Flores en la puerta: el precio de la amabilidad
—¿Otra vez flores, Lucía? ¿De verdad no piensas hacer nada? —La voz de Diego retumbó en el pasillo, mientras yo sostenía el ramo de lirios blancos, aún con el papel húmedo del rocío de la mañana.
No supe qué responder. Era la tercera vez en dos semanas que encontraba un regalo en la puerta. Primero fueron bombones, luego una caja de turrón artesano y ahora esto. Al principio pensé que era una simple cortesía, un gesto amable de algún vecino agradecido porque le recogí un paquete del buzón. Pero cuando vi la nota —»Para la vecina más encantadora del edificio»— supe que aquello iba más allá.
Diego me miraba con los ojos entrecerrados, los labios apretados en una línea fina. —¿Quién es? —insistió—. ¿El pesado del tercero? ¿O el jubilado del primero?
—No lo sé, Diego. No lo sé —mentí. Porque en el fondo sospechaba de Álvaro, el nuevo vecino del segundo. Siempre me saludaba con una sonrisa demasiado amplia y se ofrecía a ayudarme con las bolsas del supermercado. Pero ¿qué podía hacer yo? ¿Ignorarle? ¿Devolverle los regalos?
Esa noche cenamos en silencio. El tenedor de Diego chocaba contra el plato con un ritmo nervioso. Yo jugueteaba con la servilleta, sintiendo cómo el ambiente se volvía irrespirable. Cuando me fui a la cama, él se quedó viendo la televisión, pero sé que no prestaba atención a nada.
Al día siguiente, al salir al portal, me crucé con Álvaro. Llevaba una camisa azul perfectamente planchada y una bolsa de pan bajo el brazo.
—Buenos días, Lucía —dijo, con esa voz suave que parecía arrastrar las palabras.
—Buenos días —respondí, intentando sonar distante.
Él sonrió y bajó la mirada. —¿Le han gustado las flores? —susurró, casi como si temiera que alguien más pudiera oírle.
Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. —Mire, Álvaro…
—No se preocupe —me interrumpió—. Solo quería agradecerle lo amable que fue conmigo el otro día. No pretendía molestarla.
Me quedé sin palabras. ¿Molestarme? No era exactamente eso… pero tampoco podía decirle que mi marido estaba a punto de explotar por su culpa.
Esa tarde, cuando Diego llegó a casa, lo encontré revisando mi móvil.
—¿Qué haces? —pregunté, sintiendo un nudo en el estómago.
—Buscando mensajes de tu admirador secreto —respondió sin mirarme.
Me sentí humillada y furiosa a la vez. —¡No tienes derecho!
—¡Y tú tampoco tienes derecho a ocultarme cosas! —gritó él.
La discusión subió de tono hasta que los vecinos debieron oírnos. Me encerré en el baño y lloré en silencio. ¿Cómo habíamos llegado a esto? ¿Por qué un simple gesto de amabilidad se había convertido en una pesadilla?
Durante días, Diego apenas me dirigió la palabra. Yo evitaba salir al portal por miedo a encontrarme con Álvaro. Empecé a sentirme prisionera en mi propia casa. Mi madre me llamó para preguntarme si todo iba bien; le mentí diciendo que sí, que solo estaba cansada del trabajo.
Una tarde, mientras colgaba la ropa en el tendedero comunitario, escuché a dos vecinas cuchicheando:
—Dicen que Lucía tiene un admirador…
—Pues su marido tiene un genio…
Me ardieron las mejillas de vergüenza. Quise gritarles que no era culpa mía, que yo no había hecho nada malo. Pero me mordí la lengua y bajé la cabeza.
Esa noche, Diego me tendió una carta sobre la mesa. Era de Álvaro:
«Querida Lucía,
Sé que mis detalles le han incomodado y no era mi intención causarle problemas. Le pido disculpas si he cruzado algún límite. Solo quería agradecerle su amabilidad en este edificio tan frío y distante.
Atentamente,
Álvaro»
Diego me miró con ojos cansados. —¿Ves? No era para tanto —dijo, pero su voz sonaba derrotada.
Me senté frente a él y le tomé la mano. —Diego, tenemos que hablar. No podemos dejar que algo así nos destruya.
Él asintió en silencio. Por primera vez en semanas, sentí que podía respirar.
Al día siguiente llamé a Álvaro y le agradecí su carta. Le pedí que no me hiciera más regalos y él lo entendió perfectamente. Desde entonces solo nos saludamos cordialmente en el portal.
Pero algo había cambiado entre Diego y yo. La desconfianza seguía flotando en el aire como una nube gris. Empezamos a ir a terapia de pareja y poco a poco fuimos reconstruyendo nuestra confianza.
A veces me pregunto cómo algo tan pequeño puede desencadenar una tormenta tan grande. ¿Por qué somos tan vulnerables a las apariencias y los rumores? ¿Cuántas parejas se rompen por malentendidos así?
¿Vosotros qué haríais si estuvierais en mi lugar? ¿Hasta dónde puede llegar la desconfianza por culpa de un simple ramo de flores?