Entre la fe y el silencio: Mi verdad sobre mamá, papá y la herencia
—¡Lucía, baja ahora mismo! —La voz de mi padre retumbó por todo el piso, atravesando las paredes como un trueno en plena tormenta. Yo estaba sentada en la cama, con el móvil entre las manos, leyendo por décima vez el mensaje de mi prima Marta: “Han abierto el testamento. Dicen que tu madre se ha quedado con todo”.
Sentí un nudo en el estómago. Bajé las escaleras despacio, como si cada peldaño me acercara a un abismo. Mi madre estaba en la cocina, de espaldas, removiendo el café con una furia contenida. Mi padre me miró con los ojos rojos, llenos de rabia y algo más: miedo.
—¿Tú sabías algo de esto? —me preguntó él, casi suplicando una negación.
Negué con la cabeza. No sabía nada, pero tampoco me sorprendía. Desde que la abuela murió, mamá había cambiado. Ya no rezaba conmigo por las noches ni me preguntaba cómo me iba en la universidad. Solo hablaba por teléfono a escondidas y guardaba papeles en su bolso.
—No es justo —susurró papá—. Tu madre ha traicionado a toda la familia.
Mamá se giró entonces, los ojos húmedos pero duros como piedras.
—¿Traición? ¿Por qué? ¿Por no dejar que tus hermanos nos pisoteen otra vez?
El silencio se hizo espeso. Yo quería gritar, llorar, salir corriendo. Pero me quedé quieta, como si mi cuerpo no me perteneciera.
Esa noche no dormí. Me encerré en el baño y recé. No sabía si Dios escuchaba a una chica tan rota como yo, pero lo intenté:
“Señor, dame claridad. No quiero odiar a mi madre. No quiero perder a mi padre. ¿Qué hago?”
Al día siguiente, la casa era un campo de batalla silencioso. Mamá preparó tostadas para todos, pero nadie las tocó. Papá hojeaba papeles del notario y murmuraba nombres de abogados. Yo tenía que ir a clase, pero no podía moverme.
En la universidad, Marta me esperaba en la cafetería.
—¿Vas a defenderla? —me preguntó sin rodeos.
—No lo sé —le respondí—. Solo sé que todo esto me está matando.
Marta apretó mi mano.
—La familia está rota, Lucía. Pero tú puedes elegir de qué lado estar.
Esa frase me persiguió todo el día. ¿De qué lado estar? ¿El de mi madre, que siempre fue mi refugio hasta que se volvió una extraña? ¿O el de mi padre, que ahora solo veía enemigos en casa?
Esa tarde volví antes de tiempo. Encontré a mamá llorando en la terraza. Me senté a su lado sin decir nada.
—No quería esto —susurró ella—. Solo quería protegerte.
—¿Protegerme de qué?
—De tu tío Antonio y tu tía Pilar. Ellos siempre han querido lo nuestro. Tu abuela lo sabía… Por eso me lo dejó todo a mí.
—Pero papá está destrozado —le dije—. Y yo también.
Mamá me miró con una tristeza infinita.
—A veces hay que elegir entre ser justa o ser buena hija.
Me levanté y fui a mi cuarto. Llamé a mi mejor amiga, Carmen.
—No puedo más —le confesé entre sollozos—. Siento que todo se desmorona.
Carmen me escuchó en silencio y luego me dijo:
—Reza, Lucía. No para que todo se arregle como tú quieres, sino para entender lo que tienes que hacer.
Esa noche recé otra vez, pero diferente. Pedí fuerza para perdonar y claridad para no juzgar sin saberlo todo.
Los días pasaron y la tensión creció. Los abogados llamaban cada tarde; los tíos dejaron de hablarnos; papá dormía en el sofá; mamá apenas comía. Yo iba a clase como un fantasma y evitaba mirar a los ojos a mis compañeros.
Un viernes por la tarde, encontré a papá sentado en la iglesia del barrio. Me acerqué y nos quedamos en silencio frente al altar.
—¿Tú crees que Dios nos escucha? —me preguntó él sin mirarme.
—A veces sí… Otras veces solo nos da valor para seguir adelante —le respondí.
Papá suspiró y se secó una lágrima.
—No quiero perderte a ti también, Lucía.
Le cogí la mano y sentí que algo dentro de mí se rompía y se curaba al mismo tiempo.
Esa noche reuní a mis padres en el salón. Les pedí que hablaran sin gritar, sin reproches. Les conté cómo me sentía: perdida, sola, cansada de ser el campo de batalla de sus guerras.
Mamá lloró; papá también. Por primera vez en semanas, se miraron como dos personas heridas pero humanas.
No solucionamos nada esa noche. La herencia seguía siendo un problema; los tíos seguían enfadados; la familia seguía rota. Pero yo sentí paz por primera vez desde la muerte de la abuela.
Ahora han pasado meses. Mis padres siguen juntos pero distantes; yo sigo rezando cada noche, no para que todo vuelva a ser como antes, sino para aceptar lo que es y encontrar mi lugar entre tanto dolor y amor mezclados.
A veces me pregunto: ¿Es posible perdonar cuando sientes que te han robado tu hogar? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que vuestra familia se rompía por algo tan frío como una herencia?