El testamento que me arrebató la vida: La historia de Carmen de Salamanca

—¿Cómo que no hay nada a mi nombre? —grité, con la voz quebrada, mientras el notario evitaba mirarme a los ojos. Mi hermana Lucía me sujetó del brazo, temblando igual que yo. El despacho olía a madera vieja y a papeles húmedos, pero lo que más pesaba era el silencio, ese silencio que sólo se rompe cuando la vida se parte en dos.

Mi nombre es Carmen Álvarez y hasta hace dos meses era la esposa de Antonio Gutiérrez, dueño de una pequeña empresa de embutidos en Salamanca. Llevábamos veinticinco años casados. Compartíamos una casa en el barrio del Oeste, dos hijos ya mayores —Sergio y Marta— y una rutina que, aunque a veces monótona, me daba seguridad. O eso creía.

Antonio murió de un infarto fulminante una tarde de abril. El duelo fue un túnel oscuro, pero lo peor llegó después. El día de la lectura del testamento, el notario pronunció un nombre que nunca había escuchado: «A favor de doña Beatriz Salinas García». La casa, la empresa, las cuentas… todo pasaba a manos de esa mujer. Yo sólo recibía unas palabras vacías: «Por su dedicación y cariño».

—Esto tiene que ser un error —susurré, mirando a mis hijos. Sergio apretó los puños; Marta rompió a llorar.

Lucía fue la primera en reaccionar:
—¿Quién es esa tal Beatriz?

Nadie respondió. El notario se limitó a encogerse de hombros y a pasarme unos papeles para firmar. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.

Esa noche no dormí. Me pasé horas revisando fotos antiguas, cartas, cualquier pista que me ayudara a entender qué había pasado. ¿Quién era Beatriz? ¿Por qué Antonio le había dejado todo? ¿Había vivido una mentira durante veinticinco años?

Al día siguiente, fui a la empresa. Los empleados me miraban con lástima o con miedo. En el despacho de Antonio encontré una caja fuerte abierta y dentro sólo quedaba una foto: Antonio abrazando a una mujer rubia, joven, en la playa de San Vicente de la Barquera. Detrás, una dedicatoria: «A mi verdadera familia».

Me temblaron las manos. Llamé a Sergio y le pedí que viniera. Cuando vio la foto, se quedó pálido.
—Mamá… ¿crees que papá tenía otra familia?

No supe qué responderle. Me sentí humillada, traicionada y sola. Pero no podía rendirme. Consulté con un abogado, don Julián, un hombre mayor con fama de honesto.

—Carmen —me dijo tras revisar los papeles—, tu marido cambió el testamento hace tres años. Todo está legalmente atado. Pero hay algo raro: la firma parece forzada y hay movimientos extraños en las cuentas.

La esperanza volvió a encenderse en mí. Empecé a investigar por mi cuenta. Descubrí que Beatriz vivía en Madrid y que tenía una hija pequeña llamada Paula… con los mismos ojos verdes de Antonio.

Un día reuní el valor para llamarla. Su voz era suave pero firme:
—Sé quién eres. No quería hacerte daño, Carmen. Antonio me prometió que arreglaría todo.

—¿Por qué? —pregunté entre lágrimas— ¿Por qué me quitó todo?

—Él decía que tú eras fuerte, que podrías rehacer tu vida… Yo sólo quería asegurar el futuro de mi hija.

Colgué sin poder respirar. ¿Fuerte? ¿Eso justificaba dejarme sin nada? ¿Sin casa, sin empresa, sin recuerdos?

La noticia corrió por Salamanca como la pólvora. Las amigas dejaron de llamarme; algunos familiares me dieron la espalda. «Algo habrás hecho», murmuraban en el mercado. Sólo Lucía y mis hijos seguían a mi lado.

El banco empezó a reclamar las hipotecas impagadas. Tuve que buscar trabajo por primera vez en veinte años. Encontré un puesto limpiando en un colegio público del centro. Cada mañana pasaba por delante de la empresa familiar —ahora con un cartel nuevo: «Salinas Embutidos»— y sentía una punzada en el pecho.

Una tarde, Marta llegó llorando:
—Mamá, Paula va a mi instituto… Todos saben quién es. Me llaman «la hija de la cornuda».

La abracé fuerte. No podía protegerla del dolor ni del desprecio ajeno, pero sí enseñarle a resistir.

El juicio por impugnación del testamento fue largo y humillante. Beatriz apareció elegante y segura; yo llevaba el mismo vestido negro desde hacía meses. El juez falló en su favor: no había pruebas suficientes para anular el testamento.

Perdí todo menos mi dignidad. Aprendí a vivir con menos, a valorar lo pequeño: un café con Lucía en la Plaza Mayor, las risas de Sergio cuando venía a cenar los domingos, los paseos al atardecer por el Tormes.

A veces me pregunto si Antonio alguna vez me quiso o si sólo fui una sombra cómoda en su vida doble. Pero también sé que he sobrevivido al mayor golpe imaginable y sigo aquí, entera aunque herida.

¿De verdad es posible empezar de cero cuando te han arrebatado hasta los recuerdos? ¿Qué haríais vosotros si descubrierais que vuestra vida era una mentira? Espero vuestras respuestas.