Entre la mesa y el abismo: una noche en casa de los Ortega
—Si no vas a sentarte con mi familia, Ivana, al menos cocina y pon la mesa. Luego, vete si quieres. Pero no puedo seguir así—. La voz de Dario retumbó en el pasillo, seca, como si cada palabra pesara más que la anterior.
Me quedé quieta frente al fregadero, con las manos mojadas y el corazón encogido. El aroma del cocido madrileño llenaba la cocina, pero a mí solo me llegaba el sabor amargo del recuerdo. Seis meses habían pasado desde aquella noche en casa de los Ortega, su familia, mi condena. Seis meses evitando sus miradas, sus preguntas disfrazadas de interés, sus comentarios que cortaban como cuchillas.
—Ivana, hija, ¿y para cuándo los niños?— preguntó entonces su madre, Carmen, con esa sonrisa que nunca supe si era ternura o juicio. —Ya lleváis tres años casados…
Dario me apretó la mano bajo la mesa, pero no dijo nada. Yo sentí cómo se me encendían las mejillas. Quise responder, pero su hermana Lucía intervino:
—Mamá, déjala. Igual es que no quiere tener hijos. O no puede…
Las risas ahogadas, las miradas cruzadas. Me sentí desnuda, expuesta ante todos. Aquella noche cené en silencio y lloré en el baño mientras escuchaba cómo brindaban por la familia unida.
Desde entonces, cada invitación era una batalla interna. Dario insistía: “Son mi familia, Ivana. No podemos vivir así”. Yo solo quería respirar sin sentirme juzgada.
Hoy era el cumpleaños de su padre, Antonio. La casa olía a fiesta y a tensión. Dario había preparado la mesa del comedor con esmero: mantel blanco, copas relucientes, platos heredados de su abuela. Yo removía el guiso mientras repasaba mentalmente cada palabra que podría decir para no romperme otra vez.
—¿Vas a venir o no?— preguntó Dario desde la puerta.
—No lo sé— respondí sin mirarle.
Él suspiró y se acercó despacio.
—Ivana… No puedo seguir justificándote ante ellos. Me preguntan si te pasa algo conmigo, si te trato mal…
—¿Y qué les dices?—
—Que estás cansada, que tienes mucho trabajo… Pero ya no me creen. Y yo tampoco sé qué pensar.
Me giré al fin y le miré a los ojos.
—¿Tú sabes lo que es sentirse una extraña en tu propia casa? ¿Sentir que cada palabra tuya es analizada, cada gesto juzgado?—
Dario bajó la mirada.
—Son mi familia…
—¿Y yo qué soy?—
El silencio se hizo tan denso que casi podía cortarse con el cuchillo del pan.
Terminé de cocinar y puse la mesa como si fuera un ritual de despedida. Cada plato era una pregunta sin respuesta; cada cubierto, una herida abierta.
A las ocho en punto llegaron Carmen y Antonio, Lucía con su marido y los niños corriendo por el pasillo. Los saludé con una sonrisa forzada y desaparecí en la cocina bajo el pretexto de vigilar el postre.
Escuchaba sus voces desde lejos:
—¿Dónde está Ivana?—
—Está ocupada en la cocina— respondió Dario.
—Siempre igual…— murmuró Carmen.
Me apoyé en la encimera y cerré los ojos. Recordé a mi madre diciéndome de pequeña: “No tienes que agradar a todo el mundo”. Pero aquí estaba yo, adulta y rota, intentando encajar en un molde que me asfixiaba.
De repente sentí una mano en mi hombro. Era Lucía.
—¿Te pasa algo conmigo?— preguntó sin rodeos.
La miré sorprendida.
—No es contigo… Es con todos. Conmigo misma. No puedo más con las preguntas, los comentarios… Me siento pequeña aquí.
Lucía suspiró y bajó la voz:
—Mamá es así con todos. A mí también me pregunta cuándo voy a tener el segundo hijo. Nunca está contenta… Pero si te vas ahora, solo le darás motivos para hablar más.
Quise gritarle que no entendía nada, pero solo asentí en silencio.
Volví al comedor con el postre en las manos. Todos callaron al verme entrar. Sentí sus ojos clavados en mí como alfileres.
—Gracias por todo, Ivana— dijo Antonio con voz grave.
Carmen sonrió sin mirarme directamente.
Me senté al borde de la silla, dispuesta a aguantar una vez más por Dario. Pero cuando Carmen volvió a preguntar por los niños, sentí que algo dentro de mí se rompía definitivamente.
—No voy a responder más a esa pregunta— dije en voz baja pero firme.— No sé si algún día seré madre, pero sí sé que merezco respeto aquí.
El silencio fue absoluto. Dario me miró sorprendido; Lucía bajó la cabeza; Carmen frunció el ceño pero no dijo nada más.
Esa noche dormí sola en nuestra cama. Dario se quedó en el sofá. No hablamos hasta la mañana siguiente.
Ahora escribo esto mientras amanece sobre Madrid y me pregunto: ¿Cuántas veces tenemos que elegir entre nuestra paz y las expectativas ajenas? ¿Cuánto estamos dispuestos a sacrificar por pertenecer?