Entre la duda y el amor: Mi historia con Tomás
—¿De verdad vas a salir con ese hombre otra vez, Lucía? —La voz de mi madre retumbó en el pasillo, mientras yo buscaba mis llaves con manos temblorosas.
No respondí. ¿Qué podía decirle? Que sí, que iba a ver a Tomás, aunque supiera que no tenía casa propia, ni un trabajo fijo, ni siquiera un lugar donde invitarme a cenar sin mirar el reloj para volver a la habitación que compartía con sus hijos en el piso de su hermana. Pero lo hacía porque, cuando estaba con él, sentía que todo lo demás desaparecía.
Lo conocí una tarde de octubre, bajo la marquesina de la estación de Atocha. Llovía a cántaros y él me ofreció parte de su paraguas. Me hizo reír con una broma tonta sobre los trenes que nunca llegan a tiempo en Madrid. No tenía nada especial, salvo una mirada honesta y una sonrisa cansada. Me contó que era padre de dos niños, que trabajaba en lo que salía: repartidor, camarero, incluso albañil cuando había suerte. Yo, en cambio, tenía un trabajo estable en una editorial, un piso pequeño pero mío y una familia que esperaba que siguiera el camino recto.
Al principio, todo era sencillo. Nos veíamos cuando podíamos; él siempre llegaba tarde, siempre con alguna excusa: «El jefe me pidió quedarme más horas», «El niño se puso malo y tuve que ir al colegio». Yo le creía porque veía el cansancio real en sus ojos. Pero pronto mi familia empezó a preguntar. «¿Por qué no lo traes a casa?», «¿Por qué nunca viene a las comidas familiares?». No sabía cómo explicarles que Tomás se sentía fuera de lugar entre mis padres abogados y mi hermana ingeniera.
Una noche, después de cenar en un bar barato cerca de Lavapiés, le pregunté:
—¿Por qué no buscamos algo juntos? Un piso pequeño, aunque sea de alquiler.
Tomás bajó la mirada y jugueteó con la servilleta.
—No puedo darte eso ahora, Lucía. Mis hijos son mi prioridad. No puedo arrastrarlos a otra mudanza ni meterlos en una vida que aún no puedo ofrecerte.
Sentí rabia y ternura al mismo tiempo. ¿Era egoísta por querer más? ¿O era él quien se escudaba en sus responsabilidades para no comprometerse?
Los meses pasaron y la presión creció. Mi madre dejó caer comentarios en cada comida: «Lucía, mereces algo mejor», «Ese chico no tiene futuro». Mi padre fue más directo:
—No quiero verte desperdiciar tu vida esperando a alguien que no puede darte estabilidad.
Pero yo seguía viéndolo. Me enamoré de sus manos ásperas, de cómo hablaba de sus hijos —Paula y Sergio— con un amor que nunca había visto en nadie. Me enamoré de su dignidad silenciosa, de su manera de luchar cada día sin rendirse.
Un domingo por la tarde, Tomás me llamó llorando. Su hermana le había pedido que se marchara; necesitaba la habitación para su propio hijo que venía en camino. No tenía adónde ir. Me pidió dormir en mi sofá unos días.
Esa noche lo vi derrotado por primera vez. Se sentó en el borde del sofá y me miró como si esperara que yo también lo echara.
—No sé qué hacer, Lucía. Siento arrastrarte a esto —susurró.
Me senté a su lado y le tomé la mano.
—No me arrastras a nada que yo no quiera vivir contigo.
Pero dentro de mí crecía el miedo: ¿y si esto era todo lo que podía ofrecerme? ¿Y si nunca salíamos del círculo de precariedad?
Las semanas siguientes fueron un caos. Los niños venían algunos días; mi casa se llenaba de risas y juguetes rotos. Yo aprendí a quererlos, pero también a sentir el peso de una maternidad improvisada para la que no estaba preparada. Mis amigas dejaron de invitarme a cenas; decían que ya no era la misma.
Una tarde, después de una discusión por una factura impagada, exploté:
—¡No puedo más! ¡No puedo ser tu salvavidas siempre!
Tomás me miró con los ojos llenos de lágrimas.
—No te pido que me salves. Solo que me acompañes.
Me sentí cruel y cansada. ¿Era amor o solo costumbre? ¿Era compasión o miedo a estar sola?
Llegó el verano y Tomás consiguió un trabajo fijo en una obra. Parecía que todo iba a mejorar, pero entonces su exmujer decidió mudarse a Valencia y llevarse a los niños. Tomás se derrumbó; yo intenté sostenerlo, pero sentía que me ahogaba en sus problemas.
Una noche, mientras él dormía agotado en mi cama, llamé a mi madre.
—Mamá, no sé qué hacer —admití entre sollozos—. Lo quiero, pero siento que pierdo mi vida esperando algo que nunca llega.
Ella guardó silencio unos segundos antes de responder:
—El amor no es sacrificio constante, Lucía. Elige también por ti.
Esa frase me persiguió durante días. Empecé a mirar a Tomás con otros ojos: ya no veía solo al hombre del que me enamoré bajo la lluvia, sino al peso de todas sus heridas y responsabilidades.
Finalmente, una tarde cualquiera, le pedí que habláramos.
—Tomás, te quiero —dije con la voz rota—, pero no puedo seguir así. Necesito pensar también en mí.
Él asintió despacio; no discutió ni suplicó. Solo me abrazó largo rato y se marchó con una maleta pequeña y los ojos rojos.
Han pasado meses desde entonces. A veces lo veo por el barrio; nos saludamos con cariño y distancia. Echo de menos su risa y también la vida tranquila que nunca tuvimos juntos.
¿Hice bien en elegir mi paz antes que el amor? ¿Cuántas veces el corazón debe ceder ante la realidad? ¿Vosotros habríais tomado otra decisión?