esa noche no dormí. Di vueltas en la cama repasando cada momento del último año: las lágrimas escondidas en el baño para que Marta no me viera; las noches en vela esperando un mensaje suyo; las veces que pensé en tirar la toalla y marcharme del barrio para empezar de cero lejos de todos los recuerdos.

A la mañana siguiente, Rosa vino a casa como cada sábado. Al verla entrar y encontrar a Tomás en el salón, su cara fue un poema.

—¿Pero qué hace este aquí? —exclamó, furiosa.

Le conté lo sucedido mientras Tomás salía a comprar pan para desayunar juntos por primera vez en un año.

—No puedes dejarte manipular —me advirtió Rosa—. Piensa en ti y en Marta antes que en él.

Asentí, pero mi cabeza era un torbellino de dudas.

Durante semanas Tomás intentó acercarse a Marta: la llevaba al colegio, le ayudaba con los deberes, intentaba recuperar el tiempo perdido. Yo observaba desde lejos, incapaz de decidir si aquello era real o solo una ilusión pasajera.

Un domingo fuimos a comer a casa de mis padres en Alcalá de Henares. Mi padre apenas le dirigió la palabra durante toda la comida; mi madre le miraba con desconfianza pero también con cierta compasión.

Al volver a casa esa noche, Tomás me miró a los ojos:

—¿Crees que algún día podré recuperar tu confianza?

No supe qué responderle. El dolor seguía ahí, pero también una pequeña chispa de esperanza que me asustaba más que cualquier otra cosa.

Hoy escribo esto sin saber qué decisión tomaré mañana. ¿Es posible perdonar una traición así? ¿O hay heridas que nunca terminan de cerrar?

¿Vosotros qué haríais en mi lugar? ¿Se puede volver a empezar después de tanto daño?