Entre dos mundos: ¿Dónde termina el amor y empieza el sacrificio?

—¡Lucía, ven aquí ahora mismo! —gritó mi madre desde la cocina, mientras el aroma a cocido madrileño llenaba el pequeño piso de Vallecas. Yo estaba en el balcón, intentando respirar hondo para no dejar que la ansiedad me ahogara. Era domingo, día de reunión familiar, y como siempre, sentía ese nudo en el estómago. Sabía lo que venía: la lista interminable de favores, las miradas de desaprobación de mi tía Carmen, los comentarios punzantes de mi hermano Álvaro.

Entré en la cocina y vi a mi madre con el delantal manchado de tomate. —¿Puedes ir a por pan? Se me ha olvidado, hija. Y ya que sales, compra también una botella de vino. Pero rápido, que tu padre se pone nervioso si no hay vino en la mesa.

Asentí sin decir nada. Cogí las llaves y salí a la calle, sintiendo el peso invisible de las expectativas familiares sobre mis hombros. Caminando por la acera, recordé cómo desde pequeña siempre había sido la que resolvía los problemas: cuando mi hermano suspendía, yo le ayudaba a estudiar; cuando mi padre perdía el trabajo, yo buscaba formas de ahorrar en casa; cuando mi madre enfermaba, yo faltaba a clase para cuidarla.

Pero nunca era suficiente. Nunca era «Lucía, ¿cómo estás?», sino «Lucía, ¿puedes hacer esto?». Me preguntaba si alguna vez dejarían de verme como la hija útil y empezarían a verme como una persona con sus propios sueños y miedos.

Al volver con el pan y el vino, ya estaban todos sentados en la mesa. Mi tía Carmen me miró de arriba abajo y soltó:

—¿Otra vez con esos vaqueros rotos? Lucía, hija, ya tienes una edad…

Mi primo Sergio se rió por lo bajo. Mi madre ni me miró; estaba ocupada sirviendo los platos. Me senté en silencio, intentando no llamar la atención. Pero siempre había algo: si no era mi ropa, era mi trabajo precario en una librería del centro; si no era eso, era mi soltería a los treinta y dos años.

—¿Y tú para cuándo un novio? —preguntó mi abuela Pilar con esa mezcla de ternura y reproche tan suya—. Mira a tu hermano Álvaro, ya está pensando en boda con Marta.

Álvaro sonrió satisfecho. Yo apreté los dientes y respondí lo de siempre:

—Abuela, estoy bien así.

Pero nadie escuchaba realmente mi respuesta. La conversación giró hacia los planes de boda de Álvaro y las vacaciones en Benidorm de mis tíos. Yo recogí los platos vacíos y llevé todo a la cocina sin que nadie lo pidiera. Era automático: si había algo que hacer, Lucía lo hacía.

Mientras fregaba los platos, escuché a mi madre hablando bajo con mi tía:

—No sé qué haríamos sin Lucía… pero es tan rara a veces. Siempre tan callada.

Sentí una punzada en el pecho. ¿Rara? ¿Por qué? ¿Por no querer ser como ellos? ¿Por soñar con una vida diferente?

Esa noche, después de recoger todo y ver cómo cada uno se marchaba sin apenas despedirse de mí, me senté en el sofá con una copa de vino barato. Miré las fotos familiares en la estantería: todos sonriendo en bodas, bautizos y comuniones. Yo siempre al fondo, medio borrosa o apartada.

Mi móvil vibró: un mensaje de Álvaro.

“¿Puedes cuidar de mamá el martes? Marta y yo tenemos médico.”

Ni un “gracias”, ni un “¿puedes?”. Solo una orden disfrazada de petición.

Me tumbé en el sofá y cerré los ojos. Recordé cuando tenía dieciséis años y soñaba con irme a Barcelona a estudiar Bellas Artes. Mi padre me dijo que era una tontería, que aquí tenía todo lo que necesitaba. Así que me quedé. Y desde entonces, cada decisión parecía tomada por otros: qué estudiar, dónde trabajar, cómo vivir.

A veces pensaba en marcharme sin avisar, desaparecer unos días y ver si realmente me echaban de menos o solo echaban de menos mis manos dispuestas.

Un día, después de otra discusión familiar —esta vez porque rechacé cuidar del hijo de Sergio para poder ir a una exposición— mi madre me llamó egoísta delante de todos.

—Siempre has sido la rara de la familia —dijo mi tía Carmen—. Pero cuando hay problemas, bien que te buscamos.

Me levanté temblando de rabia y tristeza.

—¿Alguna vez os habéis preguntado cómo estoy yo? ¿Si necesito algo? ¿O solo existo para solucionar vuestros problemas?

Hubo un silencio incómodo. Nadie respondió. Mi abuela bajó la mirada; Álvaro fingió mirar el móvil; mi madre suspiró como si yo fuera una carga más.

Esa noche lloré como hacía años que no lloraba. Pero también sentí algo nuevo: una chispa de dignidad. Por primera vez pensé en mí misma antes que en ellos.

Empecé a decir que no. No podía cuidar del niño de Sergio porque tenía planes. No podía ir a comprar porque estaba cansada. No podía resolver todos sus problemas porque tenía los míos propios.

Al principio hubo enfados, reproches y silencios largos en WhatsApp. Pero poco a poco aprendieron a buscarse la vida sin mí. Y yo empecé a respirar mejor.

Ahora sigo siendo parte de la familia, pero ya no soy su salvavidas permanente. He aprendido que el amor no es sacrificio constante ni olvido propio.

A veces me pregunto: ¿cuántas Lucías hay en España viviendo entre dos mundos? ¿Cuándo aprenderemos a poner límites sin sentirnos culpables?