El secreto de Leire: Dinero, silencio y una cocina vacía
—Mamá, por favor, prométeme que Tomás no sabrá nada de esto. —La voz de Leire temblaba al otro lado del teléfono, como si el secreto pesara más que los propios billetes que acababa de transferirme.
Me quedé mirando la pantalla del móvil, el mensaje de confirmación del banco brillando en la penumbra de mi cocina. Era martes, y como cada mes desde hacía casi un año, Leire me enviaba ese dinero que me permitía llenar la nevera y pagar la factura de la luz. Pero cada vez que lo hacía, sentía que una sombra se alargaba entre nosotras.
La cocina estaba vacía, no solo de comida, sino de risas y voces. Desde que mi marido falleció hace tres años, la casa se había ido apagando poco a poco. Mi pensión apenas alcanzaba para lo básico. A veces, cuando abría la nevera y solo veía un cartón de leche y un par de huevos, sentía una punzada de vergüenza. ¿Cómo había llegado a esto?
Leire siempre fue mi niña valiente. Se fue a Madrid con Tomás hace cinco años, buscando una vida mejor. Él consiguió trabajo en una empresa de informática; ella, después de mucho esfuerzo, logró un puesto fijo en una tienda de ropa. Pero Tomás es orgulloso. Siempre ha dicho que «cada uno debe vivir con lo que tiene» y que «la familia no es un banco». Por eso Leire me pidió que nunca le contara nada sobre el dinero.
—Mamá, si Tomás se entera… no sé qué haría. Por favor, prométemelo.
Y yo prometí. Porque una madre hace cualquier cosa por su hija.
Pero el secreto empezó a crecer como una mancha de humedad en la pared. Cada vez que hablaba con Tomás por teléfono y él preguntaba cómo estaba, yo mentía:
—Bien, Tomás, aquí todo va bien. No me falta de nada.
A veces escuchaba su voz al fondo, preguntando a Leire si su madre necesitaba algo. Ella siempre respondía lo mismo:
—No te preocupes, mamá es fuerte.
Pero yo no era fuerte. No cuando tenía que elegir entre comprar pan o pagar el gas. No cuando veía a mis amigas del barrio salir juntas a tomar un café y yo inventaba excusas para no ir porque no podía permitírmelo.
Una tarde de otoño, mientras contaba los billetes que Leire me había enviado ese mes, llamaron a la puerta. Era Carmen, mi vecina.
—María, ¿te pasa algo? Te veo más delgada —me dijo con esa sinceridad brutal que solo tienen las amigas de toda la vida.
—Nada, mujer. Cosas de la edad —mentí otra vez.
Pero Carmen no se fue convencida. Me miró con esos ojos suyos tan vivos y me abrazó fuerte antes de irse.
Esa noche no pude dormir. Me pregunté si estaba haciendo lo correcto. ¿Era justo cargar a Leire con mi necesidad? ¿Era justo mentirle a Tomás? ¿Y si algún día él lo descubría?
Un sábado por la mañana, Leire vino a verme sola. Traía una bolsa con comida y una sonrisa cansada.
—Mamá, ¿estás bien? —me preguntó mientras colocaba los yogures en la nevera.
—Sí, hija, gracias a ti —le respondí bajito.
Se sentó a mi lado y me tomó la mano.
—No puedo más con esto —susurró—. Me siento fatal mintiéndole a Tomás… pero no puedo dejarte sola.
La abracé fuerte. Sentí su cuerpo temblar contra el mío.
—No tienes que hacerlo —le dije—. Buscaré trabajo o pediré ayuda al ayuntamiento.
Ella negó con la cabeza.
—No quiero que pases necesidades. Pero tampoco quiero perder a Tomás…
El silencio se hizo pesado entre nosotras. Afuera llovía y las gotas golpeaban los cristales como si quisieran entrar en casa y mojarlo todo: las mentiras, los miedos, las culpas.
Pasaron los meses y el secreto siguió creciendo. Empecé a notar que Tomás estaba más distante con Leire. Un día discutieron por teléfono y ella colgó llorando.
—Dice que últimamente estoy rara… Que le oculto cosas —me confesó entre sollozos.
Sentí un nudo en el estómago. ¿Hasta cuándo podríamos seguir así?
Un viernes cualquiera, mientras preparaba una tortilla con lo poco que tenía en casa, recibí una llamada inesperada. Era Tomás.
—María, ¿puedo preguntarte algo? —su voz sonaba seria.
—Claro, dime —intenté sonar natural.
—¿Leire te está enviando dinero?
El mundo se detuvo por un instante. Sentí cómo el corazón me latía en la garganta.
—¿Por qué lo preguntas? —respondí con cautela.
—He visto movimientos raros en nuestra cuenta… Y Leire está muy nerviosa últimamente.
No supe qué decir. El silencio al otro lado del teléfono era insoportable.
—María… solo quiero saber la verdad —insistió Tomás.
En ese momento entendí que ya no podía proteger a todos. Que las mentiras tienen las patas muy cortas y siempre acaban saliendo a la luz.
—Sí, Tomás… Leire me ayuda cada mes porque mi pensión no llega para todo —confesé al fin, sintiendo cómo se me quebraba la voz.
Tomás suspiró largo rato antes de responder:
—¿Por qué no me lo dijisteis? Podríamos haber buscado otra solución…
Colgué el teléfono con lágrimas en los ojos. No sabía si había hecho bien o mal. Solo sabía que el peso del secreto ya no estaba sobre mis hombros… pero ahora todo era incertidumbre.
Esa noche cené sola en mi cocina vacía y pensé en todo lo que habíamos perdido por miedo y orgullo.
¿Vale la pena vivir en la mentira para proteger a quienes amamos? ¿O es mejor afrontar juntos las dificultades aunque duela?