Entre el amor y la lealtad: La distancia invisible con mi hija Gabriella

—¿De verdad no vas a venir, Gabriella? —mi voz temblaba, aunque intenté sonar tranquila.

Al otro lado del teléfono, el silencio era tan denso que podía sentirlo en el pecho. Mi hija, la niña que siempre corría a abrazarme después del colegio, ahora dudaba en responderme. Era mi cumpleaños, y por primera vez en treinta años, la silla junto a la ventana —su sitio favorito— estaba vacía.

—Mamá, Alejandro tiene una cena importante con sus socios y… bueno, ya sabes cómo es. No puedo dejarle solo hoy —dijo finalmente, su voz apagada.

No, no sabía cómo era. O quizá sí, pero me negaba a aceptarlo. Desde que Gabriella se casó con Alejandro hace un año en la iglesia de San Isidro, todo cambió. Antes compartíamos tardes de café y confidencias en la terraza de casa, reíamos viendo películas antiguas y paseábamos por El Retiro los domingos. Ahora, cada vez que llamaba, ella estaba ocupada: una reunión con los amigos de Alejandro, una escapada improvisada a Segovia con su familia política, una cena de trabajo… Siempre había una excusa.

Esa noche, mientras los invitados se marchaban y recogía los restos de la tarta de almendras —la favorita de Gabriella—, no pude evitar llorar. Mi marido, Manuel, intentó consolarme:

—Carmen, dale tiempo. Es normal que ahora tenga otras prioridades.

Pero ¿era normal? ¿O era que Alejandro la absorbía tanto que ya no quedaba espacio para nosotros? Recordé la primera vez que lo conocí: educado, atento… pero con una mirada fría que me puso nerviosa. «Gabriella es muy sensible», pensé entonces. «Espero que él lo entienda».

Los meses pasaron y la distancia creció. Gabriella dejó de venir a comer los sábados. Cuando le preguntaba por sus planes o por cómo se sentía, respondía con frases cortas y cambiaba de tema. Una tarde de otoño, decidí visitarla sin avisar. Al abrir la puerta, Alejandro me miró sorprendido.

—¿No habéis llamado antes de venir? Gabriella está descansando —dijo seco.

—Solo quería verla un momento…

—Ahora no es buen momento. Mejor otro día.

Me marché sintiéndome una intrusa en la vida de mi propia hija. Esa noche no pude dormir. Manuel me abrazó fuerte:

—No te lo tomes así, Carmen. Quizá solo están adaptándose a la vida en pareja.

Pero algo dentro de mí gritaba que no era solo eso. Empecé a notar pequeños detalles: Gabriella ya no llevaba el pelo suelto como le gustaba, sino recogido en un moño apretado —como el que siempre llevaba la madre de Alejandro—; dejó de usar los pendientes de plata que le regalé por su graduación porque “no pegan con mi estilo ahora”; incluso cambió su forma de hablar, usando expresiones que nunca había dicho antes.

Un domingo cualquiera, mientras paseaba sola por el parque, vi a Gabriella sentada en un banco con Alejandro. Él gesticulaba enfadado y ella bajaba la cabeza. Me acerqué sin pensarlo.

—¡Gabriella! —llamé.

Ella levantó la vista y sonrió débilmente.

—Mamá…

Alejandro se levantó rápido:

—Tenemos prisa —dijo tajante.

—Solo quería saludaros…

Gabriella me abrazó deprisa y susurró:

—Te llamo luego…

Pero no llamó.

Esa noche me senté frente al álbum de fotos familiares. Vi a mi niña pequeña disfrazada de hada en Carnaval, a la adolescente rebelde con mechas rosas y a la joven universitaria llena de sueños. ¿Dónde estaba esa Gabriella? ¿En qué momento se había desdibujado tanto?

Intenté hablar con ella muchas veces. Le escribí cartas, mensajes… A veces respondía con monosílabos; otras veces ni siquiera eso. Empecé a temer que Alejandro controlara hasta sus palabras.

Un día, decidí enfrentarla directamente. La cité en una cafetería del centro.

—Gabriella, necesito saber si eres feliz —le dije mirándola a los ojos.

Ella bajó la mirada y jugueteó nerviosa con la taza.

—Claro que sí, mamá…

—No te creo. No eres la misma desde que te casaste. Apenas tienes tiempo para nosotros ni para ti misma. ¿Alejandro te deja decidir algo?

Gabriella tragó saliva y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—Mamá… no es tan fácil como parece. Quiero hacerle feliz… y a veces siento que si no hago lo que espera de mí…

No terminó la frase. Se levantó bruscamente y salió corriendo del local. Me quedé allí sentada, sintiendo una mezcla de rabia e impotencia.

Durante semanas no supe nada de ella. Manuel intentó convencerme para dejar las cosas estar, pero yo no podía rendirme. Una tarde recibí un mensaje: “Mamá, ¿puedo ir a casa?”

Cuando llegó, Gabriella parecía más frágil que nunca. Se abrazó a mí como cuando era niña y lloró desconsoladamente.

—No sé quién soy ya… —susurró—. Siento que si no hago todo lo que Alejandro quiere… me quedo sola.

La abracé fuerte y le prometí que nunca estaría sola mientras yo viviera.

Desde entonces hemos empezado a reconstruir nuestra relación poco a poco. Gabriella aún lucha por encontrar su voz entre las exigencias de su marido y sus propios deseos. Yo intento apoyarla sin juzgarla, aunque a veces me cuesta contener el dolor y la rabia hacia Alejandro.

Ahora sé que el amor puede ser una jaula invisible si no aprendemos a poner límites. Y me pregunto: ¿Cuántas madres españolas sienten esta misma impotencia al ver cómo sus hijas se pierden en relaciones absorbentes? ¿Qué haríais vosotras en mi lugar?