Entre las paredes de la casa de los Ortega: Una nuera en guerra silenciosa
—¿Por qué no recogiste los platos, Lucía? —La voz de mi suegro resonó en el pasillo, áspera y seca, como si cada palabra fuese una piedra lanzada a mi espalda.
Me detuve en seco, con el corazón encogido. Era la tercera vez esa semana que me lo reprochaba, aunque yo había limpiado la cocina antes de que él siquiera se levantara. Miré a mi marido, Sergio, esperando una palabra de apoyo, pero él solo bajó la mirada y siguió revisando su móvil. Mi cuñado, Álvaro, ni siquiera fingía escuchar; estaba demasiado ocupado discutiendo por teléfono con su novia en el salón.
A veces me pregunto cuándo empezó exactamente esta guerra silenciosa. Quizá fue el día que Gabriela, mi suegra, cerró los ojos para siempre. Ella era la única que me defendía, la que mediaba entre las costumbres rígidas de los Ortega y mi manera de hacer las cosas. Recuerdo su voz dulce: “Lucía, hija, no te preocupes. Aquí todos tenemos que aprender a convivir”.
Pero tras su muerte, la casa se volvió fría. El olor a cocido de los domingos desapareció y fue reemplazado por un silencio incómodo, solo roto por reproches y miradas de desaprobación. Mi madre siempre me lo advirtió: “Lucía, vivir con la familia de tu marido no es fácil. No eres una más, eres siempre la de fuera”. Yo no quise escucharla. Pensé que el amor todo lo podía.
—¿No vas a decir nada? —insistió mi suegro desde la puerta.
—Ya lo recogí todo anoche —respondí con voz temblorosa.
Él bufó y se marchó al patio. Sentí las lágrimas arderme en los ojos, pero me negué a llorar delante de Sergio. Me fui a la habitación y cerré la puerta tras de mí. Allí, entre las cuatro paredes color crema, me permití romperme un poco.
A veces sueño con tener mi propio piso, aunque sea pequeño y esté lejos del centro de Madrid. Un lugar donde nadie cuestione si pongo la lavadora por la mañana o por la tarde, donde pueda dejar los zapatos en la entrada sin que nadie frunza el ceño. Pero aquí sigo, atrapada entre las expectativas ajenas y mis propios miedos.
Sergio y yo llevamos casados tres años. Cuando nos prometimos, él insistió en que viviéramos con su familia para ahorrar y poder comprar algo nuestro más adelante. Yo acepté porque confiaba en él y porque Gabriela era un bálsamo en medio del caos. Pero ahora ella no está y todo parece desmoronarse.
Las discusiones se han vuelto rutina. Álvaro llega tarde cada noche y deja la puerta del portal sin cerrar; mi suegro se queja de todo lo que hago o dejo de hacer; Sergio se esconde tras excusas de trabajo y cansancio. Y yo… yo intento mantenerme entera, pero cada día cuesta más.
Una tarde, mientras tendía la ropa en el patio interior, escuché a mi suegro hablar con un vecino:
—Desde que falta Gabriela, esto ya no es lo mismo. La chica esa… no sabe llevar una casa.
Sentí cómo se me helaba la sangre. ¿La chica esa? Después de todo lo que hago…
Esa noche enfrenté a Sergio:
—¿No vas a decir nada nunca? ¿No ves cómo me tratan?
Él suspiró, cansado:
—Lucía, es su casa… hay que adaptarse.
—¿Y yo? ¿Cuándo te vas a adaptar tú a mí?
No hubo respuesta. Solo silencio.
Las semanas pasaron y el ambiente se volvió irrespirable. Empecé a buscar trabajo fuera del barrio para pasar menos tiempo en casa. Encontré un puesto de dependienta en una tienda del centro. Allí conocí a Carmen, una mujer mayor que enseguida notó mi tristeza.
—Tienes cara de llevar mucho peso encima —me dijo un día mientras ordenábamos bufandas.
No pude evitarlo y le conté todo. Ella me miró con ternura:
—Hija, nadie merece vivir así. Tu vida es tuya, no de ellos.
Sus palabras me acompañaron durante días. Empecé a ahorrar cada euro que podía; guardaba monedas en una caja escondida entre mis libros de universidad. Soñaba con ese pequeño piso propio.
Pero entonces llegó el golpe final: una noche escuché a Álvaro gritarle a su padre porque había decidido alquilar una habitación a un amigo suyo para “ayudar con los gastos”. Nadie me consultó nada. De repente, tendría que compartir baño y cocina con un desconocido más.
Esa noche exploté:
—¡Basta! ¡No soy una criada ni una invitada! ¡Esta también es mi casa!
Mi suegro me miró como si hubiera perdido la razón:
—Tú aquí estás porque Sergio lo permite. No olvides eso.
Sergio no dijo nada. Ni siquiera levantó la vista del plato.
Dormí llorando esa noche. Al día siguiente, recogí mis cosas más importantes y fui a casa de mi madre en Vallecas. Me recibió con los brazos abiertos y lágrimas en los ojos:
—Te lo advertí, hija… pero aquí siempre tendrás tu sitio.
Pasaron semanas antes de que Sergio viniera a buscarme. Me pidió perdón entre sollozos, prometió cambiarlo todo… pero ya era tarde. Había aprendido a vivir sin miedo, a respirar tranquila.
Ahora alquilo un pequeño estudio cerca del Retiro. Trabajo mucho, pero soy libre. A veces echo de menos a Gabriela y pienso en lo diferente que habría sido todo si ella siguiera aquí.
Me pregunto: ¿Cuántas mujeres siguen atrapadas en casas ajenas por miedo o costumbre? ¿Cuántas veces ignoramos las advertencias por amor? ¿Y tú… habrías hecho lo mismo que yo?