Herencia bajo la lluvia: El peso de cuidar a la abuela
—¿Quién eres tú? —me preguntó mi abuela Carmen, con los ojos tan perdidos como la lluvia que golpeaba los cristales del salón. Sentí un nudo en la garganta. Era la tercera vez esa noche que no me reconocía. Afuera, Madrid se deshacía en un aguacero interminable, y dentro de casa, yo me deshacía en silencio.
Mi madre, Pilar, había muerto hacía dos años y desde entonces Carmen y yo éramos lo único que quedaba de nuestra familia. El piso antiguo de Lavapiés, con sus paredes llenas de fotos y recuerdos, había pasado a mi nombre tras el funeral. Pero nadie me advirtió que la herencia no era solo un papel firmado ante notario: era el peso de cuidar a alguien que cada día se alejaba más de sí misma.
—Abuela, soy Lucía —le respondí, intentando sonreír mientras le acercaba una taza de tila—. Tu nieta.
Ella me miró como si intentara descifrar un idioma extranjero. Luego se encogió de hombros y volvió a mirar la televisión, donde una tertulia política llenaba el aire de gritos y reproches. Yo apagué el televisor y me senté a su lado. Sentía que cada gesto era inútil, pero no podía rendirme.
Las primeras semanas fueron un caos. Carmen se levantaba por la noche buscando a mi abuelo Antonio, muerto desde hacía veinte años. A veces salía al rellano en bata, gritando que alguien le había robado las llaves. Los vecinos empezaron a mirarme con compasión o fastidio. Una tarde, la vecina del tercero, Rosario, me paró en el portal:
—Lucía, hija, ¿no has pensado en llevarla a una residencia? Esto no es vida para ninguna de las dos.
Me dolió escuchar eso. Pero lo peor fue cuando mi tío Enrique vino desde Valencia para «ayudar». En realidad vino a discutir la herencia.
—Mira, Lucía —me dijo en la cocina mientras Carmen dormía—, este piso vale una fortuna. No puedes sacrificar tu vida por ella. Véndelo y busca una residencia decente. Yo tengo derecho a mi parte.
—No pienso abandonar a la abuela —le respondí con rabia contenida—. Si quieres tu parte, tendrás que esperar.
Enrique se fue dando un portazo y desde entonces solo llama para preguntar por el dinero.
Los días se convirtieron en una rutina agotadora: medicinas, visitas al médico, peleas para que Carmen se duchara o comiera algo más que galletas María. A veces me sentía invisible, como si mi vida se hubiera reducido a ser la sombra de mi abuela. Mis amigas dejaron de invitarme a salir porque siempre tenía una excusa. Mi novio, Sergio, aguantó unos meses antes de decirme:
—No puedo más con esto, Lucía. No eres tú, es la situación. Me siento fuera de tu vida.
Le entendí, pero dolió igual. Me quedé sola con Carmen y el eco de mis propios pensamientos.
Una noche especialmente dura, después de limpiar el suelo porque Carmen había confundido el pasillo con el baño, me senté en la cocina y rompí a llorar. Me pregunté si Rosario tenía razón: ¿era egoísta por querer cuidar a mi abuela en casa? ¿Estaba sacrificando mi juventud por una causa perdida?
Pero entonces recordé las tardes de mi infancia en este mismo piso: Carmen enseñándome a hacer croquetas, contándome historias de la guerra civil y de cómo conoció a Antonio en un baile en Chamberí. Recordé su risa contagiosa y cómo siempre decía: «La familia es lo único que importa».
Un día, mientras le cepillaba el pelo frente al espejo, Carmen me miró fijamente y por un instante vi un destello de lucidez en sus ojos.
—Gracias por no dejarme sola —susurró.
Me quedé paralizada. No sabía si lo decía a mí o a alguna sombra del pasado, pero sentí que todo el esfuerzo valía la pena.
El tiempo siguió su curso implacable. Carmen fue perdiendo poco a poco la capacidad de hablar y moverse. Los médicos decían que era cuestión de meses. Enrique volvió a aparecer cuando supo que el final estaba cerca, esta vez con abogados y amenazas veladas.
—No tienes derecho a quedarte con todo —me gritó en medio del salón—. ¡Esto es injusto!
—¿Injusto? —le respondí temblando—. ¿Dónde estabas tú cuando había que limpiar vómitos o calmar sus gritos por la noche? ¿Dónde estabas cuando necesitaba compañía?
Enrique bajó la mirada y se fue sin decir nada más.
El día que Carmen murió llovía otra vez sobre Madrid. Me senté junto a su cama y le cogí la mano hasta que dejó de respirar. Sentí alivio y culpa al mismo tiempo. El piso estaba silencioso como nunca antes.
Ahora camino por estas habitaciones vacías y me pregunto si hice lo correcto. ¿Era mi deber cuidar de ella hasta el final? ¿O debería haber pensado más en mí misma? A veces me siento fuerte; otras veces, perdida.
¿Vosotros qué haríais? ¿Hasta dónde llega el amor y dónde empieza el sacrificio inútil?