El silencio entre nosotras: Confesiones de una madre de Granada

—¿Por qué no me contestas, Lucía? ¿Qué te pasa? —mi voz temblaba mientras marcaba su número por quinta vez esa mañana, el móvil pegado a la oreja y el corazón encogido.

Nada. Solo el pitido frío del buzón de voz. Desde que mi hija se casó con Sergio y se mudó a aquel pueblo perdido entre las montañas de la Alpujarra, sentía que la distancia entre nosotras crecía cada día. Al principio eran llamadas diarias, luego semanales, después… silencio. Un silencio espeso, como el aire antes de una tormenta.

No podía más. Cogí el coche y conduje durante horas, atravesando carreteras serpenteantes y olivares interminables. El miedo me apretaba el pecho: ¿y si le había pasado algo? ¿Y si era culpa mía por no haber sabido ser una madre mejor?

Aparqué frente a la casa blanca de Lucía, con las persianas bajadas aunque era mediodía. Llamé al timbre. Nada. Golpeé la puerta con los nudillos, cada vez más fuerte.

—¡Lucía! ¡Soy yo, mamá! —grité, la voz rota.

Unos minutos después, la puerta se abrió apenas unos centímetros. Lucía asomó la cara, ojerosa, el pelo recogido de cualquier manera.

—Mamá… ¿qué haces aquí?

—¿Qué hago aquí? ¡Llevo semanas sin saber de ti! ¿Por qué no contestas? —intenté entrar, pero ella bloqueó el paso.

—No puedes quedarte —susurró, mirando hacia atrás, como si temiera que alguien escuchara.

—¿Lucía, qué está pasando? ¿Dónde está Sergio?

—En el campo… trabajando —dijo rápido—. Mamá, vete, por favor.

Vi un moratón en su muñeca. Intentó esconderlo bajo la manga del jersey, pero ya era tarde. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda.

—¿Eso te lo ha hecho él?

Ella bajó la mirada. No contestó. El silencio entre nosotras era ahora un abismo.

—Lucía, hija, déjame ayudarte…

—No puedes —susurró—. No entiendes nada.

Me quedé allí, en el umbral, sintiendo cómo se me rompía algo por dentro. Recordé cuando era pequeña y venía corriendo a mis brazos tras caerse en el parque. Ahora no podía ni abrazarla.

—¿Por qué no me lo has contado?

—Porque tú siempre has pensado que todo se arregla hablando —me miró con rabia contenida—. Aquí no es tan fácil. Aquí todo el mundo sabe todo de todos. Si hablo, me quedo sola.

Me senté en el escalón de la entrada, derrotada. El sol caía fuerte sobre el pueblo, pero yo solo sentía frío.

—¿Y tu padre? —preguntó ella de pronto—. ¿Sabe que estás aquí?

Negué con la cabeza. Mi marido nunca entendió mi preocupación por Lucía. “Déjala vivir su vida”, repetía siempre. Pero yo no podía dejarla sola en esto.

—Lucía… yo también me sentí sola cuando vine a Granada desde Jaén —le confesé—. Nadie me ayudó cuando tu padre y yo discutíamos. Pero esto… esto es distinto.

Ella se mordió el labio y una lágrima le resbaló por la mejilla.

—No puedo irme, mamá. Si me voy… pierdo todo lo que tengo aquí.

—¿Y qué tienes aquí? ¿Soledad? ¿Miedo?

En ese momento escuchamos un coche acercarse por el camino de tierra. Lucía se puso rígida.

—Es Sergio —dijo en voz baja—. Por favor, vete antes de que te vea aquí.

Me levanté despacio y la abracé con fuerza. Sentí su cuerpo temblar contra el mío.

—Te quiero, Lucía. No estás sola. Si necesitas ayuda… solo tienes que llamarme.

Ella asintió apenas y cerró la puerta tras de sí. Me marché con el corazón destrozado y mil preguntas sin respuesta.

Esa noche no pude dormir. Pensaba en todas las veces que había juzgado a otras mujeres desde la distancia: “¿Por qué no se va?”, “¿Por qué aguanta?”. Ahora entendía que el miedo es una jaula invisible y que el amor de madre no siempre basta para romperla.

Al día siguiente volví al pueblo con una excusa: le llevé una caja con dulces de su infancia y una nota: “No tienes que pasar por esto sola”. No abrió la puerta, pero vi su silueta tras la cortina.

Pasaron semanas antes de que Lucía me llamara. Era de madrugada cuando sonó el teléfono:

—Mamá… ¿puedes venir a buscarme?

No pregunté nada más. Conduje bajo la lluvia hasta su casa y la encontré en la puerta con una maleta pequeña y los ojos hinchados de llorar.

En el coche, camino a Granada, rompió el silencio:

—Tenías razón… No quiero vivir con miedo.

La abracé mientras conducía y lloramos juntas por todo lo perdido y lo que aún podíamos salvar.

Ahora vivimos juntas en mi piso pequeño del Zaidín. Lucía va a terapia y poco a poco vuelve a sonreír. A veces me pregunto si podría haber hecho algo antes, si fui demasiado ciega o demasiado cobarde para ver lo que pasaba delante de mis narices.

¿Hasta dónde llega realmente el amor de una madre? ¿Cuántas veces callamos por miedo al qué dirán? ¿Y vosotras… habéis sentido alguna vez ese silencio entre madre e hija?