El silencio de la nevera vacía

—¡Carmen! ¿Cómo has podido dejar a los niños sin desayunar? —La voz de Lucía retumbó en el pasillo, tan afilada como el frío que salía de la nevera vacía.

Me quedé petrificada, con las manos aún húmedas del agua con la que intentaba limpiar los restos de la cena anterior. Miré a mis nietos, Pablo y Martina, sentados en la mesa con las cabezas gachas, evitando mi mirada. Sentí una punzada en el pecho, una mezcla de rabia y vergüenza.

—Lucía, hija, te lo dije ayer por teléfono… No tengo dinero hasta que cobre la pensión. No queda nada en la nevera —intenté explicarme, pero ella ya había abierto la puerta del frigorífico para comprobarlo por sí misma.

—¿Y no podías comprar aunque fuera un litro de leche? ¿Un paquete de galletas? —me reprochó, sin apartar la vista del interior desolado del electrodoméstico.

No supe qué contestar. La pensión no me llegaba ni para pagar la luz y el alquiler del piso antiguo en Vallecas. Desde que murió mi marido, todo se volvió cuesta arriba. Mis hijos crecieron rápido y se marcharon, y ahora solo me quedaba ese pequeño consuelo: cuidar de mis nietos cuando Lucía y mi hijo Sergio trabajaban.

Pero esta vez no pude. Había rebuscado en los cajones, en los bolsillos de los abrigos viejos, hasta en el fondo del bolso donde guardaba monedas sueltas para el pan. Nada. Ni un euro. Ni una moneda para comprar un cartón de leche.

—Mamá, ¿podemos ir al parque? —preguntó Pablo, con esa voz suave que usan los niños cuando intuyen que algo va mal.

—Ahora no, cariño —le respondí, forzando una sonrisa—. Espera a que venga tu madre.

Lucía cerró la nevera de golpe y se giró hacia mí:

—Carmen, no puedo dejarte a los niños si no eres capaz de darles ni un desayuno decente. ¿Qué va a pensar Sergio si se entera?

Sentí cómo se me encogía el alma. Sergio siempre había confiado en mí, incluso cuando las cosas iban mal. Pero Lucía… Lucía nunca entendió lo que era vivir con miedo a no llegar a fin de mes. Ella venía de una familia acomodada de Salamanca, donde nunca faltó nada en la mesa.

—¿Y qué quieres que haga? —le pregunté, casi suplicando—. Te avisé. No tengo dinero ni para mí. Si pudiera…

—Pues pide ayuda —me cortó—. Llama a Sergio, llama a tus otros hijos. Pero no puedes dejar a los niños así. ¡No puedes!

La rabia me subió a la garganta. ¿Pedir ayuda? ¿Otra vez? Ya lo había hecho demasiadas veces: a mis hijos, a las vecinas, incluso al párroco del barrio. Cada vez era más humillante.

—No quiero ser una carga para nadie —susurré, más para mí que para ella.

Lucía bufó y recogió las mochilas de los niños.

—Vámonos —ordenó—. Hoy no te los dejo. Ya veremos si vuelvo a confiar en ti.

Vi cómo se marchaban por el portal, sin despedirse siquiera. Me quedé sola en la cocina, rodeada por el eco de sus pasos y el zumbido del frigorífico vacío. Me senté en una silla y rompí a llorar.

Recordé cuando era joven y trabajaba limpiando casas en Chamberí para sacar adelante a mis hijos. Nunca faltó un plato de comida en casa, aunque fuera un guiso sencillo o pan con aceite y azúcar. Pero ahora… ahora era yo la que no podía ofrecer ni eso.

Esa tarde llamé a mi hija mayor, Teresa.

—Mamá, ¿otra vez estás así? —me dijo con cansancio—. Yo también voy justa este mes…

Colgué antes de que terminara la frase. No quería escuchar más excusas ni sentirme más pequeña.

Los días siguientes fueron un infierno. Sergio me llamó preocupado:

—¿Qué ha pasado con Lucía? Dice que los niños pasaron hambre contigo…

Intenté explicarle, pero noté su decepción al otro lado del teléfono.

—Mamá, tienes que decirnos estas cosas antes —me dijo—. No queremos que pases necesidad, pero tampoco podemos estar pendientes siempre…

Me sentí invisible. Como si mis años de sacrificio no valieran nada ahora que ya no podía dar más.

Una tarde, bajando al supermercado solo para mirar precios y soñar con llenar el carro como antes, me encontré con Rosario, mi vecina del tercero.

—Carmen, te veo mala cara… ¿Todo bien?

No pude evitarlo: le conté todo entre lágrimas. Rosario me abrazó y me ofreció un paquete de arroz y una caja de leche.

—No te avergüences —me dijo—. Todas pasamos por momentos malos. Mañana te traigo algo más.

Esa noche cené arroz hervido con un poco de aceite y lloré otra vez; esta vez de alivio y vergüenza mezclados.

Al día siguiente llamé a Lucía para pedirle perdón.

—Lo siento mucho —le dije—. No quería que los niños pasaran hambre…

Ella suspiró al otro lado del teléfono.

—Carmen, yo tampoco quiero pelearme contigo. Pero tienes que avisarnos antes…

Colgué sintiéndome aún más sola, pero también decidida a no rendirme.

Conseguí una cita en Servicios Sociales y empecé a recibir una pequeña ayuda para alimentos básicos. No era mucho, pero al menos podía volver a invitar a mis nietos a merendar pan con chocolate como hacía años atrás.

A veces me pregunto si algún día mis hijos entenderán lo difícil que es envejecer sola y pobre en una ciudad como Madrid, donde todo sube menos las pensiones y donde la familia parece desmoronarse cuando más falta hace.

¿De verdad es tan fácil juzgar desde fuera? ¿Cuántas abuelas estarán ahora mismo mirando una nevera vacía mientras sus familias les exigen lo imposible?