Flores en el felpudo: Cuando los gestos del vecino sacuden un matrimonio
—¿Otra vez ese ramo? —La voz de Iván retumbó en el pasillo, áspera y cortante como el filo de un cuchillo.
Me quedé paralizada, con el ramo de lirios blancos entre las manos, aún oliendo a la brisa fresca de la mañana. Dario, el nuevo vecino del tercero, acababa de marcharse tras dejarme las flores en la puerta. No era la primera vez. Desde que se mudó hace dos meses, sus gestos amables se habían vuelto rutina: un saludo cálido en el ascensor, una bolsa de naranjas del mercado, ahora flores. Pero esta vez Iván estaba en casa y su mirada era un incendio.
—No es nada, Iván. Solo ha sido un detalle —intenté sonar tranquila, pero mi voz tembló.
Él me arrebató el ramo y lo tiró sobre la mesa del salón. —¿Un detalle? ¿Y por qué a ti? ¿Por qué no a la vecina del segundo?
No supe qué responder. Sentí una punzada de culpa, aunque no había hecho nada malo. Pero en ese instante, el aire se llenó de sospechas y palabras no dichas. Me refugié en la cocina, fingiendo buscar un jarrón, mientras mi mente giraba como una noria: ¿había hecho algo para alentar a Dario? ¿Era yo la culpable de la inseguridad de Iván?
Esa noche apenas hablamos. Iván cenó en silencio, mirando su plato como si fuera un enemigo. Yo jugueteaba con el tenedor, incapaz de tragar bocado. Cuando me fui a la cama, él se quedó viendo la televisión hasta tarde. El ramo seguía en la mesa, marchitándose bajo la luz fría del comedor.
Al día siguiente, al salir para trabajar, me crucé con Dario en el portal. Sonrió, como siempre.
—¿Te gustaron las flores? —preguntó con naturalidad.
Sentí que me ardían las mejillas. —Sí… pero no deberías haberte molestado.
—Solo quería agradecerte por ayudarme con el papeleo del alquiler. Aquí nadie se toma tiempo para los demás —dijo encogiéndose de hombros.
Asentí, incómoda. Miré alrededor, temiendo que alguien nos viera. En mi barrio de Salamanca las habladurías vuelan más rápido que los coches por la Castellana.
Esa tarde, al volver a casa, encontré a Iván revisando mi móvil.
—¿Qué haces? —pregunté, helada.
—Buscando mensajes de tu amigo el vecino —respondió sin mirarme.
Me sentí invadida y humillada. —No tienes derecho…
—¡No me mientas! —gritó—. Desde que llegó ese tío no eres la misma.
Las lágrimas me brotaron sin querer. No era solo por Dario ni por las flores; era por todo lo que no decíamos desde hacía años: las rutinas que nos asfixiaban, los silencios incómodos en la cena, las caricias que se habían vuelto mecánicas.
Esa noche dormí en el sofá. El silencio era tan denso que podía cortarse con un cuchillo.
Los días siguientes fueron una sucesión de miradas esquivas y frases cortantes. Empecé a evitar a Dario; cambiaba de acera si lo veía venir. Pero él parecía no darse cuenta y seguía saludando con esa sonrisa franca que ahora me pesaba como una losa.
Una tarde, mientras recogía la ropa del tendedero, escuché voces en el patio interior. Era mi vecina Carmen del primero hablando con otra señora:
—Dicen que la del tercero está liada con el nuevo…
Sentí un nudo en el estómago. Las palabras flotaban en el aire como veneno. Entré corriendo y cerré la ventana de golpe.
Esa noche enfrenté a Iván:
—¿De verdad crees que te he sido infiel? ¿Que hay algo entre Dario y yo?
Él bajó la cabeza. —No lo sé… Solo sé que te siento lejos desde hace tiempo.
Me senté a su lado y por primera vez en meses hablamos de verdad: de nuestros miedos, de lo solos que nos sentíamos aun estando juntos, de cómo los pequeños gestos —un ramo de flores, una palabra amable— podían abrir grietas donde antes solo había rutina.
—Quizá deberíamos ir a terapia —sugerí con voz queda.
Iván asintió. Por primera vez vi en sus ojos algo parecido a esperanza.
Las semanas siguientes fueron difíciles. La terapia removió heridas antiguas: infidelidades pasadas en nuestras familias, inseguridades arrastradas desde la infancia, expectativas nunca cumplidas. Pero poco a poco aprendimos a mirarnos sin miedo y a hablar sin reproches.
Dario siguió siendo nuestro vecino amable, pero ya no era una amenaza. Incluso Iván le agradeció un día por ayudarle a bajar unas cajas al trastero.
Hoy miro atrás y me doy cuenta de lo frágil que puede ser la confianza; cómo un simple ramo puede desatar tormentas si hay heridas sin cerrar.
A veces me pregunto: ¿cuántos matrimonios se rompen por lo que no se dice? ¿Cuántas veces dejamos que los gestos ajenos llenen el vacío que nosotros mismos hemos creado?
¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez cómo una pequeña duda puede crecer hasta convertirse en un abismo?