El testamento sin nombre: La verdad que destrozó mi vida

—¿Cómo que no está mi nombre? —pregunté, con la voz temblorosa, mientras el notario, don Eugenio, evitaba mirarme a los ojos. Mi hermana Lucía me apretó la mano bajo la mesa. El despacho olía a madera vieja y a papeles húmedos, pero lo único que sentía era el frío recorriéndome la espalda.

Don Eugenio carraspeó y repitió, como si no me hubiera escuchado:
—Según las últimas voluntades de Álvaro García López, todos sus bienes pasan a manos de doña Carmen Ruiz Fernández.

Carmen Ruiz Fernández. Ese nombre retumbó en mi cabeza como una campana rota. No era yo. No era nadie de nuestra familia. No era la madre de sus hijos ni la mujer que le acompañó durante veinte años de matrimonio. Era una desconocida.

Me levanté de golpe, la silla chirrió contra el suelo de mármol. —¿Quién es esa mujer? —grité, sin importarme las miradas de los otros herederos, ni el silencio incómodo del notario. Nadie respondió. Mi cuñado Sergio bajó la mirada, mi suegra fingía buscar algo en el bolso. Solo Lucía me sostuvo la mirada, con los ojos llenos de lágrimas.

La noticia se extendió por el pueblo como un incendio en agosto. En la panadería, en la farmacia, en la cola del supermercado, todos murmuraban sobre el escándalo de los García. Yo no podía salir de casa sin sentir las miradas clavadas en la espalda. Mis hijos, Paula y Diego, no entendían nada. «¿Por qué papá nos ha dejado sin nada?», preguntaba Paula cada noche antes de dormir. Yo no tenía respuestas.

Durante días, no pude dormir. Me pasaba las noches repasando cada momento con Álvaro: nuestras vacaciones en Santander, las cenas familiares los domingos, las discusiones por tonterías… ¿Cómo era posible que hubiera compartido mi vida con un extraño? ¿Cuándo empezó a alejarse? ¿Cuándo dejó de amarme?

Una tarde, incapaz de soportar más el encierro, salí a caminar por el parque donde solíamos pasear juntos. Me encontré con Teresa, la vecina del tercero. Me miró con compasión y me dijo en voz baja:
—Dicen que esa mujer es de Madrid… Que venía a verle cuando tú estabas en casa de tu madre.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Era posible? ¿Había estado tan ciega? Decidí buscar respuestas. Llamé a Sergio y le pedí que me contara todo lo que sabía. Al principio se negó, pero al final confesó:
—Mira, Marta… Yo lo supe hace un año. Álvaro me pidió dinero para ayudar a Carmen. Decía que era una amiga de la infancia… Nunca pensé que llegaría a esto.

La rabia me nubló la vista. ¿Una amiga de la infancia? ¿O algo más? Empecé a revisar los papeles de Álvaro: extractos bancarios, correos electrónicos, facturas… Y ahí estaba: transferencias mensuales a una cuenta a nombre de Carmen Ruiz Fernández desde hacía más de cinco años.

No podía soportarlo más. Cogí el coche y conduje hasta Madrid. Necesitaba ver a esa mujer con mis propios ojos. La dirección estaba en un barrio residencial del norte. Llamé al timbre y una voz dulce respondió:
—¿Sí?

—Soy Marta López… la esposa de Álvaro —dije, sintiendo cómo se me quebraba la voz.

La puerta se abrió lentamente y apareció una mujer de unos cuarenta años, pelo castaño recogido en una coleta y ojos tristes. Me invitó a pasar sin decir palabra.

Nos sentamos en el salón, rodeadas de fotos que no reconocía: Álvaro sonriendo junto a Carmen en una terraza; Álvaro abrazando a una niña pequeña.

—¿Quién es ella? —pregunté señalando la foto.

Carmen suspiró.—Es nuestra hija… tu marido y yo estuvimos juntos antes de que él te conociera. Cuando supo que estaba embarazada, ya estaba comprometido contigo. Nunca quiso dejarte… pero tampoco pudo dejarme del todo.

Sentí que el suelo desaparecía bajo mis pies. Todo lo que creía saber sobre mi vida era mentira.

—¿Por qué ahora? ¿Por qué me lo ha quitado todo? —pregunté entre sollozos.

Carmen me miró con compasión.—Álvaro quería asegurarse de que nuestra hija estuviera protegida si le pasaba algo… No pensó en el daño que te haría a ti ni a tus hijos. Lo siento mucho, Marta.

Salí de aquella casa destrozada pero también extrañamente aliviada: al menos tenía respuestas. Volví a casa y reuní a mis hijos en el salón.

—Papá tenía otra familia —les dije con voz firme.—No sé por qué hizo lo que hizo, pero nosotros vamos a salir adelante juntos.

Los meses siguientes fueron un infierno: abogados, juicios por la herencia, discusiones familiares… Mi suegra dejó de hablarme; algunos amigos desaparecieron; otros se quedaron a mi lado. Encontré trabajo como administrativa en una gestoría y aprendí a vivir con menos. Pero también aprendí quién era yo sin Álvaro: una mujer fuerte capaz de empezar de nuevo.

A veces aún me despierto pensando en todo lo perdido: la casa familiar, los veranos en Galicia, la seguridad de una vida tranquila… Pero cuando veo a Paula y Diego riendo juntos en el sofá, sé que lo esencial sigue conmigo.

Ahora me pregunto: ¿Cuántas veces creemos conocer a quienes amamos y nos equivocamos por completo? ¿Es posible reconstruirnos después de una traición así? ¿Vosotros qué haríais si descubrierais un secreto así tras toda una vida juntos?