¿Hasta dónde llega la familia?

—Marta, por favor, solo serán unas semanas. Te lo juro, no tengo a nadie más—. La voz de Lucía temblaba al otro lado del teléfono, y yo, con el móvil pegado a la oreja y la sartén en la otra mano, sentí cómo la ansiedad me subía por el pecho.

No era la primera vez que mi hermana me pedía un favor de última hora. Pero esta vez era diferente: cuidar de su hijo, Diego, durante tres semanas mientras ella resolvía unos asuntos en Valencia. Yo, que apenas podía organizar mi propio caos diario en Madrid, ahora debía hacer sitio en mi pequeño piso y en mi vida para un niño de ocho años.

—Lucía, sabes que el trabajo me tiene hasta arriba y… —intenté resistirme, pero la culpa me mordía el estómago—. Está bien. Tráelo mañana por la tarde.

Colgué y me quedé mirando la sartén. El huevo se había quemado. «Así empieza todo», pensé. «Un favor pequeño, una petición inocente, y de repente tu vida ya no es tuya».

Diego llegó con una mochila azul y una bolsa de peluches. Lucía apenas se despidió; tenía prisa, como siempre. Me abrazó rápido y me susurró: —Gracias, de verdad. Eres la mejor hermana del mundo—. Y se fue sin mirar atrás.

Las primeras horas fueron tranquilas. Diego era un niño callado, con los ojos grandes y tristes. Me preguntó si podía ver dibujos animados y si tenía hamburguesas para cenar. Recordé la frase de mi madre: «Para la familia siempre hay un plato más». Así que improvisé unas hamburguesas con lo que encontré en la nevera.

Pero los días siguientes fueron una montaña rusa. Diego lloraba por las noches, extrañando a su madre. Yo intentaba consolarlo mientras respondía correos del trabajo y preparaba presentaciones para mi jefe, don Ramón, que no entendía de excusas familiares.

Una tarde, mientras intentaba ayudar a Diego con los deberes de matemáticas, sonó el teléfono. Era mi madre.

—¿Cómo va todo, hija?—

—Bien, mamá, aunque estoy agotada. No sé cómo lo hacía Lucía sola—

—Eso es lo que hace una madre—respondió ella con ese tono que mezcla orgullo y reproche—. Pero tú eres su tía, no su madre.

Sentí el peso de esa frase durante días. ¿Hasta dónde debía llegar mi responsabilidad? ¿Por qué siempre era yo la que tenía que resolver los problemas de todos?

El caos aumentó cuando Lucía empezó a retrasar su regreso. «Solo unos días más», decía en cada llamada. Yo veía cómo mi vida se desmoronaba: llegaba tarde al trabajo, discutía con mi pareja, Sergio, que ya no soportaba tener un niño en casa y menos aún mis cambios de humor.

Una noche, después de una discusión especialmente dura con Sergio —él quería irse a cenar fuera y yo no podía dejar a Diego solo—, exploté:

—¡No puedo más! ¡Esto no es justo!—

Diego me miró desde el sofá, con los ojos llenos de lágrimas. Me sentí la peor persona del mundo.

Al día siguiente, recibí un correo del colegio: Diego había tenido un problema con otro niño. Fui a hablar con la profesora, doña Carmen.

—Diego está muy sensible últimamente. Echa mucho de menos a su madre—me dijo con suavidad—. Pero también necesita límites claros y sentir que alguien está ahí para él.

Esa noche, mientras Diego dormía abrazado a su peluche favorito, me senté en la cocina y lloré en silencio. ¿Qué estaba haciendo? ¿Por qué sentía tanta rabia hacia Lucía? ¿Era egoísmo o simplemente agotamiento?

Cuando Lucía finalmente volvió —una semana más tarde de lo prometido—, yo era otra persona. Había aprendido a preparar desayunos para dos, a escuchar los silencios de Diego y a poner límites sin sentirme culpable.

Lucía entró en casa como una tormenta: bolsas por todas partes, besos apresurados a Diego y un abrazo largo para mí.

—Te debo la vida, Marta—susurró.

La miré a los ojos y sentí una mezcla de amor y resentimiento.

—Lucía, tenemos que hablar. No puedes seguir pidiéndome que arregle todo por ti. Tengo mi vida y también tengo límites.

Ella bajó la mirada y asintió. Por primera vez en años sentí que me escuchaba de verdad.

Esa noche, después de que se fueran, el piso me pareció demasiado grande y silencioso. Me tumbé en el sofá y pensé en todo lo vivido esas semanas: el cansancio, las risas inesperadas con Diego, las peleas con Sergio, las llamadas de mi madre…

¿Hasta dónde llega el deber familiar? ¿Dónde está el límite entre ayudar y perderse a uno mismo? ¿Y vosotros? ¿Habéis sentido alguna vez que vuestra familia espera demasiado de vosotros?