Entre Regalos y Silencios: El Rezo de una Abuela Española

—¡Mamá, te lo he dicho mil veces! No puedes seguir trayéndole cosas a Lucía cada vez que vienes. —La voz de Marta retumbó en el pasillo, mezclándose con el eco de la lluvia golpeando los cristales del salón.

Me quedé quieta, con el paquete envuelto en papel de lunares aún en las manos. Lucía, mi nieta de seis años, me miraba desde el sofá con esos ojos grandes y oscuros que heredó de su abuelo. Sentí cómo se me encogía el corazón. ¿Qué mal podía haber en regalarle un libro de cuentos? ¿No era eso lo que hacían las abuelas?

Pero Marta estaba cansada. Lo noté en sus ojeras, en la forma en que se frotaba las sienes. Desde que se separó de Daniel, todo parecía pesarle el doble. Y yo, en mi afán por ayudar, quizá estaba cruzando una línea invisible.

—Mamá, no es por el regalo —suspiró ella, bajando la voz—. Es que luego Lucía se acostumbra a que siempre hay algo nuevo. Y yo… yo no puedo competir con eso.

Me senté a su lado, dejando el paquete sobre la mesa. El silencio se hizo espeso entre nosotras. Afuera, Madrid seguía gris y mojada. Dentro, el calor de la calefacción no lograba derretir la distancia que se había instalado entre madre e hija.

—¿Recuerdas cuando tú eras pequeña? —intenté suavizar el momento—. Tu abuela Pilar siempre te traía caramelos escondidos en el bolso.

Marta sonrió, pero sus ojos seguían tristes.

—Sí, pero los tiempos han cambiado, mamá. Ahora todo es diferente. Hay demasiadas cosas, demasiados estímulos…

Lucía se acercó despacito y me abrazó por la cintura. Sentí su cuerpecito temblar. ¿Estaba entendiendo algo de todo esto? ¿O solo sentía la tensión?

Esa noche, al volver a mi piso en Chamberí, me senté frente a la ventana y recé. No era una oración grandilocuente, ni siquiera pedí nada concreto. Solo hablé con Dios como lo hacía desde niña: con miedo, con esperanza, con esa mezcla de culpa y amor que solo una madre —y ahora abuela— puede entender.

—Señor, ayúdame a no hacer daño sin querer. Dame sabiduría para saber cuándo dar y cuándo callar.

La semana siguiente decidí no llevar ningún regalo. Solo fui a buscar a Lucía al colegio y la llevé al parque del Retiro. Caminamos entre los árboles desnudos del invierno y le conté historias de cuando su madre era pequeña. Ella escuchaba atenta, haciendo preguntas sobre los juegos de mi infancia: la rayuela en la acera, los veranos en el pueblo de Ávila, las meriendas de pan con chocolate.

Al volver a casa, Marta me miró sorprendida.

—¿No le has traído nada hoy?

Negué con la cabeza y sonreí.

—Hoy solo he traído historias.

Vi un destello de alivio en su rostro. Pero también noté algo más: una sombra de inseguridad. ¿Estaba haciendo lo correcto? ¿O estaba perdiendo mi papel como abuela?

Esa noche, mientras preparaba una tortilla francesa para cenar sola, recordé las palabras de mi propia madre: “Ser madre nunca termina; solo cambia de forma”. Me pregunté si alguna vez ella sintió este mismo desgarro entre querer ayudar y saber cuándo apartarse.

Los días pasaron y empecé a notar pequeños cambios. Lucía me pedía que le contara más historias; Marta me llamaba para preguntarme recetas o pedirme consejo sobre cosas pequeñas: cómo quitar una mancha difícil, cómo calmar una fiebre sin alarmarse demasiado.

Pero un domingo todo volvió a estallar. Era el cumpleaños de Lucía y yo, incapaz de resistirme, le llevé una muñeca preciosa que vi en un escaparate cerca del mercado de San Miguel. Marta me apartó a un lado antes de que Lucía pudiera abrir el paquete.

—Mamá, te lo ruego… —su voz temblaba entre la rabia y la tristeza—. No puedo más con esto. Siento que no respetas mis decisiones como madre.

Me sentí herida y humillada. Salí al balcón para respirar aire frío y evitar que Lucía me viera llorar. Miré al cielo plomizo de Madrid y recé otra vez:

—¿Por qué es tan difícil amar bien? ¿Por qué lo que hago con amor puede causar dolor?

Esa noche Marta me llamó por teléfono. Su voz era suave, casi un susurro:

—Perdona si he sido dura contigo… Es solo que tengo miedo de no estar haciéndolo bien.

Me di cuenta entonces de que ambas estábamos perdidas en este mar de dudas y expectativas. Que ser madre o abuela no venía con manual de instrucciones; que cada gesto podía ser interpretado como ayuda o intromisión.

Decidí entonces apoyarme más en la oración y menos en los regalos materiales. Empecé a escribirle cartas a Lucía, contándole anécdotas familiares, hablándole de su abuelo Antonio —que tanto la habría querido conocer— y recordándole siempre lo mucho que la quería.

Poco a poco, Marta empezó a confiar más en mí. Me pidió ayuda para organizar las vacaciones de verano; incluso me dejó quedarme con Lucía un fin de semana entero mientras ella viajaba por trabajo. Aprendí a disfrutar del tiempo juntas sin sentirme obligada a compensar nada con objetos.

Ahora sé que mi papel es estar presente, escuchar y rezar por ellas cada noche. Que a veces el mejor regalo es el tiempo compartido y la fe silenciosa en que todo irá bien.

A veces me pregunto: ¿Cuántas abuelas españolas estarán pasando por lo mismo? ¿Dónde está el límite entre dar amor y respetar los límites? ¿Vosotros qué haríais en mi lugar?