El visitante inesperado del borde del monte: cuando el pasado llama a tu puerta

—¡Mamá, hay alguien en el patio!— gritó Lucía, mi hija pequeña, con la voz temblorosa desde la cocina. El agua de la regadera se me escurrió entre los dedos y, por un instante, sentí que el corazón se me detenía. Miré hacia el borde del monte, ese límite difuso entre nuestra casa y la espesura, y allí estaba: un hombre, sucio, con la ropa desgarrada y la mirada perdida, avanzando hacia nosotros como si el mundo se hubiera reducido a este rincón olvidado de San Martín.

No era la primera vez que sentía miedo en mi propia casa, pero sí la primera vez que ese miedo tenía rostro. Me llamo Carmen, tengo 42 años y desde que mi marido, Antonio, murió hace tres inviernos, he aprendido a convivir con la soledad y el trabajo duro. Pero aquel día, mientras sujetaba a Lucía tras de mí y llamaba a gritos a mi hijo mayor, Sergio, supe que algo más oscuro que la soledad había cruzado el umbral.

—¿Quién es usted? ¿Qué quiere?— pregunté, intentando que mi voz no delatara el temblor de mis manos.

El hombre no respondió. Se detuvo a unos metros, jadeando. Sus ojos claros recorrían el patio como si buscara algo perdido hace mucho tiempo. Sergio apareció con una azada en la mano, dispuesto a defendernos.

—¡Váyase o llamo a la Guardia Civil!— amenazó mi hijo.

El desconocido levantó las manos en señal de paz. —No quiero problemas… solo necesito agua— murmuró con un acento que no supe identificar al principio.

Le di una botella de agua y lo observé beber como si no hubiera probado líquido en días. El monte siempre había sido un refugio para los animales y los niños del pueblo, pero nunca imaginé que alguien pudiera salir de él así, como un espectro del pasado.

Esa noche no dormí. Cada crujido de las ramas me hacía saltar de la cama. Recordé historias que mi abuela contaba sobre maquis escondidos tras la guerra, sobre forasteros que venían a buscar venganza o redención. Pero estábamos en 2023, ¿qué podía esconderse ahora en el monte?

Al día siguiente, mientras recogía leña cerca del límite del bosque, encontré una bufanda roja colgada en una rama baja. Era idéntica a la que llevaba mi hermana Elena cuando desapareció hace veinte años. Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Nadie en el pueblo hablaba ya de Elena; su nombre era un susurro prohibido en las sobremesas familiares.

Volví corriendo a casa y llamé a mi madre. —Mamá, ¿tú recuerdas la bufanda de Elena?—

Silencio al otro lado del teléfono. —Carmen, deja eso estar. Hay cosas que es mejor no remover— respondió con voz cansada.

Pero yo no podía dejarlo estar. El desconocido seguía rondando por los alrededores; algunos vecinos decían haberlo visto dormir bajo los pinos o rebuscando en los contenedores del supermercado. El miedo se mezclaba con una extraña compasión: ¿y si él sabía algo de Elena? ¿Y si el monte guardaba más secretos de los que imaginábamos?

Una tarde, mientras Sergio arreglaba la verja y Lucía hacía los deberes en la mesa de la cocina, sentí una presencia detrás de mí. Era él otra vez.

—¿Por qué llevas esa bufanda?— le pregunté sin rodeos.

El hombre bajó la cabeza. —No es mía… la encontré allí arriba. Pensé que podría protegerme del frío—

Me atreví a mirarlo a los ojos. Había algo familiar en su expresión derrotada. —¿Conociste a Elena? Mi hermana desapareció hace años… llevaba una bufanda igual.

El hombre tragó saliva. —Yo… yo estuve aquí entonces. Era amigo suyo. Pero nadie quiso escucharme cuando intenté contar lo que pasó—

Sentí que el suelo se abría bajo mis pies. —¿Qué sabes? ¿Dónde está Elena?—

Las lágrimas le resbalaron por las mejillas sucias. —No puedo… hay gente peligrosa aún en el pueblo. Por eso me escondo. Por eso salí del monte solo ahora—

Durante días lo alimenté a escondidas, temiendo tanto por él como por mi familia. Sergio sospechaba algo y me miraba con reproche; Lucía tenía pesadillas cada noche. El pueblo empezó a murmurar: decían que yo protegía a un delincuente, que traía desgracia sobre nuestra casa.

Una noche de tormenta, el hombre llamó a mi puerta empapado y temblando. —Han vuelto… los hombres que buscaban a Elena están aquí otra vez—

No podía más con el peso de los secretos ni con el miedo constante. Fui al cuartelillo y conté todo lo que sabía: sobre Elena, sobre el desconocido, sobre las amenazas veladas que aún flotaban en el aire del pueblo.

La Guardia Civil investigó y lo detuvo para interrogarlo. Días después, encontraron restos humanos en una sima del monte; era Elena. El pueblo entero se estremeció al descubrir que algunos de los nombres más respetados habían estado implicados en su desaparición.

El desconocido fue liberado tras declarar como testigo protegido. Yo tuve que enfrentarme al odio de algunos vecinos y al dolor de mi madre, pero también sentí alivio: por fin Elena podía descansar y yo dejaba de ser prisionera del miedo.

Ahora, cuando miro el monte desde mi ventana, ya no veo solo árboles y sombras; veo cicatrices, pero también la fuerza para seguir adelante.

A veces me pregunto: ¿cuántos secretos más guardan nuestros pueblos bajo la apariencia tranquila? ¿Cuántas veces callamos por miedo a remover el pasado? ¿Tú también has sentido alguna vez ese peso en tu familia?