Entre dos fuegos: La decisión imposible entre mi hija y mi padrastro
—¡No pienso irme de aquí, Lucía! —gritó mi padrastro, Don Manuel, golpeando la mesa con una mano temblorosa pero firme. El vaso de agua vibró, y por un instante temí que se rompiera como la paciencia que me quedaba.
Afuera, el viento de la sierra de Gredos azotaba las contraventanas desvencijadas. Dentro, el olor a humedad y a madera vieja impregnaba cada rincón de la casa. Mi hija, Alba, jugaba en silencio con una muñeca rota en el salón, ajena —o quizá no tanto— al drama que se desataba en la cocina.
—Papá, no puedes seguir aquí solo. La última vez que vinimos, casi te caes bajando las escaleras. No hay médico en el pueblo desde hace meses. ¿Y si te pasa algo?
Don Manuel me miró con esos ojos grises que siempre parecían juzgarme. —He vivido aquí toda mi vida. Aquí enterré a tu madre. No voy a dejar que me lleven a una residencia como a un mueble viejo.
Sentí un nudo en la garganta. Mi madre había muerto hacía seis años, y desde entonces yo era la única familia que le quedaba. Pero también era madre soltera de una niña de siete años, con un trabajo precario en Ávila y una hipoteca que apenas podía pagar.
—Mamá, ¿cuándo nos vamos? —preguntó Alba desde el salón, con voz cansada.
—Enseguida, cariño —respondí, intentando que no se notara el temblor en mi voz.
La carretera hasta el pueblo era un infierno de curvas y baches. Cada vez que venía, perdía un día entero entre el viaje y las tareas: limpiar, hacer la compra, revisar que Don Manuel tuviera comida y medicinas. Pero él se negaba a aceptar ayuda externa. La asistenta social del ayuntamiento ya me había advertido: «Lucía, si no acepta ayuda domiciliaria o residencia, no podemos hacer nada más».
Esa noche dormí poco. Escuché toser a Don Manuel desde la habitación contigua y sentí miedo. Miedo de que le pasara algo cuando yo no estuviera. Miedo de que Alba creciera resentida por las ausencias de su madre. Miedo de perderme a mí misma entre dos vidas imposibles de conciliar.
A la mañana siguiente, mientras preparaba café en la cocina helada, Don Manuel apareció arrastrando los pies.
—¿Por qué insistes tanto? ¿No ves que aquí soy feliz?
—¿Feliz? —repliqué, alzando la voz más de lo que pretendía—. ¿Feliz rodeado de goteras y soledad? ¿Feliz sin nadie que te ayude si te caes?
Él bajó la mirada. Por primera vez vi miedo en sus ojos.
—Tengo miedo de morir lejos de casa —susurró.
Me senté a su lado y le tomé la mano. —Y yo tengo miedo de perderte sin poder hacer nada.
El silencio se instaló entre nosotros como una losa. Alba entró corriendo con su mochila.
—Mamá, ¿puedo ir al parque del pueblo?
Miré por la ventana: el parque era poco más que un columpio oxidado y un banco roto. Pero los niños del pueblo ya no existían; todos se habían marchado con sus familias a la ciudad.
—No hay nadie con quien jugar, cielo —le dije suavemente.
Vi cómo se le apagaban los ojos. Otra infancia robada por la despoblación y el abandono rural.
Esa tarde llamé a mi amiga Carmen desde el coche mientras Alba dormía en el asiento trasero.
—No puedo más —le confesé entre lágrimas—. Siento que estoy fallando como madre y como hija al mismo tiempo.
Carmen suspiró al otro lado del teléfono. —¿Y si buscas una solución intermedia? ¿Un piso tutelado cerca de Ávila? Así podrías visitarle más a menudo y Alba tendría su vida…
—Lo he intentado todo —respondí—. Pero él solo quiere quedarse en esa casa llena de fantasmas.
La semana siguiente recibí una llamada del alcalde del pueblo.
—Lucía, tu padrastro ha tenido una caída. No es grave, pero deberías venir cuanto antes.
El corazón me dio un vuelco. Dejé todo y conduje bajo la lluvia hasta el pueblo. Encontré a Don Manuel sentado en su butaca favorita, con una venda en la frente y los ojos llenos de lágrimas.
—Lo siento, hija —murmuró—. No quería preocuparte.
Me arrodillé a su lado y le abracé fuerte.
—Papá, no puedo perderte. Pero tampoco puedo perderme yo ni perder a Alba.
Esa noche tomé una decisión: llamé a los servicios sociales y pedí ayuda urgente. Sabía que Don Manuel me odiaría durante un tiempo, pero prefería su enfado a una tragedia irreversible.
Cuando vinieron a buscarle para llevarle a una residencia temporal en Ávila, él no me miró a los ojos. Alba lloró porque «el abuelo está triste». Yo lloré porque sentí que le traicionaba.
Han pasado dos meses. Don Manuel apenas me habla cuando le visito, pero sé que está bien cuidado. Alba sonríe más y ha hecho nuevos amigos en el colegio. Yo duermo mejor, aunque cada noche me pregunto si hice lo correcto.
¿Es posible ser buena madre y buena hija al mismo tiempo? ¿O siempre hay que sacrificar algo para salvar lo demás? ¿Qué habríais hecho vosotros?