Entre la deuda y el silencio: La historia de Vicente y Nora
—¿Otra vez llegas tarde, Vicente? —la voz de mi madre retumba en el pasillo, mezclada con el olor a lentejas recalentadas y el eco de la televisión encendida en el salón.
No respondo. Dejo las llaves sobre la mesa y me quito los zapatos con torpeza. El cansancio me pesa en los hombros, pero lo que más me pesa es la certeza de que esta no es mi casa. Mi casa está a veinte minutos en metro, en Lavapiés, pero ahora la ocupa una pareja de estudiantes franceses que pagan el alquiler puntualmente cada mes. Ese dinero no es para mí; va directo a la cuenta de Nora, mi hermana pequeña, para cubrir sus deudas y su alquiler en un barrio caro que nunca pudo permitirse.
—¿Has visto a tu hermana hoy? —insiste mi madre desde la cocina.
—No, mamá. He salido tarde del trabajo —respondo, intentando que no se note el fastidio en mi voz.
Mi padre ni siquiera levanta la vista del periódico. Hace años que aprendió a no meterse en las discusiones entre mi madre y yo. Él es un hombre de silencios, de resignación. Yo aún no he aprendido ese arte.
Me siento en la mesa y revuelvo el plato de lentejas. Pienso en mi piso: las paredes blancas, los libros apilados junto a la ventana, la guitarra que compré con mi primer sueldo. Todo eso ahora es territorio ajeno. Me siento como un okupa en mi propia vida.
—Nora ha llamado esta tarde —dice mi madre, bajando la voz como si fuera un secreto—. Está muy agobiada. El banco le ha vuelto a reclamar el pago del préstamo.
—¿Y qué quieres que haga yo? —pregunto, sin poder evitar que se me escape un tono amargo.
—No le hables así a tu madre —interviene mi padre, sin apartar la vista del periódico.
—No le hablo así a mamá, papá. Es solo que… —me muerdo la lengua. No sirve de nada discutir. Aquí las reglas están claras: Nora siempre primero.
Recuerdo cuando éramos niños y jugábamos en el parque del barrio. Yo era el mayor, el responsable; ella, la pequeña traviesa que siempre se metía en líos. Si Nora rompía algo, yo asumía la culpa. Si Nora lloraba, yo era quien debía consolarla. Ahora los años han pasado y nada ha cambiado realmente.
Esa noche apenas duermo. Doy vueltas en la cama mientras escucho los pasos de mi madre por el pasillo. Pienso en cómo llegamos hasta aquí: Nora dejó su trabajo hace dos años para montar una tienda de ropa vintage en Malasaña. Todos le dijeron que era una locura, menos mamá. «Tienes que perseguir tus sueños», le repetía una y otra vez. Cuando el negocio fracasó y las deudas empezaron a acumularse, fue mamá quien propuso alquilar mi piso para ayudarla.
—Solo será por unos meses —me prometió entonces—. En cuanto Nora se recupere, podrás volver.
Han pasado dieciséis meses.
A la mañana siguiente, encuentro a Nora sentada en la cocina con una taza de café entre las manos. Lleva ojeras profundas y el pelo recogido en un moño desordenado.
—Hola, Vicente —dice sin mirarme.
—Hola —respondo, sirviéndome café.
El silencio entre nosotros es espeso. Hay tantas cosas que querría decirle: que estoy harto de vivir aquí, que echo de menos mi independencia, que no es justo que siempre tenga que sacrificarme por ella. Pero cuando la miro veo a la niña asustada que solía proteger y las palabras se me atragantan.
—¿Has hablado con mamá? —pregunta al fin.
—Sí. Me ha contado lo del banco.
Nora suspira y se frota los ojos.
—No sé qué hacer, Vicente. Todo me sale mal últimamente.
Quiero abrazarla, decirle que todo irá bien, pero no puedo evitar sentir rabia. ¿Por qué siempre tengo que ser yo quien ceda?
—Quizá deberías buscar un trabajo estable —sugiero con cautela—. Algo fijo, aunque no sea lo que te gusta.
Ella me mira como si le hubiera propuesto un crimen.
—¿Y renunciar a todo lo que he intentado construir? No lo entiendes…
—No, Nora. Lo que no entiendo es por qué siempre tengo que ser yo quien renuncie —mi voz tiembla y noto cómo se me humedecen los ojos—. Yo también tengo sueños, ¿sabes?
Ella baja la mirada y juega con la taza entre las manos.
—Lo siento —susurra—. No quería arrastrarte conmigo.
En ese momento entra mamá y nos observa con gesto severo.
—Aquí nadie arrastra a nadie —dice tajante—. Somos una familia y nos ayudamos los unos a los otros.
Pero yo ya no puedo más. Me levanto bruscamente y salgo al balcón buscando aire fresco. Desde allí veo las azoteas de Madrid y siento una punzada de añoranza por mi vida anterior: las noches tranquilas leyendo en mi sofá, las cenas improvisadas con amigos, la libertad de decidir por mí mismo.
Esa tarde decido hablar con mamá. La encuentro doblando ropa en su habitación.
—Mamá, necesito recuperar mi piso —digo sin rodeos—. No puedo seguir así mucho más tiempo.
Ella me mira sorprendida.
—¿Y tu hermana? ¿Dónde va a ir si no puede pagar su alquiler?
—No lo sé —respondo con honestidad—. Pero tampoco es justo que yo siga sacrificándome siempre por ella.
Por primera vez veo una sombra de duda en sus ojos. Pero enseguida se recompone.
—Eres su hermano mayor, Vicente. Tienes que protegerla.
Salgo de la habitación sintiendo una mezcla de culpa y alivio por haber dicho lo que pienso al fin. Esa noche apenas ceno; me encierro en mi cuarto y escribo una carta para Nora explicándole cómo me siento realmente: cansado, frustrado, invisible.
Al día siguiente encuentro una nota suya sobre mi almohada: «Lo siento por todo. Buscaré otra solución».
No sé si esto cambiará algo o si simplemente será otro parche temporal en nuestra familia rota por silencios y sacrificios mal entendidos. Pero por primera vez en mucho tiempo siento que he recuperado un pedazo de mí mismo.
¿Hasta cuándo debemos cargar con los errores de quienes amamos? ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse uno mismo? ¿Vosotros también habéis sentido alguna vez esa mezcla amarga de amor y resentimiento?