Entre dos fuegos: Cuando mi madre y mi suegra no me dejan respirar
—¿Otra vez vas a ir a casa de tu madre? —me preguntó Juan, con la voz tensa, mientras yo buscaba las llaves en el bolso.
No supe qué contestar. Mi móvil vibraba sin parar: era un mensaje de Aurora, mi madre. «Natalia, necesito que vengas a ayudarme con la compra. No puedo sola.»
Apenas había terminado de leerlo cuando sonó el teléfono fijo. Victoria, mi suegra, con su tono autoritario: «Natalia, cariño, ¿puedes pasar por casa? El fontanero viene y no quiero estar sola.»
Sentí que el pecho se me encogía. Miré a Juan, que me observaba con una mezcla de rabia y resignación. Llevábamos meses así: atrapados entre dos mujeres que parecían competir por ver quién nos necesitaba más.
—No puedo dividirme en dos —susurré, casi para mí misma.
Juan se pasó la mano por el pelo, frustrado. —¿Y nosotros? ¿Cuándo nos toca a nosotros?
No tenía respuesta. Desde que nació nuestra hija Lucía, hace tres años, Aurora y Victoria se habían convertido en una presencia constante en nuestra vida. Al principio pensé que era normal: ambas estaban solas, mi padre murió hace años y el padre de Juan se fue con otra mujer cuando él era adolescente. Pero lo que empezó como ayuda y compañía se transformó en una lucha silenciosa por nuestro tiempo.
Recuerdo una tarde de domingo en la que intentamos ir al Retiro los tres juntos. Apenas habíamos salido de casa cuando Aurora llamó llorando: «Me he caído en la cocina, Natalia, ven corriendo». Cancelamos el plan y fuimos a su piso en Chamberí. Cuando llegamos, Aurora estaba perfectamente sentada viendo la tele. «Ya estoy mejor, pero quédate un rato conmigo», pidió con voz dulce.
Esa misma noche, Victoria nos reprochó por WhatsApp: «Veo que para tu madre sí tienes tiempo. Yo también estoy sola, pero nadie se preocupa por mí».
Juan explotó:
—¡Esto no puede seguir así! Nos están manipulando.
Pero yo no podía dejar de sentirme culpable. ¿Cómo decirle que no a mi madre? ¿Cómo dejar sola a Victoria si también es parte de mi familia?
Las discusiones entre Juan y yo se volvieron diarias. Él quería poner límites; yo sentía que traicionaba a las dos mujeres que más nos habían dado en la vida. Una noche, después de otra pelea absurda porque Victoria había llamado a las once para pedirnos que le lleváramos leche al día siguiente, me encerré en el baño y lloré hasta quedarme sin lágrimas.
Empecé a notar los efectos físicos: insomnio, dolores de cabeza, ansiedad. En el trabajo no rendía y mi jefa me llamó la atención varias veces. Lucía empezó a tener rabietas y a pedir que estuviéramos más tiempo con ella.
Un día, mientras recogía a Lucía del colegio, la profesora me detuvo:
—¿Todo va bien en casa? Lucía está muy sensible últimamente.
Me sentí avergonzada. ¿Qué ejemplo le estaba dando a mi hija?
Esa noche, después de acostar a Lucía, me senté con Juan en el sofá. Él me miró con ternura y cansancio.
—Natalia, tenemos que elegirnos a nosotros. Si seguimos así, vamos a rompernos.
Lloré en silencio mientras él me abrazaba. Sabía que tenía razón.
Al día siguiente llamé primero a Aurora:
—Mamá, te quiero mucho, pero necesito espacio para mi familia. No puedo estar todos los días pendiente de ti.
Aurora guardó silencio unos segundos y luego soltó:
—Claro, ahora que tienes tu vida ya no te importo.
Sentí una puñalada en el pecho, pero aguanté.
—No es eso, mamá. Pero necesito cuidar de mi hija y de mi matrimonio.
Después llamé a Victoria. Su reacción fue aún peor:
—¿Así me pagas todo lo que he hecho por vosotros? ¡Qué desagradecida!
Colgué temblando. Me sentí la peor persona del mundo.
Durante semanas las llamadas disminuyeron, pero la culpa me devoraba por dentro. Juan intentaba animarme:
—Lo estás haciendo bien. No podemos vivir para los demás.
Poco a poco empezamos a recuperar nuestra rutina: cenas tranquilas en casa, paseos con Lucía por el parque, tardes de juegos sin interrupciones telefónicas. Pero Aurora y Victoria seguían lanzando indirectas cada vez que nos veían: «Ya no sois los mismos», «Antes veníais más», «Ahora solo os importa vuestra hija».
Un sábado cualquiera, mientras desayunábamos juntos por primera vez en meses, Lucía nos miró y dijo:
—Me gusta cuando estamos los tres solos.
Me eché a llorar delante de ella y de Juan. Por fin entendí lo que realmente importaba.
Hoy sigo luchando con la culpa y las exigencias familiares. Aurora y Victoria no han cambiado mucho; siguen compitiendo por nuestra atención. Pero ahora sé poner límites y priorizar lo que de verdad importa: mi familia nuclear y mi salud mental.
A veces me pregunto: ¿Por qué las madres españolas tienen tanto miedo a quedarse solas? ¿Por qué nos hacen elegir entre ellas y nuestra propia felicidad? ¿Alguien más siente este peso invisible?