El testamento que nunca quise escribir

—¿Pero cómo puedes decir eso aquí, mamá? —le susurré, apretando los dientes mientras sostenía la tarta de cumpleaños de Lucía, mi hija, que cumplía seis años esa tarde de mayo en nuestro piso de Alcalá de Henares.

Mi madre, Carmen, ni se inmutó. Seguía con su copa de vino en la mano y la mirada fija en mi marido, Sergio, que ayudaba a los niños a inflar globos en el salón. —Lo digo porque es necesario, Marta. No quiero que si te pasa algo, él se quede con la casa que tu padre y yo tanto luchamos por darte —dijo en voz baja, pero lo suficientemente alto como para que mi hermana Laura, que estaba a mi lado, lo oyera también.

Sentí un nudo en el estómago. La música infantil sonaba de fondo y los niños reían sin saber que, en ese instante, mi mundo se tambaleaba. ¿Cómo podía mi madre pensar así de Sergio? ¿Por qué justo hoy? Miré a Laura buscando apoyo, pero ella solo bajó la mirada y se encogió de hombros. Sabía que mamá llevaba tiempo desconfiando de Sergio desde que perdió el trabajo en la pandemia y empezó a trabajar desde casa como autónomo. Pero nunca imaginé que llegaría tan lejos.

—Mamá, no es el momento —le dije intentando mantener la calma—. Hoy es el cumpleaños de Lucía.

—Precisamente por eso —insistió—. Hay que pensar en el futuro de tu hija. No quiero que todo lo que hemos construido acabe en manos equivocadas.

Sentí rabia y vergüenza. Miré a Sergio, ajeno a la conversación, y me pregunté si alguna vez había dado motivos para tanta desconfianza. Recordé las veces que mamá le criticaba por no tener un trabajo «de verdad», por no ser tan «hombre» como papá lo fue. Pero Sergio siempre había estado ahí para nosotras, incluso cuando yo tuve que volver al trabajo presencial y él se quedó al cargo de Lucía.

La fiesta siguió su curso, pero yo ya no podía disfrutarla. Cada vez que veía a mi madre mirándonos con ese gesto severo, sentía que algo se rompía dentro de mí. Cuando los invitados se fueron y Lucía dormía abrazada a su nuevo peluche, me senté con Sergio en la cocina.

—¿Te pasa algo? —me preguntó él mientras recogía los platos.

No sabía si contarle lo que había pasado. Temía herirle, pero también sentía la necesidad de compartirlo.

—Mi madre quiere que haga un testamento para que no te quedes con la casa si me pasa algo —solté de golpe.

Sergio dejó el plato en el fregadero y me miró con una mezcla de sorpresa y dolor.

—¿Eso te ha dicho? ¿Aquí? ¿Hoy?

Asentí en silencio. Él suspiró y se pasó la mano por el pelo.

—¿Y tú qué piensas? —me preguntó con voz temblorosa.

No supe qué responder. Me sentí atrapada entre dos lealtades imposibles. Por un lado, mi madre, siempre protectora pero también controladora; por otro, Sergio, mi compañero, el padre de mi hija, al que amaba pero cuya fragilidad económica parecía ser motivo suficiente para ser sospechoso.

Esa noche apenas dormí. Al día siguiente, llamé a Laura para desahogarme.

—Mamá está obsesionada con la herencia —me dijo—. Desde lo de papá no confía en nadie. Ni siquiera en nosotras. ¿Recuerdas cuando me pidió las llaves del piso «por si acaso»?

Me reí nerviosamente. Sí, lo recordaba. Mamá siempre había tenido miedo a perderlo todo. Pero ahora ese miedo estaba destruyendo lo poco que nos quedaba como familia.

Durante semanas, el tema del testamento flotó sobre nosotros como una nube negra. Mi madre me enviaba mensajes con enlaces a artículos sobre herencias y abogados de confianza en Madrid. Sergio se volvió más distante; empezó a salir más tiempo a correr y evitaba las comidas familiares.

Un domingo, después de comer en casa de mamá, estallé.

—¡Basta ya! —grité mientras Lucía jugaba en el pasillo—. No voy a hacer ningún testamento solo porque tú no confías en mi marido.

Mamá me miró con frialdad.

—No es cuestión de confianza, es cuestión de proteger lo nuestro. Cuando tu padre murió sin testamento casi perdemos todo por culpa de sus hermanos. No quiero repetir esa historia.

—Pero Sergio no es como ellos —protesté—. Él es parte de esta familia.

Mamá negó con la cabeza.

—Nunca será como tu padre.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era eso lo que realmente pensaba? ¿Que Sergio nunca estaría a la altura? ¿Que yo había fallado como hija por elegirle?

Esa noche hablé con Sergio largo rato. Le conté todo: los miedos de mamá, su obsesión con la herencia, su incapacidad para aceptar nuestra vida tal y como era ahora.

—¿Y tú qué quieres hacer? —me preguntó él con voz cansada.

Me quedé callada mucho tiempo. Pensé en Lucía, en nuestra casa llena de recuerdos y risas; pensé en mi madre sola en su piso lleno de fotos antiguas; pensé en mí misma, dividida entre dos mundos irreconciliables.

Al final decidí ir a ver a un abogado para informarme. No porque creyera que Sergio fuera a traicionarme, sino porque necesitaba recuperar el control sobre mi vida y mis decisiones. El abogado me explicó cómo funcionaban las herencias en España: la legítima, los derechos del cónyuge viudo, las opciones legales… Salí del despacho sintiéndome menos asustada pero más triste.

Cuando le conté a mi madre que había ido al abogado, sonrió satisfecha.

—Has hecho lo correcto —dijo—. Ahora ya puedes dormir tranquila.

Pero yo no dormí tranquila esa noche ni las siguientes. Porque entendí que el problema no era el testamento ni la casa: era la desconfianza sembrada entre nosotros por años de miedos y prejuicios familiares.

Hoy sigo viviendo con Sergio y Lucía en nuestra casa. Hice un testamento sencillo para evitar problemas legales futuros, pero no para contentar a mi madre sino para proteger a mi hija. La relación con mamá sigue siendo tensa; hablamos menos y cuando lo hacemos evitamos el tema del testamento como si fuera una bomba sin detonar.

A veces me pregunto si alguna vez podré perdonarla por haber convertido un día feliz en una pesadilla emocional o si algún día ella podrá ver a Sergio como algo más que una amenaza. ¿Cuántas familias españolas viven atrapadas entre el miedo al futuro y las heridas del pasado? ¿Hasta cuándo vamos a dejar que los bienes materiales destruyan lo más valioso: la confianza entre nosotros?