Entre el amor y la soledad: Mi vida entre dos hijos
—Mamá, ¿puedes dejar de mover las cosas de la cocina? —La voz de Lucía retumbó en el pasillo, cortante como un cuchillo. Me quedé quieta, con el trapo aún en la mano, mirando el suelo. No era la primera vez que me lo decía, pero esa tarde sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
Llevaba seis meses viviendo con Nathan y Lucía desde que mi marido, Antonio, falleció. La casa se me había hecho demasiado grande y demasiado vacía. Nathan insistió en que me fuera con ellos a su piso en Vallecas, «para que no estuvieras sola, mamá». Pero nunca pensé que la soledad podía ser aún más cruel rodeada de gente.
Lucía no me quería allí. Lo notaba en cada gesto, en cada suspiro cuando entraba al salón, en la forma en que me corregía si ponía mal los platos o si tendía la ropa «a la antigua». Nathan intentaba mediar, pero siempre acababa diciendo: «Mamá, entiende que esta es nuestra casa ahora». Y yo asentía, tragando lágrimas y orgullo.
Una noche, después de una discusión absurda sobre el detergente, me encerré en el baño y lloré como una niña. Me miré al espejo: las canas más visibles, las arrugas más profundas. ¿En qué momento pasé de ser el centro de su mundo a convertirme en un estorbo?
Al día siguiente, mientras desayunaban, solté la noticia:
—Me voy unos días a casa de Nora. Necesito cambiar de aires.
Nathan levantó la vista del móvil, sorprendido. Lucía ni siquiera fingió interés.
—Haz lo que quieras, mamá —dijo él—. Pero llámame si necesitas algo.
Hice la maleta deprisa. El tren a Salamanca salía a las diez. Nora me recibió con un abrazo frío en el portal.
—Mamá, no me avisaste con tiempo… Tengo mucho trabajo esta semana —me dijo mientras subíamos en el ascensor.
—Solo serán unos días —respondí, intentando sonar alegre.
El piso de Nora era pequeño y ordenado. Olía a café y a libros viejos. Ella vivía sola desde hacía dos años, tras romper con su novio Jaime. Siempre fue independiente, incluso de niña: «No necesito ayuda, mamá», repetía mientras aprendía a atarse los cordones sola.
La primera noche cenamos juntas. Hablamos poco. Ella miraba el reloj y contestaba mensajes del trabajo.
—¿Te molesta si ceno en el escritorio? Tengo una reunión online —preguntó sin mirarme.
—No te preocupes, hija —dije, forzando una sonrisa.
Los días siguientes fueron peores. Me sentía una intrusa. No podía tocar nada sin sentirme observada. Una tarde intenté limpiar el baño y Nora se molestó:
—Mamá, no hace falta que limpies. Aquí tengo mis rutinas.
Me fui a mi habitación y cerré la puerta despacio. Me tumbé en la cama y pensé en Antonio. Si él estuviera aquí…
El viernes por la noche Nora llegó tarde y cansada.
—¿Hasta cuándo piensas quedarte? —preguntó de repente mientras se quitaba los zapatos.
Me quedé helada.
—No quiero molestarte…
—No es eso —suspiró—. Es que necesito mi espacio para trabajar y descansar. Ya sabes cómo es esto.
Me sentí tan pequeña como cuando era niña y mi madre me regañaba por romper un jarrón. ¿En qué momento mis hijos dejaron de necesitarme? ¿Cuándo se convirtió mi presencia en una carga?
Esa noche no dormí. Pensé en volver a mi casa vacía, pero el miedo a la soledad era tan grande como el miedo a molestarles. Recordé cuando Nathan y Nora eran pequeños y se peleaban por sentarse a mi lado en el sofá. Ahora parecía que ambos buscaban excusas para alejarse.
El sábado por la mañana preparé café para las dos. Nora salió del baño con prisas.
—Mamá, tengo que irme al centro toda la mañana. Hay comida en la nevera —dijo sin mirarme.
Me senté sola en la mesa y bebí el café despacio. Miré por la ventana: llovía sobre los tejados de Salamanca. Pensé en llamar a Nathan, pero imaginé la cara de Lucía al verme aparecer otra vez por su puerta.
A media tarde Nora volvió y me encontró haciendo la maleta.
—¿Te vas ya?
—Sí… Creo que es lo mejor para las dos.
Nora se mordió el labio y bajó la mirada.
—No quería hacerte sentir mal… Solo que…
—Lo sé, hija —la interrumpí—. No te preocupes.
Me abrazó rápido antes de marcharse otra vez al trabajo. Bajé las escaleras con el corazón encogido y llamé un taxi a la estación. En el tren de vuelta a Madrid miré por la ventanilla y vi mi reflejo: una mujer mayor, sola entre dos ciudades y dos hijos que ya no sabían dónde colocarla.
Al llegar a casa encendí las luces y me senté en el sofá vacío. El silencio era abrumador pero también honesto: aquí nadie fingía quererme ni necesitaba espacio para respirar lejos de mí.
Me pregunté si todas las madres pasan por esto alguna vez: ese momento en que los hijos dejan de buscar tus brazos para buscar su propio lugar en el mundo… ¿Es inevitable convertirse en un estorbo para quienes más amas? ¿O es posible encontrar un nuevo sentido cuando ya nadie te necesita?
¿Vosotros qué pensáis? ¿Alguna vez os habéis sentido fuera de lugar incluso entre vuestra propia familia?