La carta en el felpudo: una mañana que cambió mi vida

—¿Otra vez has dejado la luz encendida, Lucía? —gritó mi padre desde el salón, con ese tono áspero que últimamente parecía su única voz.

Me detuve en seco, con el corazón encogido. No era la luz, ni siquiera el recibo de la luz. Era todo: la tensión, el miedo a que mamá no despertara bien esa mañana, el silencio de mi hermano Pablo encerrado en su cuarto, la nevera casi vacía. Y yo, con diecisiete años, sintiéndome responsable de sostener un mundo que se desmoronaba.

Aquel viernes de diciembre, el frío calaba los huesos y la escarcha cubría los tejados de nuestro barrio en Valladolid. Salí a recoger el pan antes de ir al instituto. Al abrir la puerta, vi un sobre blanco en el felpudo. No tenía remitente. Solo mi nombre escrito con una caligrafía temblorosa: Lucía.

Lo cogí con manos heladas y lo guardé en el bolsillo. No podía abrirlo delante de papá; últimamente todo le parecía sospechoso. Caminé deprisa hasta la panadería, sentí el peso del sobre como si fuera una piedra. ¿Quién me escribiría a mí? ¿Sería alguna broma cruel?

En la esquina, me crucé con doña Carmen, la vecina del tercero. —¿Cómo sigue tu madre, hija?— preguntó con esa mezcla de compasión y lástima que tanto odiaba.

—Igual —mentí—. Gracias por preguntar.

Al volver a casa, subí corriendo a mi habitación y abrí el sobre. Dentro había un billete de cincuenta euros y una nota: “No pierdas la esperanza. Hay gente que te ve y te quiere ayudar. Ánimo.”

Me quedé mirando el dinero como si fuera falso. ¿Quién podía saber lo mal que estábamos? ¿Quién se atrevía a tendernos la mano sin pedir nada a cambio?

Guardé el billete en mi cartera y bajé a preparar el desayuno. Mamá tosía en su habitación; su cáncer avanzaba rápido y los médicos ya no prometían nada. Papá estaba sentado frente al televisor apagado, mirando un punto fijo en la pared.

—¿Qué hay para desayunar? —preguntó Pablo sin mirarme.

—Tostadas y café —respondí.

—Otra vez tostadas…

—¿Y qué quieres que haga? —salté—. Si quieres algo diferente, ve tú a comprarlo.

Papá golpeó la mesa con el puño. —¡Basta ya! No quiero más discusiones.

El silencio cayó como una losa. Me mordí los labios para no llorar. Nadie preguntó por qué había tardado tanto en volver del pan. Nadie preguntó si yo estaba bien.

Esa tarde, mientras mamá dormía, me senté junto a ella y le acaricié la mano. Tenía la piel tan fina que parecía papel de fumar.

—Mamá… ¿tú crees que todavía hay gente buena? —susurré.

Ella abrió los ojos y me sonrió débilmente. —Claro que sí, Lucía. A veces solo hay que saber mirar.

No le conté lo del sobre. No quería darle falsas esperanzas ni preocuparla más.

Los días siguientes fueron una sucesión de rutinas grises: instituto, casa, hospital, discusiones sordas entre papá y Pablo por cualquier tontería. Yo era invisible, salvo cuando algo fallaba: la lavadora rota, las facturas sin pagar, mamá con fiebre otra vez.

Una semana después, otro sobre apareció en el felpudo. Esta vez con cien euros y una nota: “No estás sola.”

El corazón me latía tan fuerte que tuve que sentarme en las escaleras. ¿Quién era esa persona? ¿Por qué nos ayudaba? ¿Y si era alguien del barrio que se compadecía de nosotros?

Empecé a mirar a todos con desconfianza: doña Carmen, don Manuel del estanco, incluso a mi profesora de Lengua, Mercedes, que siempre me preguntaba si necesitaba algo.

Una tarde, mientras esperaba a Pablo a la salida del instituto, le confesé lo de los sobres.

—¿Y si es una trampa? —dijo él—. Igual quieren reírse de nosotros o peor…

—¿Pero quién haría algo así?

—La gente es mala, Lucía. No te fíes.

Pero yo quería creer que no todo estaba perdido.

Con ese dinero pude comprar medicinas para mamá y llenar la nevera por primera vez en meses. Papá no preguntó de dónde salía; creo que prefería no saberlo.

La tensión en casa seguía creciendo. Una noche escuché a mis padres discutir bajito:

—No podemos seguir así —decía mamá entre sollozos—. Los niños no tienen culpa…

—¿Y qué quieres que haga? ¡Me han echado del trabajo! ¡No hay nada! —respondió papá con voz rota.

Me tapé los oídos con la almohada y lloré en silencio.

El tercer sobre llegó justo antes de Navidad. Doscientos euros y una nota: “Feliz Navidad. No pierdas la fe.”

Esa noche preparé una cena especial con mamá: tortilla de patatas y croquetas caseras. Por primera vez en mucho tiempo reímos juntos; incluso papá sonrió un poco cuando Pablo contó un chiste malo.

Pero la felicidad duró poco. El día de Reyes mamá tuvo que ser ingresada de urgencia. Pasamos horas en la sala de espera del hospital Río Hortega; papá no paraba de fumar en la puerta mientras Pablo jugaba con el móvil y yo rezaba por dentro aunque nunca fui creyente.

Cuando por fin nos dejaron entrar, mamá estaba muy débil pero me apretó la mano:

—No te rindas nunca, Lucía… Pase lo que pase.

Esa noche dormí en una silla junto a su cama. Al despertar vi un sobre bajo mi abrigo: “Eres más fuerte de lo que crees.”

Miré alrededor pero no vi a nadie conocido. ¿Sería alguna enfermera? ¿Un médico? ¿Alguien del barrio?

Mamá murió dos días después. El mundo se detuvo para mí; todo perdió sentido.

El día del entierro llovía sin parar. Nadie dijo nada; solo se oían los sollozos ahogados y el sonido del barro bajo nuestros pies.

Semanas después recibí el último sobre: “Tu madre estaría orgullosa de ti.” Dentro había una pulsera de hilo rojo y una pequeña medalla de plata con una virgen grabada.

Lloré como nunca antes; sentí que alguien allá fuera realmente se preocupaba por nosotros.

Hoy sigo sin saber quién fue esa persona misteriosa. Pero gracias a ella sobrevivimos al invierno más duro de nuestras vidas.

A veces me pregunto: ¿Cuántas personas pasan por lo mismo sin encontrar nunca una mano amiga? ¿Y si todos fuéramos capaces de ser esa persona anónima para alguien más?