Entre fogones y silencios: el precio de la comida fresca

—¿Otra vez lentejas recalentadas, Lucía? —La voz de Fernando retumbó en la cocina, seca y cortante, mientras yo sacaba la cazuela del microondas.

Sentí cómo se me encogía el estómago. No era la primera vez que escuchaba esa frase, ni sería la última. Desde que nos casamos, hace ya doce años, Fernando se negó en rotundo a comer cualquier cosa que no estuviera recién hecha. Al principio pensé que era una manía pasajera, una de esas rarezas que uno acepta por amor. Pero con el tiempo, su rechazo a las sobras se convirtió en una ley no escrita en nuestra casa.

Recuerdo la primera vez que discutimos por esto. Fue un domingo de invierno, después de una semana agotadora en el trabajo y con los niños, Marta y Diego, reclamando mi atención a cada minuto. Había preparado un cocido enorme, pensando en ahorrar tiempo y esfuerzo para el lunes. Cuando Fernando llegó y vio la olla en la mesa, frunció el ceño.

—¿Esto es de ayer? —preguntó, sin sentarse siquiera.

—Sí, pero está buenísimo. El cocido siempre sabe mejor al día siguiente —intenté bromear.

Él no sonrió. Se sirvió un plato pequeño y apenas lo probó. Esa noche dormimos espalda con espalda.

Con los años, la situación se agravó. Empecé a sentirme atrapada en una rutina agotadora: salir del trabajo corriendo, recoger a los niños del colegio, hacer la compra y ponerme a cocinar como si cada día fuera una fiesta. No importaba si estaba cansada o enferma; Fernando esperaba su comida fresca, caliente y recién hecha. Si alguna vez intentaba colar unas croquetas del día anterior o una tortilla recalentada, él lo notaba al instante.

—No sé cómo puedes comer esto —decía con desdén, apartando el plato.

A veces me preguntaba si realmente era tan delicado o si simplemente quería tener el control sobre algo tan cotidiano como la comida. En casa de mis padres nunca hubo este problema. Mi madre siempre aprovechaba las sobras para hacer croquetas o empanadillas. Era parte de nuestra cultura, de nuestra forma de vivir. Pero Fernando venía de una familia donde todo se cocinaba al momento, donde las sobras eran casi un insulto.

El problema no era solo la comida. Era el tiempo que me robaba a mí misma. Dejé de leer, de salir con amigas, incluso de jugar con mis hijos después del colegio. Todo giraba en torno a los menús diarios: ¿qué hago hoy? ¿Tendré tiempo de pasar por la pescadería? ¿Y si llego tarde?

Una tarde, mientras pelaba patatas para una tortilla, Marta entró en la cocina.

—Mamá, ¿por qué siempre tienes que cocinar tanto? —me preguntó con esa sinceridad brutal que solo tienen los niños.

Me quedé callada unos segundos antes de responder.

—Porque a papá no le gustan las sobras.

—Pero a mí sí me gustan —dijo ella encogiéndose de hombros—. Y a Diego también.

La miré y sentí una punzada de tristeza. ¿Qué ejemplo les estaba dando? ¿Que el deseo de uno vale más que el esfuerzo de todos?

Esa noche, después de cenar (Fernando había pedido pescado fresco y yo había preparado merluza a la plancha), me senté frente a él en el salón.

—Fernando, tenemos que hablar —dije intentando mantener la calma—. No puedo seguir así. Estoy agotada. Cocinar todos los días platos diferentes es demasiado para mí.

Él suspiró y apartó la mirada del televisor.

—No te pido nada raro. Solo quiero comer bien —respondió como si no entendiera el problema.

—Pero comer bien no significa que todo tenga que ser recién hecho cada día. Hay familias que aprovechan las sobras y no pasa nada —insistí.

—Pues esas familias no son como la mía —sentenció él.

Sentí cómo se levantaba un muro entre nosotros. Un muro hecho de platos sucios y ollas hirviendo. Me fui a la cama con lágrimas en los ojos.

Los días siguientes intenté buscar soluciones: cocinar menos cantidad para que no sobrara nada, preparar platos rápidos pero frescos… Pero siempre había algún reproche: «Esto está seco», «Esto sabe raro», «¿No tienes otra cosa?». Empecé a perder las ganas de cocinar, incluso de comer.

Un viernes por la noche, después de otra discusión absurda sobre unas albóndigas recalentadas, llamé a mi hermana Carmen para desahogarme.

—Lucía, tienes que poner límites —me dijo ella—. No puedes sacrificarte así toda la vida por una manía. Habla con él en serio o busca ayuda.

Pero ¿cómo se ponen límites cuando el amor se confunde con la costumbre? ¿Cómo le explicas a tus hijos que mamá está cansada porque papá no quiere comer sobras?

El colmo llegó el día del cumpleaños de Diego. Había preparado una paella enorme para toda la familia y, como siempre sobra algo en estas celebraciones, guardé un tupper para el día siguiente. Cuando Fernando lo vio en la nevera, montó en cólera.

—¿De verdad pretendes que coma esto mañana? ¡Ni hablar! —gritó delante de todos.

Sentí vergüenza y rabia. Mi padre intervino:

—Fernando, en esta casa nunca se ha tirado comida. Deberías aprender a valorar el esfuerzo de Lucía.

Hubo un silencio incómodo. Fernando se marchó al dormitorio y yo recogí los platos con las manos temblorosas.

Esa noche tomé una decisión: no podía seguir así. Al día siguiente preparé solo lo justo para los niños y para mí. Cuando Fernando llegó y vio que no había nada especial para él, me miró sorprendido.

—¿Y mi comida?

—Hoy no he tenido tiempo —le respondí sin levantar la voz—. Si quieres algo fresco, tendrás que preparártelo tú.

Por primera vez en años vi desconcierto en sus ojos. No discutió. Se hizo un bocadillo y cenó en silencio.

Desde entonces las cosas han cambiado poco a poco. No ha sido fácil; aún hay días tensos y silencios largos en la mesa. Pero he aprendido a decir basta, a priorizar mi bienestar y el de mis hijos sobre una costumbre absurda.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres viven atrapadas en rutinas impuestas por pequeñas manías ajenas? ¿Cuándo dejamos de ser nosotras mismas para convertirnos solo en las cocineras del hogar?