Entre fogones y silencios: Mi vida cocinando para Javier

—¿Otra vez lentejas, Carmen? Ya sabes que no me gusta repetir plato en la semana —la voz de Javier retumbó en la cocina, cortando el silencio de la mañana como un cuchillo afilado.

Sentí cómo se me encogía el estómago. Eran las seis y media y ya llevaba una hora pelando patatas, picando cebolla, removiendo el puchero. Miré el reloj de pared, ese que heredé de mi abuela y que parecía mirarme con reproche. Pensé en contestarle, pero solo apreté los labios y seguí removiendo.

Mi vida, desde hace quince años, gira en torno a los fogones. Javier nunca ha comido nada recalentado. Ni un simple puré del día anterior. Cuando éramos novios, me parecía una manía graciosa. Ahora, después de tres hijos y una hipoteca en un barrio de las afueras de Madrid, es una condena silenciosa.

—Mamá, ¿puedo desayunar ya? —preguntó Lucía, mi hija mayor, entrando descalza en la cocina.

—Claro, cariño. Pero espera a que termine con el zumo para todos —respondí, forzando una sonrisa.

Javier hojeaba el periódico en la mesa, sin mirarnos. La radio murmuraba noticias sobre la subida del precio del aceite y yo pensaba en cómo estirar la compra para llegar a fin de mes. Mi vida era una sucesión de listas: la compra, los menús, las tareas del colegio. Todo giraba alrededor de Javier y su estómago exigente.

A veces me preguntaba si él se daba cuenta del esfuerzo. Si alguna vez pensaba en mí más allá del plato caliente que le ponía delante. Pero nunca decía nada. Ni un gracias, ni un «qué rico está». Solo críticas veladas o silencios incómodos.

Recuerdo una tarde de invierno, hace dos años. Había hecho cocido madrileño porque hacía frío y los niños lo pedían. Javier llegó tarde del trabajo y, al ver el plato humeante, frunció el ceño.

—¿Esto lleva hecho desde mediodía? Ya sabes que no me gusta la comida recalentada.

Me mordí la lengua hasta casi sangrar. Los niños me miraron con ojos grandes. Sentí una rabia sorda crecer dentro de mí, pero solo asentí y me levanté a preparar otra cosa. Aquella noche lloré en silencio mientras fregaba los platos.

Mi madre siempre decía que el amor era sacrificio. Que las mujeres españolas sabíamos aguantar. Pero yo ya no estaba segura de si esto era amor o resignación. Mis amigas me decían que estaba loca por consentirlo, pero ninguna entendía lo difícil que es romper con años de costumbre, con el miedo a la soledad o al qué dirán.

Una mañana de domingo, mientras preparaba churros para el desayuno —porque Javier no soporta los del supermercado— mi hijo pequeño, Diego, se acercó y me abrazó por la cintura.

—Mamá, ¿por qué siempre cocinas tú sola? ¿No te cansas?

Me quedé helada. Nadie me lo había preguntado nunca así. Le acaricié el pelo y le dije que lo hacía porque quería que estuvieran bien alimentados. Pero esa pregunta se quedó rondando en mi cabeza todo el día.

Esa noche, después de acostar a los niños, me senté frente a Javier en el salón. El televisor iluminaba su rostro cansado.

—Javier, necesito hablar contigo —dije con voz temblorosa.

Él bajó el volumen sin apartar la vista de la pantalla.

—¿Qué pasa ahora?

—Estoy cansada —dije—. No puedo seguir cocinando cada día como si fuera un restaurante. Necesito ayuda. O al menos comprensión.

Javier suspiró y por primera vez en mucho tiempo me miró a los ojos.

—Sabes cómo soy —respondió—. No te obligo a hacerlo.

Sentí una mezcla de rabia e impotencia. ¿No era eso una obligación disfrazada? ¿Acaso tenía elección?

Esa noche dormí mal. Soñé que corría por un campo abierto, lejos de la cocina, lejos del olor a cebolla frita y del sonido del microondas. Al despertar, supe que algo tenía que cambiar.

Empecé poco a poco. Un día dejé preparado un guiso para dos días y avisé a todos en casa. Los niños protestaron al principio pero luego se acostumbraron. Javier se enfadó, dejó el plato intacto y salió dando un portazo. Pero yo no cedí.

Busqué trabajo por las mañanas en una panadería del barrio. Allí conocí a Teresa, una mujer mayor que me enseñó a reírme de mis propias desgracias y a valorar mi tiempo. Empecé a salir más con mis amigas, a ir al cine con Lucía o a pasear con Diego por el parque.

Javier seguía protestando al principio, pero poco a poco fue aceptando los cambios. A veces aún me mira con reproche cuando caliento la comida en el microondas, pero ya no me siento culpable.

Hoy he preparado tortilla de patatas para cenar. Está fría porque hemos llegado tarde del parque. Los niños se ríen alrededor de la mesa y yo los miro con ternura.

Javier prueba un bocado y no dice nada. Yo tampoco espero ya su aprobación.

A veces me pregunto: ¿cuántas mujeres como yo han perdido su voz entre cazuelas y horarios imposibles? ¿Cuándo dejamos de ser personas para convertirnos solo en cuidadoras? ¿Y tú? ¿Dónde están tus propios límites?