Entre el amor y el miedo: la decisión que cambió mi vida
—¿Por qué no puedes entenderlo, Vicente? —grité, con la voz quebrada y las lágrimas corriendo por mis mejillas, mientras apretaba la prueba de embarazo entre los dedos. Estábamos en la cocina de su piso en Salamanca, rodeados de los azulejos fríos y el olor a café quemado. Vicente me miraba con esa mezcla de miedo y terquedad que tanto odiaba y amaba a la vez.
—No es tan fácil, Lucía. No puedo casarme solo porque tú lo digas —respondió, evitando mi mirada, como si el suelo pudiera darle una respuesta mejor que yo.
Sentí que el mundo se me venía encima. Llevábamos cuatro años juntos. Habíamos compartido sueños, risas, incluso las discusiones tontas sobre si el Real Madrid o el Atlético era mejor. Pero ahora, cuando más necesitaba sentirme segura, Vicente se escondía tras sus dudas.
No era solo él. Su madre, doña Carmen, siempre tan elegante y fría, se encargó de dejarme claro que no era bienvenida en su familia. «Un hijo no se ata con un papel ni con un embarazo», me dijo una tarde en su salón, mientras removía el té con gesto ausente. Sentí que me desvanecía bajo su mirada, como si fuera una intrusa en su mundo perfecto de apariencias y silencios.
Pero don Manuel, el padre de Vicente, era distinto. Un hombre callado, de manos grandes y voz grave, que había trabajado toda su vida en la Renfe. Una tarde, mientras Vicente y yo discutíamos en el portal, él bajó las escaleras y se quedó mirándonos en silencio. Luego me tomó del brazo y me llevó al bar de la esquina.
—Lucía —dijo mientras pedía dos cafés—, sé que esto no es fácil para ninguno de los dos. Pero tienes derecho a pedir lo que pides. Mi mujer siempre ha querido controlar todo, pero yo sé lo que es perder una familia por orgullo.
Me quedé callada. No sabía qué decirle. Él siguió:
—Vicente tiene miedo. Miedo de repetir nuestros errores. Pero si no enfrenta esto ahora, lo lamentará toda la vida.
Esa noche volví a casa con la cabeza hecha un lío. Mi madre me esperaba en el salón, sentada frente a la televisión apagada. Cuando le conté todo, se levantó y me abrazó fuerte.
—Hija, no puedes obligar a nadie a quedarse contigo. Pero tampoco tienes que conformarte con menos de lo que mereces.
Los días siguientes fueron un infierno. Vicente evitaba hablar del tema. Yo sentía cómo mi barriga crecía y con ella el miedo a enfrentar la maternidad sola. Las amigas me decían que fuera fuerte, que pensara en mí y en mi hijo. Pero yo solo quería que Vicente diera un paso al frente.
Una tarde de domingo, don Manuel organizó una comida familiar en su casa del barrio Garrido. La tensión se podía cortar con un cuchillo. Doña Carmen apenas me dirigió la palabra. Vicente estaba pálido, sudando frío. Cuando llegó el postre, don Manuel golpeó la mesa con la mano.
—¡Basta ya! —exclamó—. Aquí nadie va a huir de sus responsabilidades ni a esconderse detrás de excusas.
Doña Carmen lo miró con furia.—¿Qué pretendes? ¿Que se case por obligación? Eso no es amor.
—¿Y dejarla sola sí lo es? —replicó él—. Lucía merece respeto. Y tú también, Vicente. Pero hay decisiones que marcan para siempre.
Vicente bajó la cabeza. Yo sentí una mezcla de alivio y vergüenza. Nadie dijo nada durante varios minutos.
Esa noche, Vicente vino a mi casa. Se sentó en el sofá y empezó a llorar como nunca lo había visto.
—Tengo miedo, Lucía —me confesó—. Miedo de fallarte, miedo de ser como mis padres…
Me acerqué y le tomé la mano.—No te pido un matrimonio perfecto. Solo quiero saber que vamos a luchar juntos.
Pasaron semanas hasta que Vicente tomó una decisión. Un día apareció en mi trabajo con un ramo de flores y una carta escrita a mano.
«No sé si seré el mejor marido ni el mejor padre», decía, «pero quiero intentarlo contigo».
Nos casamos por lo civil en una ceremonia sencilla, rodeados solo por quienes realmente nos apoyaban. Doña Carmen no vino; nunca aceptó mi presencia ni la decisión de su hijo. Don Manuel lloró como un niño cuando nos vio salir del juzgado.
El embarazo siguió adelante entre altibajos emocionales y visitas al médico. Vicente fue aprendiendo poco a poco a ser pareja y futuro padre: montó la cuna con sus propias manos y pintó la habitación de azul claro aunque yo prefería verde menta.
El día que nació nuestro hijo, Martín, todo cambió otra vez. Vicente me miró con los ojos llenos de lágrimas y me susurró: «Gracias por no rendirte».
A veces pienso en todo lo que tuvimos que pasar para llegar aquí: los miedos, las palabras hirientes de doña Carmen, las dudas de Vicente… Pero también pienso en don Manuel y en mi madre, en su apoyo silencioso pero firme.
Ahora miro a Martín dormir y me pregunto: ¿Cuántas familias se rompen por miedo al qué dirán o por orgullo? ¿Cuántas mujeres como yo tienen que luchar solas por algo tan básico como el respeto?
¿Vosotros qué haríais? ¿Creéis que merece la pena luchar por alguien aunque te duela? ¿O hay momentos en los que es mejor soltar y seguir adelante?