El secreto de la abuela María: Cuando el corazón pesa más que la razón
—¡No puedo más, mamá! —gritó Claudia, con los ojos llenos de lágrimas y rabia—. ¡No puedo seguir cuidándote sola! ¿No ves que me estás ahogando?
María apretó los labios, conteniendo el temblor de sus manos. El olor a café recién hecho se mezclaba con el de la humedad del pasillo, y el reloj de pared marcaba las seis y cuarto, como si quisiera detener el tiempo justo en ese instante. Afuera, la tarde valenciana caía sobre los naranjos del barrio, pero dentro de aquel piso, el frío era otro.
—Claudia, hija, no digas eso… —susurró María, buscando en los ojos de su hija un poco de compasión—. Yo no quiero ser una carga.
—Pues lo eres, mamá. No puedo salir con mis amigas, no puedo irme de viaje ni siquiera un fin de semana. ¿Y sabes qué? ¡Estoy harta! —Claudia se tapó la cara con las manos—. No sé cómo lo hacen otras familias, pero yo sola no puedo más.
María sintió cómo se le partía el alma. Recordó los años en que Claudia era una niña risueña, corriendo por la playa de la Malvarrosa, pidiéndole un helado y riendo a carcajadas. Ahora esa niña era una mujer cansada, con el ceño fruncido y el corazón endurecido por la rutina y las facturas.
—Si tanto te molesto… —dijo María, con voz quebrada—. Me iré. No quiero verte sufrir por mi culpa.
Claudia no respondió. Solo asintió, sin mirarla.
Esa noche, María recogió sus pocas cosas en una bolsa de tela: una foto antigua de su boda, un rosario gastado y una bufanda tejida por su nieta Lucía. Salió al rellano sin hacer ruido, cerrando la puerta con cuidado para no despertar a nadie. Bajó las escaleras despacio, apoyándose en la barandilla como si fuera su último refugio.
En la calle, el aire olía a azahar y a tristeza. María caminó sin rumbo por las aceras iluminadas por farolas anaranjadas. Pensó en llamar a su hermana en Castellón, pero hacía años que no hablaban. Se sentó en un banco del parque y miró el cielo estrellado.
—¿Qué he hecho mal? —se preguntó en voz baja—. ¿Por qué mi propia hija me rechaza?
Pasaron las horas y el frío se coló entre sus huesos. Un joven marroquí que vendía flores se le acercó.
—¿Está bien, señora? ¿Necesita ayuda?
María sonrió débilmente.
—Gracias, hijo, pero solo necesito descansar un poco.
El chico le ofreció una rosa blanca y siguió su camino. María apretó la flor contra el pecho y cerró los ojos.
Mientras tanto, en casa, Claudia no podía dormir. El silencio era ensordecedor. Miró la foto de su madre en la mesilla y sintió un nudo en la garganta. Recordó las veces que María le había preparado paella los domingos, los cuentos antes de dormir y las canciones populares que le enseñaba cuando era pequeña.
A la mañana siguiente, Lucía llegó a casa para visitar a su abuela.
—¿Dónde está la yaya? —preguntó preocupada.
Claudia no supo qué decirle. Solo pudo abrazar a su hija y llorar.
Pasaron dos días hasta que una vecina llamó para decir que había visto a María en el parque. Claudia corrió hasta allí con Lucía de la mano. Encontraron a María sentada en el banco, pálida pero serena.
—Mamá… —susurró Claudia—. Perdóname. No debí dejarte sola. No sé qué me pasó.
María la miró con ternura y acarició su mejilla.
—Hija mía, todos cometemos errores cuando estamos cansados. Pero hay algo que nunca te conté…
Claudia frunció el ceño.
—¿Qué cosa?
María suspiró hondo y sacó una carta arrugada de su bolso.
—Hace años tu padre me dejó una pequeña herencia en un banco de Alicante. No quise tocar ese dinero porque quería que fuera para ti y para Lucía cuando lo necesitarais de verdad. Pero ahora veo que lo que más necesitamos es estar juntas.
Claudia rompió a llorar y abrazó a su madre con fuerza.
—Perdóname, mamá… No me importa el dinero. Solo quiero que vuelvas a casa.
María sonrió entre lágrimas.
—La familia es lo único que nos queda cuando todo lo demás falla.
Esa noche volvieron juntas al piso. Prepararon chocolate caliente y churros, como hacían en las fiestas del pueblo. Lucía se acurrucó entre las dos y les pidió que le contaran historias de cuando eran jóvenes.
María miró a su hija y pensó: «¿Cuántas veces dejamos que el orgullo nos aparte de quienes más queremos? ¿Y si mañana ya no tenemos oportunidad de pedir perdón?»