Entre la culpa y el deber: La decisión que me rompió el alma

—¿Cómo has podido hacerle esto a papá? —La voz de mi hermana Lucía retumbó en el salón, tan fría como el mármol de la mesa donde apoyaba los puños cerrados.

No supe qué responder. Me quedé mirando la taza de café que temblaba entre mis manos. El aroma amargo me revolvía el estómago. Mi padre, Antonio, llevaba tres días en la residencia de mayores de nuestro barrio en Vallecas, y yo no había dormido ni una noche entera desde entonces.

—¿Y qué querías que hiciera? —musité, sin atreverme a mirarla a los ojos—. No podía más, Lucía. No podía con todo.

Ella bufó, se levantó y empezó a pasearse por el salón, como una fiera enjaulada. Mi madre, sentada en el sillón, no decía nada. Solo apretaba un pañuelo entre las manos y miraba al suelo. El silencio era tan denso que casi podía cortarse.

Mi padre había sido siempre un hombre fuerte. Trabajó treinta años en la fábrica de coches de Villaverde, se partió la espalda para que no nos faltara de nada. Pero desde que murió mi hermano pequeño en aquel accidente absurdo, algo se rompió en él. Y después vino el Alzheimer, lento pero implacable, borrando sus recuerdos como si fueran huellas en la arena.

Durante meses intenté cuidarle en casa. Dejé mi trabajo en la biblioteca municipal para estar con él. Le preparaba la comida, le ayudaba a vestirse, le acompañaba al baño. Pero cada día era más difícil. A veces no me reconocía. Otras veces se escapaba y los vecinos me llamaban porque le encontraban desorientado en la plaza. Una noche le encontré intentando salir por la ventana porque decía que tenía que ir a trabajar.

—No lo entiendes —le dije a Lucía—. No podía dejarle solo ni un minuto. No podía ni ir al supermercado sin miedo a que le pasara algo.

—Podrías haber pedido ayuda —me reprochó—. Podríamos habernos turnado.

—¿Turnado? —solté una risa amarga—. Tú tienes dos hijos pequeños y vives en Alcalá. Mamá apenas puede con ella misma desde la operación de cadera. ¿Quién iba a ayudarme? ¿Los primos? ¿Los vecinos?

Lucía calló, pero su mirada seguía acusándome. Sentí un nudo en la garganta.

La decisión de llevar a papá a la residencia fue la más dura de mi vida. Recuerdo el día que fuimos juntos. Él no entendía nada. Me preguntaba si íbamos al médico o a ver a algún amigo. Cuando vio las habitaciones blancas y las enfermeras con sus uniformes azules, se puso nervioso.

—¿Por qué me dejas aquí? —me preguntó con voz temblorosa—. ¿He hecho algo mal?

Me rompí por dentro. Le abracé y le prometí que iría a verle todos los días. Pero cuando salí por la puerta y escuché cómo lloraba llamando mi nombre, sentí que le estaba traicionando.

Desde entonces, mis tíos apenas me hablan. Dicen que soy como esos hijos desalmados que abandonan a sus padres en una residencia para quitárselos de encima. Que papá está peor desde que está allí, que ya ni siquiera habla cuando van a verle.

Pero nadie sabe lo que es limpiar los restos de comida del suelo cada día, o despertarse a las tres de la mañana porque ha confundido el pasillo con el baño. Nadie sabe lo que es ver cómo tu padre olvida tu nombre y te mira como si fueras una extraña.

A veces voy a verle y está sentado junto a la ventana, mirando los árboles del patio sin verlos realmente. Le llevo sus galletas favoritas y le pongo música de Nino Bravo, pero apenas reacciona. Hay días en los que me reconoce y sonríe débilmente; otros días me pregunta si soy su hermana o una enfermera nueva.

Una tarde, mientras le daba de comer, entró mi prima Marta con su madre.

—Mira cómo está Antonio —dijo mi tía en voz baja, pero lo suficientemente alto para que yo lo oyera—. Desde que Gabriela le metió aquí se ha apagado del todo.

Sentí las lágrimas ardiendo detrás de los ojos, pero apreté los dientes y seguí dándole la papilla.

Por las noches me tumbo en la cama y repaso cada decisión, cada palabra, cada gesto. ¿De verdad hice lo correcto? ¿No habría otra manera? ¿Es esto lo que se espera de una hija en España? Aquí siempre hemos cuidado de los nuestros en casa, hasta el final. Pero yo ya no podía más. Me estaba hundiendo con él.

A veces pienso en todas las mujeres —porque casi siempre somos mujeres— que cuidan solas de sus padres o abuelos, renunciando a su vida, su trabajo, sus amigos. Nadie habla del desgaste, del dolor silencioso, del miedo constante a equivocarse.

El domingo pasado fui a verle con mamá y Lucía. Papá estaba más tranquilo ese día; incluso nos contó una anécdota de cuando era joven y trabajaba en la fábrica. Por un momento creí ver al hombre que fue antes de la enfermedad.

Al salir, mamá me cogió la mano y me susurró:

—Has hecho lo mejor para él… aunque duela.

Pero Lucía seguía sin mirarme a los ojos.

Ahora escribo estas líneas desde mi habitación, mientras escucho el eco de las discusiones familiares y el peso insoportable de la culpa.

¿De verdad es abandono buscar ayuda cuando ya no puedes más? ¿O es amor reconocer tus límites y querer lo mejor para quien amas? ¿Qué haríais vosotros si estuvierais en mi lugar?