El verano en la Costa Brava que lo cambió todo: secretos, mentiras y un adiós inesperado
—¿Por qué no contestas al teléfono, Sergio? —le pregunté mientras guardaba las toallas en la bolsa de playa, intentando que mi voz no temblara. Él ni siquiera levantó la vista del móvil, solo murmuró algo ininteligible y salió al balcón del apartamento, con el mar de la Costa Brava extendiéndose azul y ajeno tras él. Era nuestro primer día de vacaciones familiares, y ya sentía el peso de una sospecha que me ahogaba más que cualquier ola.
Mis hijos, Lucía y Mateo, corrían por el pasillo, riendo y peleándose por quién elegiría primero el helado en la heladería del paseo marítimo. Yo intentaba sonreírles, pero dentro de mí todo era un torbellino. Había algo en la forma en que Sergio me evitaba la mirada, en cómo se encerraba en el baño con el móvil, en los mensajes que llegaban a horas extrañas. No era la primera vez que sentía esa punzada de duda, pero nunca había sido tan intensa, tan real.
Esa noche, mientras cenábamos en la terraza, la brisa traía olor a sal y a promesas rotas. Mi madre, Carmen, nos había acompañado ese verano, insistiendo en que necesitábamos «tiempo en familia». Ella, siempre tan perceptiva, me miraba de reojo, como si supiera que algo no encajaba. —¿Todo bien, hija? —me susurró mientras recogíamos los platos. Asentí, incapaz de confesarle que mi mundo se tambaleaba.
Los días pasaban entre excursiones, risas forzadas y silencios incómodos. Sergio se ausentaba cada vez más, con excusas vagas: que si una llamada del trabajo, que si tenía que comprar algo en el pueblo. Una tarde, mientras los niños jugaban en la arena, lo vi hablando acaloradamente por teléfono, gesticulando como si discutiera. Cuando me acerqué, cortó la llamada de golpe y me sonrió con esa sonrisa falsa que tanto odiaba últimamente.
—¿Quién era? —pregunté, intentando sonar casual.
—Nada, cosas del trabajo —respondió, dándome un beso frío en la mejilla.
Esa noche, no pude dormir. Me levanté y salí al balcón, buscando respuestas en el reflejo de la luna sobre el agua. Mi madre apareció a mi lado, envuelta en su bata de flores.
—No puedes seguir así, Ana —me dijo en voz baja—. Si hay algo que debas saber, mejor que lo sepas ya.
No contesté. Solo quería que todo fuera una pesadilla, que al despertar Sergio volviera a ser el hombre del que me enamoré en la universidad, el padre atento y divertido. Pero la realidad era otra.
Al día siguiente, mientras Sergio llevaba a los niños a una excursión en barco, revisé su móvil. No me enorgullezco de ello, pero la desesperación puede más que la dignidad. Encontré mensajes de una tal «Marina»: frases cariñosas, planes para verse en Barcelona, fotos que no dejaban lugar a dudas. Sentí que el suelo se abría bajo mis pies.
Cuando volvieron, intenté actuar normal. Pero mi madre, que me conocía mejor que nadie, me abrazó en la cocina y me susurró: —No estás sola, hija. Pase lo que pase, aquí estoy.
Esa noche, enfrenté a Sergio. Los niños dormían, ajenos al huracán que se avecinaba. Él negó todo al principio, pero cuando le mostré los mensajes, bajó la cabeza y murmuró: —Lo siento, Ana. No sé cómo hemos llegado a esto.
Lloré. Grité. Le lancé el móvil contra la pared. Mi madre entró corriendo, intentando calmarme. Sergio se fue a dormir al sofá, y yo me quedé en la terraza, abrazada a mis rodillas, escuchando el rumor del mar y preguntándome en qué momento mi vida se había roto.
Los días siguientes fueron un infierno. Intentamos disimular por los niños, pero Lucía, con sus nueve años, me miraba con ojos tristes y preguntaba por qué papá ya no nos abrazaba como antes. Mateo, más pequeño, solo quería dormir conmigo, como si intuyera que algo malo pasaba.
Una tarde, mientras paseábamos por el puerto, Sergio me pidió hablar. Nos sentamos en un banco, lejos de los niños y de mi madre.
—Ana, no quiero hacerte más daño. No sé si podemos arreglar esto, pero quiero ser honesto. Marina es alguien que conocí en el trabajo. Al principio solo hablábamos, pero…
No le dejé terminar. —¿Y los niños? ¿Y yo? ¿Todo esto no significa nada para ti?
Él lloró. Yo también. Nos abrazamos, pero era un abrazo de despedida, no de reconciliación.
Esa noche, tomé una decisión. No podía seguir fingiendo. Le dije a mi madre que cuando volviéramos a Madrid, Sergio y yo nos separaríamos. Ella lloró conmigo, pero me apoyó. Los niños, poco a poco, fueron entendiendo que algo cambiaba, aunque intenté protegerles del dolor.
El último día en la Costa Brava, fuimos a la playa al atardecer. Lucía y Mateo construyeron un castillo de arena, y yo los miré, sintiendo una mezcla de tristeza y esperanza. Sergio se acercó y me susurró: —Lo siento, Ana. Ojalá pudiera volver atrás.
No contesté. Solo miré el horizonte, sabiendo que mi vida nunca volvería a ser la misma, pero también que, de algún modo, saldría adelante.
Ahora, meses después, sigo preguntándome: ¿Cómo se reconstruye una vida cuando todo lo que conocías se ha desmoronado? ¿Es posible volver a confiar, a amar, a ser feliz? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?