Entre juguetes rotos y promesas: el día que mi hijo me enseñó a rezar de nuevo
—¡No pienso recoger nada! —gritó Mateo, su voz rebotando en las paredes del salón mientras los coches de juguete rodaban bajo el sofá y las piezas de Lego se esparcían como metralla por la alfombra. Era una tarde gris de noviembre en Madrid, la lluvia golpeaba los cristales y yo sentía que la tormenta también estaba dentro de casa.
Me quedé de pie, con los brazos cruzados y el ceño fruncido, mirando a mi hijo de seis años. Mi madre siempre decía que la paciencia era la mayor virtud de una madre, pero en ese momento solo sentía rabia e impotencia. ¿Por qué era tan difícil? ¿Por qué cada día parecía una batalla nueva?
—Mateo, por favor, recoge tus cosas —intenté de nuevo, esta vez con la voz temblorosa.
Él me miró desafiante, los ojos grandes y oscuros llenos de lágrimas contenidas. —No quiero. Siempre me mandas tú. ¡No es justo!
Sentí un nudo en la garganta. Recordé a mi propio padre, don Antonio, tan severo y distante, que nunca aceptaba un no por respuesta. ¿Me estaba convirtiendo en él? ¿Era eso lo que quería para mi hijo?
Me senté en el borde del sofá, derrotada. El reloj marcaba las siete y media y aún quedaba preparar la cena, bañar a Mateo y repasar los deberes. Mi marido, Luis, llegaría tarde otra vez; últimamente su trabajo en la gestoría le absorbía hasta bien entrada la noche. La soledad me pesaba como una losa.
En ese instante, sentí una punzada de desesperación. Cerré los ojos y, casi sin darme cuenta, susurré una oración que no pronunciaba desde hacía años:
—Dios mío, dame paciencia… por favor.
No sé si fue la costumbre de mi infancia o el simple deseo de huir del dolor, pero al abrir los ojos sentí algo distinto. No era paz exactamente, pero sí una especie de claridad. Miré a Mateo y vi no solo a un niño desobediente, sino a un pequeño ser humano luchando por ser escuchado.
Me acerqué a él y me arrodillé para quedar a su altura.
—Mateo —dije suavemente—, ¿por qué no quieres recoger los juguetes?
Él bajó la mirada y murmuró:
—Porque siempre estoy solo aquí… Tú siempre estás ocupada y papá nunca está.
Sus palabras me atravesaron como un cuchillo. Me di cuenta de que su rabia era un grito de atención, una súplica disfrazada de rebeldía. Me sentí culpable por no haberlo visto antes.
—Lo siento mucho, cariño —le dije mientras lo abrazaba—. A veces mamá también se siente sola.
Mateo se aferró a mí con fuerza. Lloramos juntos durante unos minutos que me parecieron eternos. Después, le propuse recoger los juguetes entre los dos mientras escuchábamos su canción favorita de Los Secretos. Él asintió con una sonrisa tímida.
Mientras recogíamos, le conté cómo cuando era niña también me sentía sola a veces y cómo mi abuela Carmen me enseñó a rezar cuando tenía miedo o estaba triste. Mateo me miró curioso.
—¿Y funciona?
—A veces sí —le respondí—. No porque las cosas cambien mágicamente, sino porque te ayuda a sentirte acompañado.
Esa noche, después del baño y la cena (sopa de fideos y tortilla francesa), nos sentamos juntos en su cama. Le propuse rezar juntos una oración sencilla:
—Gracias por este día, por mamá y papá, por los juguetes y por poder estar juntos aunque a veces discutamos.
Mateo repitió mis palabras con voz bajita. Cuando terminó, me miró con esos ojos enormes y me preguntó:
—¿Mañana también podemos rezar?
Sentí que algo dentro de mí se reparaba poco a poco. No era solo cuestión de fe; era cuestión de abrirme a mi hijo desde la vulnerabilidad y dejar que él también me enseñara algo.
Al día siguiente, cuando Luis llegó temprano por sorpresa con churros para desayunar, le conté lo ocurrido. Él me escuchó en silencio y luego me abrazó fuerte.
—A veces olvidamos lo difícil que es ser niño —susurró.
Durante las semanas siguientes, Mateo y yo hicimos de la oración un pequeño ritual nocturno. No siempre era fácil; hubo más berrinches, más días grises y más juguetes esparcidos por el suelo. Pero algo había cambiado: ya no veía los conflictos como fracasos personales sino como oportunidades para conectar con mi hijo desde el amor y la fe.
Un domingo por la tarde, mientras paseábamos por El Retiro, Mateo se detuvo frente al lago y me preguntó:
—Mamá, ¿tú crees que Dios nos escucha aunque no sepamos qué decirle?
Me quedé pensando en todas las veces que yo misma había dudado, en todas las noches en vela preguntándome si lo estaba haciendo bien como madre.
—Creo que sí —le respondí—. Y aunque no nos escuche nadie más, siempre podemos escucharnos el uno al otro.
Ahora miro atrás y veo aquel día lluvioso como un punto de inflexión en mi vida. Aprendí que la fe no es solo rezar cuando todo va mal; es confiar en que el amor puede transformar incluso los momentos más difíciles.
A veces me pregunto: ¿cuántas veces dejamos de escuchar lo que nuestros hijos realmente nos quieren decir? ¿Y si el verdadero milagro está en aprender a pedir ayuda cuando más lo necesitamos?