El secreto tras la puerta: Lo que descubrí el día de la boda de mi hija
—¡No puedes entrar ahora, mamá!— gritó Lucía desde el otro lado de la puerta del baño, su voz temblorosa, casi ahogada por el llanto. El eco de sus palabras rebotó en los azulejos fríos del pasillo, y sentí cómo el vestido de fiesta me apretaba el pecho, como si quisiera impedirme respirar.
Era el día de su boda. El salón decorado con flores blancas y lazos dorados, los invitados esperando en la iglesia, y yo, su madre, con las manos sudorosas aferradas a la manilla de la puerta del baño. Había algo en su voz que me heló la sangre. No era nerviosismo; era miedo. Un miedo que reconocí porque lo había sentido yo misma años atrás, cuando descubrí que mi marido, Antonio, tenía otra familia en Sevilla.
—Lucía, cariño, ábreme. Soy yo. No pasa nada que no podamos arreglar juntas— susurré, intentando sonar tranquila. Pero por dentro, una tormenta rugía. ¿Qué podía estar pasando en el baño del restaurante donde celebrábamos el enlace? ¿Por qué mi hija, siempre tan fuerte, se derrumbaba justo hoy?
La puerta se abrió apenas unos centímetros. Vi su rostro desencajado, los ojos hinchados y el maquillaje corrido. Detrás de ella, sentada en la tapa del váter, estaba Marta, su mejor amiga y dama de honor. Marta evitaba mi mirada.
—Mamá…— Lucía sollozó—. No puedo casarme con Diego.
Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. Diego era el yerno perfecto: educado, trabajador, de buena familia madrileña. Habían estado juntos cinco años. Habíamos organizado la boda durante meses. ¿Qué podía haber pasado?
—¿Qué ha pasado?— pregunté con voz ronca.
Lucía miró a Marta y luego bajó la cabeza.
—Anoche… anoche descubrí que Diego me engañó. Con Marta.
El silencio fue absoluto. Solo se oía el murmullo lejano de los camareros preparando las mesas y el latido furioso de mi corazón.
—¿Cómo?— balbuceé.
Marta rompió a llorar.
—Fue un error… solo una vez… estábamos borrachos… lo siento tanto…
Lucía se abrazó a sí misma, temblando.
—No sé qué hacer, mamá. No quiero perder a Diego, pero tampoco puedo perdonarle esto. Y no puedo mirar a Marta igual nunca más.
Sentí una rabia sorda hacia Diego y Marta, pero también una compasión infinita por mi hija. Recordé mi propia humillación cuando descubrí la infidelidad de Antonio y cómo había decidido callar por miedo al qué dirán, por no romper la familia. ¿Iba a aconsejarle a Lucía que hiciera lo mismo?
Me arrodillé junto a ella y le tomé las manos.
—Hija mía, nadie puede decidir por ti. Pero no te cases solo por miedo o por lo que esperan los demás. Si te casas hoy, que sea porque confías en él y en ti misma para superar esto… o porque decides perdonar. Pero si no puedes… no pasa nada por decir que no.
Lucía me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—¿Y si me arrepiento? ¿Y si nunca vuelvo a ser feliz?
La abracé fuerte.
—La felicidad no depende de un hombre ni de una boda perfecta. Depende de ti. Y pase lo que pase, aquí estaré para recogerte si caes.
Marta intentó disculparse de nuevo, pero Lucía le hizo un gesto para que saliera. Nos quedamos solas. Afuera, alguien golpeó la puerta: era mi hermana Carmen, preguntando si todo iba bien porque los invitados empezaban a impacientarse.
Lucía respiró hondo y se levantó tambaleándose.
—Voy a hablar con Diego.— dijo con voz firme.
La acompañé hasta la sala privada donde él esperaba con su traje impecable y cara de preocupación. Cuando Lucía le contó lo que sabía, Diego primero lo negó todo; luego, al ver que Marta también estaba allí y no podía sostenerle la mirada, se derrumbó y confesó entre lágrimas.
La escena fue desgarradora: gritos ahogados, súplicas, promesas vacías. Los padres de Diego entraron alarmados; mi exmarido Antonio llegó corriendo desde la barra; mi hermana Carmen intentaba calmar a los invitados diciendo que había un pequeño retraso por culpa del tráfico.
En medio del caos, Lucía tomó una decisión valiente: salió al salón principal y pidió silencio.
—Hoy no habrá boda.— anunció con voz temblorosa pero clara—. Lo siento mucho por todos los que habéis venido desde lejos. Pero prefiero decepcionaros hoy que vivir una mentira toda la vida.
Hubo murmullos, caras largas, algún aplauso tímido. Yo sentí una mezcla de orgullo y dolor: orgullo por su coraje; dolor por verla sufrir así en público.
Esa noche volvimos a casa las dos solas. Lucía se tumbó en mi regazo como cuando era niña y lloró hasta quedarse dormida. Yo acaricié su pelo y pensé en todas las veces que había callado para protegerla del dolor… ¿Había hecho bien? ¿O le había enseñado a aguantar demasiado?
Hoy han pasado tres meses desde aquel día. Lucía va a terapia y poco a poco vuelve a sonreír. Marta se ha mudado a Barcelona; Diego intenta pedirle perdón cada semana pero ella ya no responde sus mensajes. La familia sigue dividida: algunos me culpan por haber apoyado su decisión; otros dicen que fui valiente al estar a su lado.
A veces me pregunto: ¿Debería haberle animado a perdonar? ¿O hice bien al recordarle que nadie merece vivir engañado? ¿Qué habríais hecho vosotros si fuerais yo?