Entre el amor y el interés: Confesiones de una nuera en Madrid
—Carmen, cariño, ¿puedes venir un momento al salón? —La voz de Dolores, mi suegra, sonaba dulce, pero en su tono había algo que me hizo apretar los dientes. Dejé la cuchara en el fregadero y me sequé las manos en el delantal antes de cruzar el pasillo del piso de Lavapiés, donde vivíamos desde hacía tres años, gracias a la herencia de mis padres.
Al entrar, vi a Dolores sentada en el sofá, con las piernas cruzadas y una carpeta azul sobre las rodillas. Mi marido, Luis, estaba de pie junto a la ventana, mirando la calle como si quisiera huir. Sentí un nudo en el estómago.
—¿Qué pasa? —pregunté, intentando sonar tranquila.
Dolores me sonrió con esa sonrisa suya que nunca llega a los ojos.
—Nada grave, hija. Solo quería hablar de algo importante para la familia. Verás… —Abrió la carpeta y sacó unos papeles—. He estado pensando que sería más seguro si el piso estuviera a mi nombre. Por si acaso pasa algo, ya sabes cómo están las cosas hoy en día…
Me quedé helada. El piso era lo único que tenía de mis padres. Habían trabajado toda su vida en una panadería del barrio para que yo pudiera tener un techo seguro. Miré a Luis buscando apoyo, pero él bajó la mirada.
—No entiendo —dije—. ¿Por qué querrías eso?
Dolores suspiró, como si le costara explicarse.
—Mira, Carmen, no es por desconfianza. Es por protegeros a todos. Si algún día tenéis problemas económicos o… bueno, nunca se sabe si el matrimonio puede tambalearse… Así todo queda en familia.
Sentí que me faltaba el aire. ¿En familia? ¿O solo bajo su control? Recordé todas las veces que Dolores había criticado mis decisiones: cómo criaba a mi hija Lucía, cómo gastaba el dinero, incluso cómo cocinaba la tortilla.
—No creo que sea necesario —dije con voz temblorosa—. El piso está bien así.
Luis intervino por fin:
—Carmen, mamá solo quiere ayudarnos. No te pongas así…
Me levanté y salí al balcón. El aire frío de febrero me cortó la cara, pero prefería eso al calor sofocante del salón. Miré los tejados de Madrid y pensé en mis padres, en lo que dirían si supieran lo que estaba pasando.
Esa noche apenas dormí. Luis se acostó sin decir palabra y yo me quedé mirando el techo, escuchando el tic-tac del reloj y preguntándome si estaba siendo egoísta o simplemente defendiendo lo poco que era mío.
Los días siguientes fueron un infierno silencioso. Dolores venía cada tarde con excusas para quedarse más tiempo. Lucía notaba la tensión y empezó a tener pesadillas. Una tarde la encontré llorando en su habitación.
—¿Por qué abuela y tú estáis enfadadas? —me preguntó con los ojos llenos de miedo.
La abracé fuerte.
—No estamos enfadadas, cielo. Solo… a veces los adultos discutimos por cosas tontas.
Pero no era una tontería. Era una guerra fría por el control de mi vida.
Un sábado por la mañana, mientras preparaba café, escuché a Dolores hablando por teléfono en el pasillo:
—…si Carmen no cede, hablaré con el notario directamente. Luis está de mi parte…
Sentí un escalofrío. ¿De su parte? ¿Y yo? ¿Dónde quedaba yo?
Esa tarde enfrenté a Luis en la cocina.
—¿De verdad crees que es buena idea poner el piso a nombre de tu madre?
Luis se encogió de hombros.
—No sé… Mamá dice que es lo mejor para todos. No quiero problemas.
—¿Y yo? ¿No cuentas conmigo?
Me miró como si acabara de darme cuenta de que existía.
—Carmen, no quiero discutir más…
Me sentí sola como nunca antes. Empecé a dudar de mí misma: ¿estaba exagerando? ¿Era una paranoica?
Busqué consejo en mi amiga Pilar, que siempre decía las cosas claras.
—Carmen —me dijo mientras tomábamos un café en Malasaña—, no eres tonta. Si cedes ahora, mañana será otra cosa. Tienes que plantar cara.
Volví a casa decidida a no dejarme pisotear. Esa noche convoqué una reunión familiar.
—No voy a poner el piso a nombre de nadie —dije con voz firme—. Es lo único que tengo de mis padres y no pienso regalarlo ni por miedo ni por presión.
Dolores me miró con frialdad.
—Entonces será lo que Dios quiera —dijo antes de marcharse dando un portazo.
Luis se quedó sentado en silencio. Yo temblaba por dentro pero sentí una extraña paz: al menos había defendido mi dignidad.
Las semanas siguientes fueron duras. Dolores dejó de venir y Luis se volvió más distante. Pero poco a poco Lucía volvió a sonreír y yo empecé a dormir mejor.
Un día encontré una carta bajo la puerta: era de Dolores. Decía que esperaba que algún día entendiera sus motivos y que siempre sería bienvenida en su casa… pero ya no volvió a mencionar el piso.
Hoy miro atrás y me pregunto: ¿cuántas familias se rompen por culpa del dinero? ¿Cuántas mujeres callan para no perderlo todo? Yo elegí hablar y defenderme… pero ¿vosotros qué habríais hecho?