Entre dos madres: El precio invisible de la lealtad

—¿Para esto te crié, Lucía? ¿Para que seas la criada de otra mujer? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo estrecho de nuestro piso en Vallecas. Sentí cómo se me encogía el estómago, como si tuviera quince años otra vez y acabara de llegar tarde a casa.

No respondí. Me limité a apretar los dientes mientras recogía la bolsa con los medicamentos de Carmen, mi suegra. Desde que le diagnosticaron Alzheimer, mi vida se había convertido en una sucesión de pastillas, pañales y noches en vela. Mi marido, Andrés, trabajaba turnos dobles en el taller para cubrir los gastos; mis hijos, Marta y Sergio, apenas veían a su padre despierto. Y yo… yo era el pegamento invisible que intentaba que todo no se desmoronara.

—No soy su criada, mamá. Es la madre de Andrés. No puedo dejarla sola —susurré, más para mí que para ella.

Mi madre bufó, cruzando los brazos con ese gesto suyo tan característico, el mismo que usaba cuando me pillaba copiando deberes o cuando le confesé que quería estudiar Magisterio y no Derecho como ella soñaba.

—¿Y yo? ¿Dónde quedo yo? ¿No tienes tiempo ni para tomar un café conmigo? ¿Para qué te tuve sola todos estos años? ¿Para que ahora seas la hija de otra?

Las palabras me atravesaron como cuchillos. Recordé las noches en las que mi madre lloraba en silencio por el hombre que nos dejó cuando yo tenía seis años. Recordé cómo me prometí no abandonarla nunca, cómo me convertí en su confidente, su apoyo, su todo. Pero ahora… ahora sentía que la traicionaba cada vez que elegía cuidar a Carmen en vez de pasar una tarde con ella.

El teléfono vibró en mi bolsillo. Era Andrés: “¿Cómo va todo? ¿Mamá ha comido?”

—Tengo que irme —dije, esquivando la mirada de mi madre.

—Claro, vete. Que no se diga que Lucía no es buena nuera —escupió ella, dándose la vuelta.

Salí al rellano con el corazón hecho trizas. El ascensor tardó una eternidad en llegar. Mientras bajaba, repasé mentalmente la lista de tareas: comprar leche sin lactosa para Carmen, recoger a Sergio del fútbol, ayudar a Marta con el trabajo de ciencias… Y después, quizá, llamar a mi madre para decirle que la quiero. Pero sabía que no lo haría. No hoy.

En casa de Carmen el ambiente era distinto. Olía a colonia antigua y sopa de fideos. Ella estaba sentada frente a la ventana, mirando las ramas desnudas del plátano de la calle.

—¿Lucía? ¿Eres tú? —preguntó con voz temblorosa.

—Sí, Carmen. Soy yo —le respondí, intentando sonar alegre.

Me senté a su lado y le cogí la mano. A veces me confundía con su hija fallecida; otras veces no recordaba ni mi nombre. Pero siempre sonreía cuando le ponía música de Nino Bravo o le traía churros los domingos.

—¿Sabes? Mi madre está enfadada conmigo —le confesé en voz baja, aunque sabía que probablemente no entendería.

Carmen me miró con esos ojos grises llenos de niebla y me acarició la mejilla.

—Las madres… siempre quieren lo mejor para sus hijas —susurró.

Me mordí el labio para no llorar. Pensé en mi madre sola en su piso, rodeada de fotos antiguas y silencios pesados. Pensé en Carmen, perdida en sus recuerdos rotos. Y pensé en mí, dividida entre dos mundos que parecían irreconciliables.

Esa noche, mientras preparaba la cena para mis hijos y escuchaba sus risas desde el salón, sentí una punzada de culpa. ¿Era justo sacrificar mi relación con mi madre por cuidar a Carmen? ¿O era egoísta desatender a quien me dio todo por atender a quien apenas me reconocía?

Andrés llegó tarde, como siempre. Se dejó caer en la silla y me miró con cansancio infinito.

—¿Has hablado con tu madre? —preguntó.

Negué con la cabeza.

—No sé qué hacer, Andrés. Siento que haga lo que haga, siempre fallo a alguien.

Él suspiró y me tomó la mano.

—No puedes estar en dos sitios a la vez, Lucía. Pero nadie puede reprocharte que lo intentas más que nadie.

Me apoyé en su hombro y cerré los ojos. Por un momento deseé ser una niña otra vez, sin responsabilidades ni decisiones imposibles.

Los días pasaron entre rutinas agotadoras y silencios incómodos con mi madre. Un domingo por la tarde decidí visitarla sin avisar. Llevé churros y una bolsa de naranjas como cuando era pequeña.

Al abrirme la puerta, me miró sorprendida pero no dijo nada. Nos sentamos en la cocina y compartimos un café amargo.

—Mamá… —empecé, pero ella levantó la mano.

—No hace falta que digas nada. Solo… prométeme que no te olvidarás de quién eres ni de dónde vienes —dijo con voz quebrada.

La abracé fuerte, sintiendo cómo temblaba entre mis brazos.

Esa noche entendí que no hay respuestas fáciles cuando se trata del amor y la lealtad familiar. Que a veces cuidar es elegir cada día a quién no puedes cuidar tanto como quisieras.

Ahora miro a mis hijos dormir y me pregunto: ¿Cuántas veces más tendré que elegir entre dos amores imposibles? ¿Alguna vez dejará de doler esta culpa?