La Abuela de las Mil Historias: Orgullo y Ausencia en la Plaza del Pueblo
—¡Ese es mi nieto, el médico! —gritó mi abuela Carmen desde el banco de la plaza, mientras yo pasaba de largo, incómodo, con la bata blanca aún puesta y el maletín colgando de la mano. No era médico, sino enfermero, y ni siquiera trabajaba en el hospital del pueblo, sino en una residencia de ancianos a veinte kilómetros. Pero eso no importaba. Para ella, yo era el nieto perfecto, el que había salido adelante gracias a su ejemplo y sus croquetas.
La verdad era otra. Apenas nos habíamos visto cinco veces en toda mi vida. Mis padres se marcharon a Madrid cuando yo tenía dos años, huyendo de las discusiones familiares y del aire rancio de las casas de piedra. Volvíamos al pueblo solo en funerales o bodas, y siempre me sentía un extraño entre los primos que se sabían los secretos de cada esquina. Pero para Carmen, yo era su mayor logro.
—¿Has visto a Daniel? —le decía a su vecina Pilar—. El chico no para. Siempre estudiando, siempre trabajando. ¡Y tan guapo! Si es que lo ha sacado todo de mí.
Yo escuchaba desde lejos, deseando que la tierra me tragara. Me preguntaba si alguna vez le importó realmente quién era yo, o si solo le interesaba tener algo de lo que presumir ante las demás mujeres del pueblo. Porque Carmen era así: la mejor cocinera, la mejor anfitriona, la más trabajadora. Nadie podía igualarla en nada, ni siquiera en el arte de exagerar.
Recuerdo una tarde especialmente tensa. Había vuelto al pueblo porque mi padre estaba ingresado en el hospital comarcal. Carmen organizó una comida «familiar» en su casa, invitando a medio vecindario. Yo llegué cansado y nervioso, con la cabeza llena de preocupaciones.
—¡Daniel! Siéntate aquí, hijo —me dijo ella, arrastrando una silla al centro de la mesa—. Hoy he hecho tu plato favorito: cocido madrileño, como el que te hacía de pequeño.
No recordaba haber probado nunca su cocido. Mi madre siempre decía que Carmen cocinaba fatal, pero nadie se atrevía a decírselo a la cara. Me senté entre dos tías que apenas conocía y fingí una sonrisa mientras Carmen servía los platos con gesto triunfal.
—¿Y qué tal en Madrid? ¿Ya tienes novia? —preguntó mi tía Rosario con voz chillona.
—No tengo tiempo para eso —respondí, intentando sonar amable.
—¡Claro que tiene! —interrumpió Carmen—. Lo que pasa es que es muy exigente. Quiere una chica lista, trabajadora… como su abuela.
Las risas llenaron la sala y yo sentí una punzada de rabia. ¿Por qué tenía que inventarse una vida para mí? ¿Por qué no podía aceptar que apenas nos conocíamos?
Después de comer, salimos a la plaza a tomar el sol. Carmen se sentó en su banco habitual, rodeada de amigas.
—Mi Daniel es un sol —decía—. Siempre pendiente de su familia, siempre llamando para ver cómo estoy.
Mentira tras mentira. Yo no llamaba nunca; ni siquiera tenía su número guardado en el móvil. Pero nadie se atrevía a contradecirla. En el pueblo, las apariencias lo eran todo.
Esa noche, no pude dormir. Escuchaba el tic-tac del reloj antiguo del pasillo y pensaba en todo lo que nos separaba: los años sin vernos, las conversaciones forzadas, las historias inventadas para llenar el vacío. Me pregunté si alguna vez podría decirle la verdad sin hacerle daño.
A la mañana siguiente, bajé a desayunar y la encontré sola en la cocina, removiendo un café con gesto ausente.
—¿No duermes bien aquí? —me preguntó sin mirarme.
—No mucho —admití—. No estoy acostumbrado al silencio.
Ella asintió y durante unos segundos no dijo nada. Luego levantó la vista y me miró con una mezcla extraña de orgullo y tristeza.
—Tú eres mi nieto favorito —susurró—. Aunque no vengas mucho… yo siempre hablo de ti.
No supe qué responder. Quise preguntarle por qué necesitaba tanto aparentar ante los demás, por qué no podía conformarse con lo poco que teníamos. Pero me callé.
Esa tarde volví al hospital a ver a mi padre. Mientras caminaba por las calles empedradas del pueblo, pensé en todas las veces que Carmen había exagerado sus logros: cuando ganó el concurso de tortillas (aunque todos sabían que fue Pilar quien le pasó la receta), cuando presumía de haber criado sola a sus hijos (aunque mi abuelo seguía vivo y coleando), cuando decía que nunca lloraba (aunque yo la había visto secarse los ojos más de una vez).
Quizá su orgullo era solo una coraza contra la soledad. Quizá necesitaba inventar historias para sentirse menos invisible en un pueblo donde todos se conocen demasiado bien.
El último día antes de volver a Madrid, me acerqué a despedirme.
—Abuela…
Ella me abrazó fuerte, como si quisiera retenerme allí para siempre.
—Cuídate mucho, Daniel —me dijo al oído—. Y no olvides nunca quién eres.
Me marché con un nudo en la garganta. En el tren de vuelta, miré por la ventana los campos dorados y pensé en todo lo que nunca nos habíamos dicho.
¿Es peor mentir para sentirse querido o aceptar la verdad y enfrentarse a la soledad? ¿Cuántas familias viven atrapadas entre el orgullo y el silencio?