El silencio de Lucía: una madre frente al abismo
—¿Por qué no me contestas, Lucía? —grité al otro lado de la puerta, golpeando con fuerza mientras el eco se perdía en la calle vacía del pueblo.
El viento de marzo arrastraba polvo y hojas secas por la plaza. Nadie asomaba la cabeza. El silencio era tan espeso que podía cortarse con un cuchillo. Mi hija siempre respondía, aunque fuera con un simple “mamá, estoy bien”. Pero llevaba una semana sin dar señales. Desde que se casó con Sergio y se mudó a ese rincón perdido de Castilla-La Mancha, hablábamos cada dos días. Siempre. Hasta ahora.
Apreté el móvil en la mano, repasando los mensajes sin leer, los intentos de llamada, las noches en vela imaginando lo peor. Mi marido, Tomás, me había dicho que no me preocupara tanto, que seguro estaba ocupada con la mudanza o el trabajo en la farmacia del pueblo. Pero yo conocía a mi hija. Lucía nunca dejaba pasar tanto tiempo sin hablar conmigo.
—¡Lucía! —insistí, la voz quebrada—. Por favor, abre la puerta.
Al fin, escuché pasos lentos y arrastrados al otro lado. La puerta se abrió apenas unos centímetros. Vi un ojo enrojecido y una mejilla hinchada. Mi corazón se detuvo.
—Mamá…
—¿Qué te ha pasado? —empujé suavemente la puerta y entré sin esperar permiso.
El salón estaba en penumbra. Las cortinas corridas, la mesa llena de platos sucios y papeles arrugados. Lucía temblaba. Llevaba un jersey viejo y las manos escondidas en las mangas.
—¿Dónde está Sergio? —pregunté, intentando mantener la calma.
—En el campo —susurró ella—. No vuelve hasta la noche.
Me acerqué y le aparté el pelo de la cara. Tenía un moratón bajo el ojo y los labios partidos. Pero lo que me dejó sin aliento fueron sus uñas: estaban rotas, algunas sangraban, otras tenían restos de sangre seca y tierra.
—Lucía… ¿qué te ha hecho?
Ella bajó la mirada y empezó a llorar en silencio. Me senté a su lado y la abracé fuerte, como cuando era niña y tenía miedo a las tormentas.
—No puedo más, mamá —sollozó—. Me grita, me insulta… A veces me empuja. El otro día me agarró tan fuerte que me caí al suelo y me rompí las uñas intentando defenderme.
Sentí una rabia sorda subiéndome por la garganta. ¿Cómo no lo había visto antes? ¿Cómo había dejado que mi hija se marchara con ese hombre que nunca me inspiró confianza?
—Tienes que denunciarlo —dije, apretando los dientes—. Tienes que salir de aquí ahora mismo.
Lucía negó con la cabeza.
—No puedo… Aquí todo el mundo le conoce. Nadie me va a creer. Además, él dice que si hablo, hará daño a papá o a ti.
Me quedé helada. Miré alrededor: fotos de boda en la pared, regalos de boda aún sin abrir, la vida que Lucía había soñado convertida en una pesadilla.
—¿Y tus amigas? ¿Has hablado con alguien?
—No tengo amigas aquí —susurró—. Solo hablo contigo… cuando puedo.
Me levanté y fui a la cocina a buscar agua para las dos. Al volver, vi cómo Lucía se mordía los labios hasta hacerse sangre. Le temblaban las manos.
—Mamá… ¿y si es culpa mía? A veces pienso que si no hubiera discutido con él…
La interrumpí con firmeza:
—No es culpa tuya. Nunca lo es. Nadie tiene derecho a hacerte daño.
Nos quedamos abrazadas mucho rato. Afuera, el sol caía sobre los tejados viejos del pueblo. Pensé en todas las mujeres que viven atrapadas en casas como esa, rodeadas de silencio y miedo.
Cuando llegó la noche, Sergio entró dando un portazo. Su voz retumbó en el pasillo:
—¿Quién ha venido?
Lucía se encogió sobre el sofá. Yo me levanté despacio y salí al recibidor.
—He venido a ver a mi hija —dije con voz firme—. Y no pienso irme hasta que esté segura de que está bien.
Sergio me miró con desprecio.
—Aquí no pintas nada, señora Carmen. Esto es asunto nuestro.
Me planté delante de él.
—No pienso dejarla sola contigo ni un minuto más.
Vi cómo dudaba por un instante. Luego bufó y se fue a la cocina dando zancadas.
Esa noche dormí en el sofá junto a Lucía. No pegamos ojo. Al amanecer, le propuse irnos juntas a Madrid, a casa de su tía Pilar. Al principio dudó, pero al final asintió con lágrimas en los ojos.
Salimos de casa cuando Sergio aún dormía. Caminamos deprisa hasta la estación de autobuses del pueblo vecino. Mientras esperábamos el autobús, Lucía me miró y dijo:
—Gracias por venir, mamá… Si no hubieras insistido…
Le apreté la mano con fuerza.
Ahora escribo esto desde el salón de mi hermana Pilar en Madrid. Lucía duerme tranquila por primera vez en semanas. Mañana iremos juntas a poner la denuncia.
A veces me pregunto: ¿cuántas madres sienten este miedo? ¿Cuántas hijas callan por vergüenza o por miedo? ¿Qué harías tú si tu hija te necesitara así?