Entre el amor y la lealtad: Cuando mi madre casi destruye mi familia
—¿De verdad vas a dejar que ese hombre decida por ti, Lucía? —la voz de mi madre retumbó en el pasillo, tan afilada como siempre. Era domingo por la tarde y el aroma del cocido aún flotaba en el aire del piso de Vallecas donde crecí. Álvaro, mi marido, estaba en la cocina recogiendo los platos, fingiendo no escuchar. Yo, con el corazón encogido, apretaba los puños para no temblar.
—Mamá, por favor, no empieces otra vez —susurré, pero Carmen ya había cruzado los brazos y me miraba con esa mezcla de decepción y superioridad que tanto me dolía.
—No empiezo yo, hija. Es él el que te está alejando de tu familia. ¿O es que no lo ves? —insistió, mirando hacia la cocina como si Álvaro fuera un intruso en su propio hogar.
Desde que me casé con Álvaro hace tres años, mi madre nunca dejó de recordarme que merecía algo mejor. “Un hombre con futuro”, decía ella. “No ese profesor de instituto con ideas raras y poco dinero”. Pero yo amaba a Álvaro. Amaba su risa tranquila, su manera de leerme poemas en la cama y cómo me miraba cuando creía que yo no le veía.
Pero Carmen… Carmen era otra historia. Viuda desde joven, había criado sola a mi hermano Sergio y a mí. Siempre fue dura, práctica, una mujer hecha a sí misma en un mundo que no perdona debilidades. Y aunque le agradezco todo lo que hizo por nosotros, su amor venía envuelto en exigencias y juicios.
La situación se volvió insostenible cuando Álvaro perdió su plaza en el instituto por los recortes. Empezó a dar clases particulares y a escribir artículos para revistas culturales, pero el dinero apenas alcanzaba. Mi madre aprovechó cada ocasión para recordármelo:
—¿Ves? Te lo dije. Ese chico no tiene ambición. ¿Cómo vais a tener hijos así? ¿Cómo vas a vivir?
A veces me preguntaba si tenía razón. Las facturas se acumulaban y yo trabajaba en una librería del centro por un sueldo que apenas daba para el alquiler. Pero cada vez que veía a Álvaro esforzarse, cada vez que me abrazaba en silencio cuando lloraba por las noches, sabía que no podía dejarle solo.
El punto de quiebre llegó una noche de diciembre. Habíamos ido a cenar a casa de mi madre para celebrar el cumpleaños de Sergio. Todo iba bien hasta que Carmen, con una copa de vino de más, soltó delante de todos:
—Lucía podría haber sido abogada como su primo Javier, pero claro… se enamoró del primero que le recitó un poema barato.
El silencio fue brutal. Sentí la mirada de Álvaro clavada en mí, herida y cansada. Me levanté de la mesa sin decir palabra y salí al balcón helado. Álvaro me siguió minutos después.
—No puedo más —me dijo en voz baja—. No quiero ser el motivo por el que tu madre te desprecia.
Le abracé con fuerza. Lloré como una niña pequeña mientras él me acariciaba el pelo.
Esa noche tomamos la decisión: teníamos que irnos lejos. Buscar un piso pequeño en otro barrio, aunque fuera más caro o estuviera más lejos del trabajo. Lo importante era salvar lo nuestro antes de que se rompiera del todo.
Cuando se lo dije a mi madre, fue como si le arrancara un trozo de alma.
—¿Te vas? ¿Así? ¿Después de todo lo que he hecho por ti? —gritó entre lágrimas—. Ese hombre te ha lavado el cerebro.
Intenté explicarle que necesitábamos espacio, que la quería pero no podía vivir bajo su sombra toda la vida. No quiso escucharme. Durante semanas no me contestó al teléfono ni respondió a mis mensajes.
La mudanza fue dura. Dejé atrás mi habitación de adolescente, las fotos familiares en el pasillo, los domingos de cocido y discusiones. El nuevo piso era pequeño y frío al principio, pero poco a poco lo llenamos de libros y plantas. Álvaro consiguió un trabajo fijo en una academia y yo empecé a estudiar para unas oposiciones.
Pero la herida seguía abierta. Mi madre apenas me hablaba y cuando lo hacía era para lanzarme reproches velados:
—¿Estás contenta ahora? ¿Eso es lo que querías?
Mi hermano Sergio intentaba mediar:
—Mamá está dolida, Lucía… pero tienes derecho a vivir tu vida.
A veces me sentía culpable. Otras veces sentía rabia por no poder ser hija y esposa sin tener que elegir entre ambos amores. En España, la familia es sagrada, pero ¿a qué precio?
Pasaron meses antes de que mi madre viniera a vernos al nuevo piso. Llegó sin avisar una tarde lluviosa, con una bolsa llena de croquetas caseras y esa expresión dura que solo ella sabe poner.
—He pensado… —dijo dejando la bolsa sobre la mesa—. Que igual he sido demasiado dura contigo.
No supe qué decirle. Nos abrazamos torpemente y lloramos las dos.
Hoy seguimos reconstruyendo nuestra relación. No es perfecta; hay heridas que tardan en cerrar. Pero aprendí algo importante: a veces hay que alejarse para poder volver a acercarse sin hacerse daño.
¿Es posible ser buena hija y buena esposa al mismo tiempo? ¿O estamos condenadas a elegir siempre entre dos amores imposibles? ¿Vosotros qué pensáis?